El rodillo de la globalización deja cadáveres a su paso. Pero también existen milagros,
pequeños negocios que sobreviven –o mejor dicho, que resucitan– en la pugna contra los grandes almacenes, las franquicias de comida rápida o la comodidad del comercio online.
En la Comunidad de Madrid han desaparecido más de 6.000 negocios de proximidad en un sólo año, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). A pesar del pequeño repunte que se vivió en 2022, durante el año siguiente se pasó de 50.391 a 44.388 comercios. Frente a ello, los 270.000 metros cuadrados de ocho centros comerciales que surgirán entre este y el próximo año.
A los cierres de los últimos años (la Freiduría de Gallinejas, en Embajadores; la cafetería Hontanares, en Avenida de América; Calzados Cantero, en Olavide; o Salazar, la papelería más antigua de Madrid) se han sumado otros más recientes. El 31 de diciembre de 2024 cerró la Cerería Ortega después de 131 años fabricando velas artesanales en la calle Toledo. Y la tienda de modelismo y coleccionismo ‘Matey’, con origen en 1931, abrió sus puertas por última vez el pasado lunes 21 de abril.
No obstante, también existen casos que invitan a la esperanza. En los próximos meses se cumplirá el tercer aniversario de la ‘resurrección’ de la librería Pérgamo, fundada en 1946. En septiembre de 2024 reabrió la Drogería Riesgo, la más antigua de Madrid, después de un cierre inesperado. Y en enero de 2025 volvió a la vida el mítico bar Candela, templo del flamenco en Lavapiés.
Vuelta a la vida
Después de 40 años en el número 2 de la calle Olmo, el Candela cerró sus puertas por culpa de la pandemia y, con el paso de los meses, lejos de programar su regreso, anunció el cierre (casi) definitivo. A finales de 2022 se empezó a especular con la reapertura, pero no ha sido hasta este año cuando ha vuelto a sonar la música en la que fuera la cueva flamenca por excelencia de la ciudad de Madrid. Por este local, fundado por Miguel Aguilera Fernández (conocido como Miguel Candela) en 1982, han pasado artistas como Enrique Morente, Camarón de la Isla, Paco de Lucia, Sabicas, Chocolate, El Güito, Maria Maya, Pepe Habichuela, Tomatito, Antonio Canales o Juan Ramirez, entre otros muchos. Ahora, resurge como taberna y restaurante en el que se seguirán programando actuaciones de flamenco y sesiones de dj's nocturnas.

Detrás de esta reapertura hay una ecléctica sociedad formada por el actor Unax Ugalde, la ganadora de MasterChef Angela Gimeno, el productor de cine Enrique Lavigne, la artista Amanda Portillo, el pintor Piro Sánchez-Ocaña y los empresarios Alfonso Pozuelo, Edu por las Noches y Neus Cerdá.
En el caso de la Droguería Riesgo, han sido tres primos (junto a un tío y un amigo) los responsables del rescate. Situada en la calle del Desengaño, en pleno centro de Madrid, comenzó siendo una herboristería en 1866. En 1926 compró el negocio Manuel Riesgo, quien empezó a comercializar productos químicos de todo tipo. Después de un breve cierre el pasado verano, los bisnietos del fundador han conseguido reabrir este emblemático negocio.
“Ha habido un periplo de cinco años en los que la mayoría de la empresa se vendió y perdimos el control”, cuenta Ramón Riesgo, uno de los tres primos que han retomado las riendas. Esta última ha sido una etapa “desastrosa” para la droguería: “Era gente que no se dedicaba a esto y además usaban nuestro nombre para hacer lo que querían…”.
Sin embargo, la familia ha conseguido recuperar el negocio gracias a una medida de prevención. Antes de que llegara la empresa compradora, los primos vendieron la tienda a una clienta de confianza: “Los compradores se quedaron con la gestión de la marca Riesgo, pero no con la propiedad de la tienda. Gracias a ello hemos podido echar a esa gente de aquí y recuperar el negocio”, detalla Ramón.
La librería Pérgamo fue fundada por Raúl Serrano Vázquez en 1946, en el número 24 de General Oráa. En diciembre de 2021, sus hijas Lourdes y Ana anunciaron la liquidación del negocio. La historia de la milagrosa reapertura de este negocio, harto contada, no deja de ser extraordinaria: un misterioso mecenas movido por la nostalgia, la dirección del escritor mexicano Jorge F. Hernández, y el encuentro fortuito con un estudiante preguntón que acaba de socio y regente de la librería.
El comercio local, antídoto de la homogeneización

La supervivencia de Pérgamo provocó los urras de periódicos y vecinos, que celebraron la resistencia de este templo de la cultura. Pero el entusiasmo –honesto o impostado– no es suficiente. “La gente está llena de buenas palabras, y eso es maravilloso, pero al final esto es un negocio y hay que vender libros para llegar a fin de mes”, comenta Pablo Cerezo, aquel estudiante curioso que hoy atiende a Madridiario al frente de la librería.
“La gente está llena de buenas palabras, pero hay que llegar a fin de mes"
“¿Qué balance encuentras en un proyecto tan bonito como una librería, donde vendes libros, que son objetos relativamente especiales y que te hacen entablar una relación distinta con tus clientes, con la necesidad de pagar facturas y nóminas, alquileres?”, se pregunta el librero. “Al final es fundamental que haya una comunidad fuerte que se comprometa de verdad con el proyecto”. Cerezo, además, alerta sobre el problema de la romantización de las librerías: “Parece que estamos ante los grandes retos civilizatorios y se nos llena la boca con palabras muy pomposas pero, al fin y al cabo, lo que está poniendo en jaque al ecosistema cultural es lo que le está poniendo en jaque a las ciudades contemporáneas, los alquileres”.
Tampoco ha sido fácil la reapertura de la droguería más antigua de la ciudad. Aunque “ya había colas antes de abrir”, Ramón Riesgo reconoce que las primeras semanas fueron “complicadísimas”. Reforma, proveedores, existencias, burocracia… “Los clientes tienen que darse cuenta de que no va a estar al 100 por cien hasta dentro de unos meses. Nos falta mercancía porque es imposible traer todo de golpe, la inversión tendría que ser enorme y hay que pagar los salarios de los trabajadores, el alquiler…” enumera Riesgo.
“Yo no quiero vender cosas baratas, para eso están las grandes superficies"

Otra de las dificultades, cree Ramón, es que no todo el mundo es consciente de la calidad del producto que se ofrece: “Yo no quiero vender cosas baratas, para eso ya están las cadenas y las grandes superficies…Esta es una tienda que tiene su idiosincrasia y hay que mantenerla, y esto tiene un precio”. El regente de la droguería sostiene que cuidar la permanencia de este tipo de negocios es “imprescindible”. Sin ellos, las ciudades son cada vez más indistinguibles: “Te da lo mismo estar en París, en Copenhague, en Madrid o en Pekín. Esto debería estar más protegido y se debería recibir más ayuda”.
Pablo Cerezo sostiene que el hecho de que cada vez haya menos comercio local “nos indica que las ciudades ya no están pensadas para la gente que las habita, las cuida y las trabaja, sino para aquellas personas que las transitan”. El librero explica que, hoy, las grandes ciudades son espacios muy fragmentados, donde los barrios cambian a velocidades agigantados pero que, al mismo tiempo, avanzan hacia la homogeneidad: “Nos hace falta sentir que pertenecemos a algo y nosotros intentamos que la gente sienta que pertenece a Pérgamo”.