El otoño, que ya se está despidiendo, proporciona una imagen
esplendorosa al Real Jardín Botánico de Madrid. Si en el estío es una
isla de frescor con la que combatir el calor madrileño, en estos días,
cuando las plantas cierran su ciclo vital, es un deleite para la vista.
Por solo tres euros (1.50 los niños y los mayores gratis) se puede
asistir a este espectáculo natural, especialmente recomendable por las
mañanas.
Si algunos de nuestros parques históricos, como El Capricho, muestran su mejor cara en la primavera, el Botánico, por su enorme variedad de especies, es hermoso en cualquier estación. Perdiéndose entre sus senderos nos olvidamos de que estamos en el corazón de una gran ciudad, con todos sus inconvenientes. Al espectáculo otoñal, siempre cambiante, se une la posibilidad de adentrarse en los invernaderos, en los que todo el año se registra el mismo clima y donde hay, entre otras variedades, una extraordinaria colección de cactus.
Como tantos otros proyectos científicos y de embellecimiento, el Real Jardín Botánico, en su actual emplazamiento, se debe al rey Carlos III, que lo inauguró en 1781. Decidió su traslado desde el primitivo lugar junto al Manzanares, porque en el paseo del Prado se estaba construyendo el museo de ciencias naturales, que acabó convirtiéndose en el museo del Prado. Precisamente estos días el Prado presenta una magnífica exposición titulada 'Historias naturales' en la que se juega con el primitivo origen del edificio y su destino final como santuario del arte.
Para las próximas vacaciones navideñas el Jardín Botánico ha preparado unos talleres familiares para que los más pequeños aprendan los secretos de la naturaleza y, de paso, se encuentren entretenidos durante unas horas. Serán entre el 23 de diciembre y el 4 de enero. Solo cuestan cuatro euros por persona.
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Galería de imágenes: El otoño abriga al Jardín Botánico