El Madrid abandonado
jueves 04 de abril de 2013, 00:00h
Actualizado: 24/04/2013 18:27h
No se entiende muy bien lo que está pasando en algunas zonas de nuestro Madrid. Me refiero, en concreto, a la plaza de España. Un sitio tan relumbrante parece aquejado por algún mal bíblico que espanta los negocios y provoca el cierre generalizado de inmuebles monumentales. Lo que era un bullicio de harina laboriosa se ha transformado en un montón de mohína desastrada. La coyuntura económica y social no anima lo más mínimo, pero la falta de expectativas no implica el cerrojazo de establecimientos y edificios en un lugar privilegiado. Nada justifica, a mi juicio, tal decadencia acelerada y sólo intereses inexplicables pueden ser los causantes de un deterioro tan lamentable.
Consumada la posguerra, los nuevos regidores franquistas diseñaron en Madrid una enorme plaza rectangular sobre un mapa de explanadas y trincheras abandonadas. Aterrazada en la imponente cornisa del viejo Madrid, a pocos pasos del Palacio Real y del devastado Cuartel de la Montaña, convertido hoy en el mágico parque del Templo egipcio de Debod, el recinto sirvió para comunicar la calle de la Princesa con la Gran Vía. En su fachada más baja desembocaron la calle de Bailén y el Paseo de Rosales, unidos ahora por un viaducto ajardinado que prolonga artificialmente la superficie de la plaza. Por uno de sus costados, el más próximo a la Gran Vía, se tomaba la Cuesta de San Vicente, un tobogán bordeado por los jardines de Sabattini y del Moro que terminaba en el Paseo de la Florida, a la altura de la Estación del Norte. En el centro se levantó un monumento espectacular dedicado a Cervantes, con las estatuas del Quijote y Sancho cabalgando sus monturas y mirando los campos cercanos de la Mancha.
En aquellos tiempos, Madrid sólo podía presumir de un edificio de altura manifiesta: la Telefónica. Contemplando la ciudad desde las planicies del sur, sólo se divisaban los campanarios de las iglesias más altas y las cúpulas de sus basílicas principales, levantadas siempre sobre las colinas que marcaron el contorno del viejo caserío.
Puestos a presumir de modernidad y desarrollismo, el Ayuntamiento capitalino despachó las oportunas licencias para construir los dos primeros rascacielos madrileños. El espacio elegido para tal demostración de poderío fue la Plaza de España. Así aparecieron en la silueta de la Villa el Edificio España y la Torre de Madrid.
En la primera de las edificaciones se instaló el Hotel Plaza y decenas de pequeños comercios y talleres relacionados con la buena vida que practicaban los huéspedes del hotel y la burguesía madrileña de la época. En la Torre de Madrid, se reservó las primeras plantas para despachos profesionales y oficinas comerciales, habilitando el resto para coquetos apartamentos. A la llamada de un invento tan novedoso acudió una multitud de negociantes, de empleados y empleadas uniformados, residentes extranjeros con posibles, turistas adinerados, buscadores de fortuna, artistas, toreros y rentistas de provincias. Aun recuerdo el maravilloso bar del Plaza y las vistas, casi aéreas, que se disfrutaban acodándose en la barandilla de la última planta de la Torre de Madrid. Allí vivía entonces el escritor Fernando Díaz-Plaja.
Ya no queda nada. El edificio España, con su histórico hotel dentro, está cerrado y tapiado. En la Torre solo permanecen algunos inquilinos resistentes. El bloque colindante se ha convertido en una jaula de oro para ocupas y botellones. Inexplicable.
La vecina calle de la Princesa es un emporio comercial y cinematográfico. En la Gran Vía están abiertos algunos de los mejores teatros de Europa y no faltan los reclamos más variados. Ahí siguen, tan cerca, el Palacio Real, La Almudena, el Teatro Real, el Palacio de Liria, los monumentos más antiguos de Madrid y las maravillosas zonas verdes del parque del Oeste. La Plaza de España permanece cerca de todo, bien comunicada y dotada de los mejores servicios ciudadanos. ¿Alguien puede explicarme lo que está pasando allí?