“Empecé a tomar fotos por intuición. Descubrí que el mundo que me rodeaba era bello y esa belleza la podía retener con un disparo a través del rectángulo. Me enamoré de todo”, recuerda Julia Toro (Talca, 1933), una de las referentes más influyentes de la fotografía chilena contemporánea. En blanco y negro, su producción, donde lo íntimo adquiere una dimensión universal, se presenta por primera vez en nuestro país, con el privilegio de ser expuesta en el Museo Lázaro Galdiano del 11 de septiembre al 9 de noviembre. La muestra recorre gran parte de su camino artístico y, gracias a la colaboración de las secretarías de Artes de la Visualidad y de Economía Creativa del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile, la Embajada de Chile en España y la División de las Culturas, las Artes, el Patrimonio y la Diplomacia Pública (Dirac) del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, forma parte de PHotoESPAÑA, donde en esta edición Chile es el país invitado.
'Estado fotográfico' reúne más de 60 piezas repartidas entre el pórtico, la galería y la sala Arte Invitado del museo. Guiadas por la fascinación, la calidez o la sencillez, sus imágenes atraviesan temas como la ausencia, el dolor, la memoria, la vulnerabilidad humana, el amor o la vida cotidiana en los barrios, junto a retratos de una hija, un poeta o un travesti. Los gestos mínimos adquieren protagonismo: unos tacones que se curvan, una pierna desnuda entrando a medias en una bañera, una pipa a punto de soltar humo… Un enfoque que desplaza las composiciones colectivas y la rigidez formal. Varias fotografías, realizadas en Chile durante la dictadura de Pinochet, reflejan la cotidianidad de un país sometido al silencio, donde pese a la represión continuaron los encuentros con amistades, las comidas familiares, los paseos dominicales, los recitales de poesía, la risa y el cariño, pero también la sensación de miedo al caer la noche.
En escenarios con frecuencia melancólicos e introspectivos, la cámara de Toro ha registrado viajeros en tren, religiosas de clausura, peatones de Santiago, obreros, parroquianos de bares y figuras de la cultura. Su trabajo también ha explorado el erotismo, siendo pionera en retratar el desnudo masculino. El poeta Claudio Bertoni, candidato al Premio Nacional de Literatura, lo expresó así: "Las fotografías de Julia me gustan porque hay sexo y pasión y dormitorios y manchas de hombres y mujeres por todas partes (...) porque nunca es cruel, porque siempre está enamorada de lo que fotografía, porque no se burla nunca de nadie, no expone, no delata, no se aprovecha, no es nunca desconsiderada con nadie".
"Nunca es cruel, porque siempre está enamorada de lo que fotografía"
Sin estrategias calculadas ni concesiones, Julia Toro retrata la vida diaria con ternura y sin artificios, sin interrumpir el fluir de lo que ocurre delante de su lente. Ese mirar reservado y casi secreto vuelve su universo fotográfico íntimo y, a la vez, un relato colectivo. La cercanía del objetivo revela su lazo afectivo con las personas retratadas; la borrosidad de la imagen, la urgencia del instante. “Sus imágenes son el resultado de un estilo que explora la vulnerabilidad humana y la vida familiar sin recurrir a la denuncia explícita”, apunta el comisario de la exposición, Rodrigo Gómez Rovira.
'Estado fotográfico' no pretende ser una retrospectiva, sino un ejercicio de memoria vital que ofrece un punto de vista sobre los vínculos humanos. “El estado fotográfico activa la mirada, es un modo de hacer que va más allá de la fotografía, y que también atraviesa la escritura, el dibujo y la pintura”, explica la propia artista: “Es una manera de explicar lo que siento cuando tomo la cámara (o incluso sin ella), una forma de observar la realidad que me rodea y experimentar la existencia”.
El ojo fascinado de Julia Toro
Hija de un odontólogo y de una pianista, Julia Toro Donoso creció desde los tres años en la casa de sus abuelos en Santiago, en un entorno donde la cultura estaba muy presente, entre sus parientes se encontraba el escritor José Donoso (1924-1996). Tras finalizar sus estudios secundarios, se casó con 19 años con su compañero de colegio Patrick Garreud, con quien tuvo a Patrick, Julia y Bernardita. Mientras ejercía como profesora de inglés, se formó en pintura y dibujo con Adolfo Couve, Carmen Silva y Thomas Daskam. Sin embargo, fue la fotografía la que la atrapó por completo. Después de su separación de Garreud, compartió su vida durante 17 años con el fotógrafo Jaime Goycolea, padre de su cuarto hijo, Mateo.
Se acercó a la fotografía cerca de los cuarenta años. “Antes no sabía nada de este arte, ni de sus grandes maestros, ni de su fascinante historia”, confiesa. “Recuerdo con claridad el día en el que tomé la cámara fotográfica por primera vez. Mi hija Julia estaba embarazada y se sacaba delicadamente una blusa extendiendo sus brazos hacia el cielo, como una escultura primitiva, como una Venus. Cuando vi aquella escena, corrí donde Jaime (Goycolea) y le dije: "Ven a tomar esta foto". Pero él me pasó la cámara y fue como si me hubiese ungido con ella. Disparé y nunca más la solté. La cámara pasó a ser un apéndice de mí. Donde iba, sacaba fotos. Descubrí una forma de mirar que me identificaba. Mis fotografías son lo que es mi vida”, relata.
“Antes no sabía nada de este arte, ni de sus grandes maestros, ni de su fascinante historia”
En las décadas siguientes se consolidó como una de las creadoras más relevantes de Chile. Sus primeras imágenes en la Iglesia de la Mercedes llamaron la atención en 1976, y desde entonces fue construyendo un lenguaje propio en blanco y negro, que capturaba la esencia de lo cotidiano: la cocina, sus hijos, los afectos. Autodefine esas obras como “fotitos”, registros sencillos pero de mirada aguda, que destacan por la frescura y naturalidad de lo familiar.
También ha documentado la transformación urbana de Santiago, mostrando escenas del día a día que, según ella misma, dialogan con la tradición literaria del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”. “Tengo interés por inventar la vida cotidiana y la proximidad con las cosas. Como dicen los espejos retrovisores: ‘Los objetos están más cerca de lo que aparentan’”, señala.
En plena dictadura, fue testigo de la bohemia y la resistencia cultural, retratando a grandes nombres del arte y la literatura de los 80: Diamela Eltit, Pedro Lemebel, Raúl Zurita, Jorge Teillier, Nelly Richard, Carlos Leppe o Juan Dávila, entre muchos otros.
Para seguir viva
En los años 90 inauguró la exposición 'Historia de un niño chileno', un seguimiento visual de su hijo menor desde su nacimiento hasta la adolescencia, paralelo al inicio y fin de la dictadura. Después llegarían 'Qué ves cuando me ves'; 'Imágenes'; 'Los recuerdos… se han fatigado de seguirme'; 'Memorabilia 1973–2003'; 'Hombres x Julia Toro'; 'Erótica'; 'Casa'; 'Estética de la Nada' o 'Julia Toro. Desde la mirada al encuadre'.
Ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Antonio Quintana a la Trayectoria en Fotografía 2023, otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, y el Premio Plagio a la Creatividad Artística 2024. Es autora de libros como Amor x Chile (Ocho libros, 2011) e Hijos (La visita, 2018). Asimismo, la escritura ha sido una compañera constante: en 2022 publicó Diarios (Lumen), que reúne sus textos escritos entre 1983 y 2019.
A sus más de 90 años, Julia Toro mantiene intacta la energía creativa, fotografiando lo que la vida le pone delante: encuentros, injusticias, hallazgos y celebraciones. “La vida está llena de fotos. Si uno agudiza el ojo y pone atención, el ojo encuadra y recorta lo que te rodea. La fotografía es una pasión, un ojo salvaje que sale a disparar a su presa”, afirma, asegurando que todavía siente “campanadas en el corazón” cada vez que levanta la cámara. “Sigo haciéndolas porque quiero seguir viva”, confiesa.