Me desayuno con la noticia no por esperada menos sentida: la muerte de Joaquín Roldán Pascual. Compartí con Joaquín Roldán muchos momentos de su vida, pues como redactor de la sección de Local de El País cubría entonces la información municipal. Desde el primer momento Joaquín me recibió más que con cortesía con cariño, con ese cariño que le ponía a todo lo que hacía. De su mano, como arquitecto jefe del Patrimonio Municipal, fui viendo cómo este iba mejorando.

Ahí están sus proyectos de restauración de fuentes como las de Apolo o Neptuno (en la foto muestra el trabajo realizado al entonces concejal de Cultura Enrique Moral, a la directora del Museo Municipal Mercedes Agulló y a los periodistas); sus diseños de placas como las de Alberto Aguilera o los abogados laboralistas de Atocha; sus planos para nuevos monumentos como el que creó para Picasso en Azca, o sus planes para recuperar otros como los de Francisco de Goya, en San Antonio de la Florida, o Pío Baroja, en la cuesta de Moyano, para los que diseñó el pedestal, solo por citar algunos. Joaquín sabía transmitir su ilusión por cada obra realizada. No paraba nunca. Su empuje, su vitalidad, era contagiosa.
Un día el que entonces era mi editor, Eleonor Domínguez, me contó que mi primer libro importante se lo debía a Joaquín. Me narró cómo se había puesto en contacto con el entonces alcalde Enrique Tierno para pedirle el nombre de alguien que pudiera escribir un libro sobre la historia de Madrid para la editorial Sílex. Tierno consultó con Joaquín, con el que tenía una gran confianza, y Joaquín, sabedor de que yo llevaba tres años preparando esa historia, se lo transmitió a Tierno. El resultado fue Madrid Villa y Corte. Gracias de todo corazón Joaquín.
Lo que empezó como una relación profesional se fue convirtiendo en amistad. Así yo iba a su casa del paseo de la Habana o él venía a la mía de Collado Mediano, proyectada por su amigo Pedro Gálligo, a quien me presentó cuando supo que quería levantar allí mi vivienda. Con Joaquín hice excursiones –fui al taller de Coullaut Valera, recorrí su Segovia amada, fui al taller de fundición de Capa…–, con él visité cada obra que le encargaban y que recibía como un regalo. Le vi volcarse en la restauración del palacio O´Reilly en la calle Sacramento para convertir la antigua casa del convento en la Delegación de Hacienda del Ayuntamiento y lo satisfecho que estaba de haber recuperado de los almacenes municipales una preciosa fuente que puso en el huerto de las monjas y que convirtió así en uno de los rincones más bonitos de Madrid.
Un día me llamó eufórico para comunicarme su descubrimiento de los arcos originales que dividían el Salón Real de la Casa de la Panadería y que permanecían ocultos tras haber sido tapiados. Él se encargó en devolverle a este espacio su antigua grandeza. También fue Joaquín Roldán quien consiguió que el Obelisco del Dos de Mayo en la plaza de la Lealtad se convirtiera en el monumento a los Caídos por España y se encargó de las obras para que pudiera ser inaugurado con su nueva función. El listado de obras municipales realizadas por Joaquín bajo los mandatos de Tierno, Barranco, Rodríguez Sahagún y Álvarez del Manzano es inmenso y por ello el Ayuntamiento de Madrid debería reconocérselo con una calle o un espacio de los muchos que remodeló.
Tras aquella etapa en la que fue reconocido como un profesional con una enorme sensibilidad que se ocupaba no solo del diseño sino hasta de la elección del material-, compartió conmigo su frustración cuando bajo el mandato de Ruiz-Gallardón muchos funcionarios como él, que habían trabajado e impulsado esta ciudad, se vieron relegados. La última vez que le vi fue precisamente en la puerta del Museo Municipal. Había venido de Tenerife donde entonces ya residía y había aprovechado para acudir a una de las conferencias del Instituto de Estudios Madrileños del que era miembro. Después hablé con él por teléfono cuando ya, enfermo, tuvo un instante de lucidez y me reconoció. Luego la oscuridad volvió a llevarse su lúcida mente como ahora la muerte se ha llevado su cuerpo. Afortunadamente nos queda su obra y su recuerdo.
Pedro Montoliú
Cronista de la Villa de Madrid