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Fallos tácticos en el PP

Fallos tácticos en el PP

Por Pedro Montoliú
martes 15 de enero de 2008, 00:00h

Al final no pudo ser. Rajoy dijo NO, sin darse cuenta realmente de lo que ello puede suponer el 9-M. Desde luego, el partido ha sido jugado por los contrincantes con estrategias muy diferentes. Alberto Ruiz-Gallardón pensaba que bastaba la fuerza de los votos para que le perdonaran esos  gestos que muchos de sus compañeros populares han considerado inamistosos por no decir ofensivos: esa relación con los socialistas, esos llamamientos a los dirigentes del PP para que hicieran autocrítica, esa forma de evitar el seguimiento de directrices con las que no estaba de acuerdo.

Gallardón pensaba que bastaba el trabajo bien hecho para que se olvidara su orgullo de ser un "verso libre"; creía que el partido le debía una por haber aceptado la petición de Aznar de presentarse a las elecciones de alcalde de Madrid tras ser presidente de la Comunidad; estaba persuadido de que su mentor Manuel Fraga eliminaría la oposición interna de los Acebes-Zaplanas-Aguirres. Se ha equivocado. Ha conseguido no obstante, al ser comparado con sus compañeros,mostrarse ante la opiniión pública como un político más centrado, más dialogante, más de esa derecha europea que tanto añoran muchos centristas que, al final, terminan por votar al PSOE.

Quizás Rajoy haya pensado por su parte que esa insistencia de los periodistas por saber, en todas sus comparecencias, ruedas de prensa e intervenciones, si Gallardón iba a ocupar un puesto en su lista eran fruto del morbo; que cuando anunciara la inclusión de Manuel Pizarro como su número dos, todos olvidarían a Gallardón; o ha temido que tener a Gallardón en el Congreso iba a ser causa de problemas como lo era Bono cuando era ministro del  PSOE.

Otros piensan, sin embargo, que lo que a Rajoy le ha podido finalmente es el miedo a presentar batalla al aparato del partido. No hay más que ver las declaraciones de hace unas semanas de Ignacio González, vicepresidente de la Comunidad, en el sentido de que el PP de Madrid no iba a presentar a Gallardón y que, además, los estatutos del partido hacían incompatible que un alcalde fuera también diputado. En este sentido es incluso posible que el PSOE, en cuyos estatutos figura la misma norma, decidiera excluir a Enrique Cascallana, alcalde de Alcorcón, de las listas para evitar darle bazas al PP para incluir a Gallardón.  

La última maniobra de Aguirre de pedir que se la incluyera a ella en la lista por Madrid si iba Gallardón -lo que hubiera significado la renuncia de Aguirre como presidenta regional al impedirlo no los estatutos del partido sino la propia ley- dejó el camino expedito para que Rajoy tomara la decisión de no incluir a ninguno de los dos. En una columna anterior afirmaba que Gallardón sin partido no podía alcanzar sus objetivos. Este martes Gallardón no sólo ha recibido un NO, ha visto como sus enemigos político, muy poderosos, esperaban el momento para demostrarle quién manda.

Lo que no parece haber pensado Rajoy es que el pulso, a medida que pasaba el tiempo, se había convertido en objeto de apuestas y en un test sobre la voluntad de renovación del PP. La solución dada ha sido, sin duda, la peor. Pero de ello es posible que algunos no se den cuenta hasta la noche electoral.

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