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La especulación en tiempos de crisis

jueves 28 de enero de 2021, 18:26h

Las vacunas anti covid-19 ya se han convertido en el oscuro objeto del deseo de muchos intereses económicos y políticos. Los laboratorios que las fabrican saben que tienen en el su mano el poder sobre la salud y otros factores importantes. En algunos casos, se sienten tentados por la especulación y priorizan el suministro a aquellos clientes convertidos en el mejor postor. Y a partir de esta premisa, comienza el incumplimiento de los acuerdos, el retardo en el suministro y los envíos diferidos. Al margen de estas circunstancias mayores, aflora también esa especulación de medio pelo, de andar por casa, producto de la picaresca más tradicional y deleznable: los anuncios en internet de vacunas de origen dudoso, de precios desorbitados y nulas garantías, que en muchos casos, no sólo son un negocio ilegal, sino que pueden ser un fraude y un peligro para la salud.

En este aprovechamiento en circunstancias especiales, la especulación puede alcanzar niveles impensables y peligrosos. Ha ocurrido históricamente, cuando productos naturales, elaborados o manufacturados, han visto como sus precios se disparaban como consecuencia de una situación de crisis, ya fuera el pan, el tabaco, la gasolina o alguien medicamento específico en época de fuerte demanda como consecuencia de un estado de necesidad.

Quizá el caso más parecido a estos ejemplos fuera el de la penicilina, descubierta por el doctor Fleming en 1929, y cuya primera dosis no llegó a España hasta el año 1944. La niña Amparito Peinado, de 9 años de edad, que vivía en el número 4 de la madrileña calle de Andrés Mellado, fue la primera receptora de este medicamento descubierto para salvar vidas. La pequeña, que padecía una septicemia estreptocócica desde hacía mes y medio, había sido desahuciada por los médicos.

La penicilina ya se comercializaba en otros países, pero su precio astronómico de 15.000 dólares la dosis, la hacía inasequible a la mayoría de los pacientes necesitados. Por aquellos tiempos, conseguirla en España, resultaba muy complicado por su alto precio. Era la época del estraperlo en la posguerra y el medicamento sólo se encontraba en el mercado negro, a veces en las mismas reboticas de algunas farmacias. Se decía que su valor superaba al del oro, y ello propició el contrabando.

Gracias a una serie de gestiones diplomáticas, el gobierno de Brasil quiso regalar a España la dosis del fármaco que podía salvar la vida de la pequeña madrileña. También le llegó su dosis a un ingeniero coruñés, pero ninguno de ellos pudo sobrevivir. Más suerte tuvo el ilustre médico Carlos Jiménez Díaz, que en agosto de ese mismo año de 1944, gracias a la iniciativa de sus alumnos, recibía una dosis de penicilina, que le salvó la vida, y que habían comprado, de contrabando, en el bar Chicote, de la Gran Vía, donde era fácil conseguirla a un precio desorbitado, En 1945 se creó una comisión para garantizar la distribución de este medicamento en farmacias y hospitales de todo el país, evitando así su paso por el mercado negro. Un año después, se autorizaba la venta libre de la penicilina en todas las farmacias, aunque su precio seguía siendo muy elevado por los altos costes de producción. Fueron muchos los que se lucraron de la imperiosa necesidad de conseguir el fármaco. ¿Va a ocurrir ahora lo mismo con la vacuna anti Covid? Ya veremos.

Ángel del Río

Cronista Oficial de Madrid y Getafe

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