La escena es como una casita de muñecas. Compartimentos asfixiantes en los que hacen su vida seres desesperados, deseosos de liberarse. Alrededor de este bloque, una calle sórdida, que también es parque y estación, por donde transita Roberto entre crímenes. Y tenemos un espléndido reparto en el que seis de los ocho actores se multiplican en varios personajes con singular acierto. Reseñables son los trabajos de Laia Marull (estremecedora Ofelia) y de Rosa Gámiz, afilada y desafiante como la señora secuestrada.
Hay dos momentos en la función que hielan la sangre porque traslucen la auténtica maldad de Roberto. Nada más comenzar, el encuentro con la madre, reposado, tenso, aparentemente relajado. Y con su desenlace sabemos qué va a pasar en las casi dos horas restantes. Luego hay otro instante, fugaz pero rotundo. Cuando Roberto, amenazando a una rehén, afirma rotundo: Soy un asesino.
Son dos momentos en los que un actor extraordinario demuestra su potencia, su absoluto dominio del personaje. Pablo Derqui está de moda por sus intervenciones en televisión. Pero ya habíamos apreciado su talento en Madrid hace cuatro años cuando intervino en el último montaje de "La muerte de un viajante". Es un actor cerebral, que se calza como un guante los personajes imbuyéndoles una vida sorprendente. Como Roberto Zucco transmite las ansias de libertad del personaje, pero también su predestinación a la tragedia, su inevitable inclinación irracional a la violencia. Este asesino, como todos los reales, debe parecer inofensivo, un ser inocente y hasta desvalido al que todos quieren amparar. Pero la bestia siempre aparece y en escena se manifiesta sobre todo en la paliza ante el burdel y en el encuentro del parque.
Hasta ahora no he conseguido averiguar por qué el ritmo de los montajes que proceden de Cataluña es casi siempre distinto al que tenemos en Madrid. Quizá poseen un "tempo" más uniforme mientras que aquí tendemos a la progresión emocional, a terminar mucho más intensamente de como empezamos.
Siempre tengo la impresión -también con "Roberto Zucco"- de que las emociones, las situaciones, no acaban de explotar y por eso parecen montajes premiosos. Es otra forma de plantear las escenas.
Es un espectáculo absolutamente recomendable, si no buscan pasar dos horas divertidas. El teatro de Koltès no es amable ni condescendiente con el espectador. Refleja, en general, con extraordinaria lucidez la podredumbre de la sociedad que nos rodea. "Roberto Zucco" existe en decenas de barrios marginales de cualquier capital, incluida la nuestra. También las familias desgarradas, los hermanos macarras que venden a sus hermanas, los padres alcoholizados... los asesinos juveniles, como este protagonista.
Puede verse hasta el 13 de octubre.