La migraña
jueves 22 de noviembre de 2012, 00:00h
Actualizado: 03/12/2012 16:27h
El otro día tuve la oportunidad de leer, una vez más, algo que se había publicado sobre los males y remedios que la ciencia conocía sobre la migraña. Pocas novedades. La ciencia avanza de forma tan lenta en los remedios para curarla que desespera a los pacientes silenciosos presos del dolor.
La migraña, la cefalea, los dolores de cabeza rutinarios son un martirio que afecta a miles, quizá millones, de españoles de forma cotidiana. Dicen los expertos que hay quien no se los quita de encima nunca. Hay ciudadanos que viven con un dolor permanente.
El dolor de cabeza es una tortura que no mata pero convierte los días, las horas, las noches en menos agradables. Una dolencia a la que muchos se acostumbran a recibir con resignación pero les hace la vida menos agradable de lo que realmente es.
Ya sabemos que la ciencia, sus investigaciones y conocimientos, tienen límites y precisamente el malestar al que nos referimos es uno de ellos. Pero cuando estamos hablando de transplantes, de descubrimientos como el ADN o la generación de órganos artificiales, parece contradictorio que nadie se ocupe de encontrar un medicamento, tratamiento o de prevenir algo que parece tan sencillo como evitar un dolor de cabeza que puede alargarse cuatro, cinco, seis y más días torturando a su víctima sin compasión. Quizá nadie se ha preocupado lo suficiente como para solucionar este problema social. No puede ser tan difícil eliminarlo. Ya existen medicamentos que lo eliminan parcialmente, aunque el dolor vuelva pasadas unas horas, pero ninguno que suponga la desaparición del malestar.
En principio las migrañas no deberían representar un enigma irresoluble para los científicos sin embargo así es.
Investigar los dolores de cabeza no es un tema menor, aunque los médicos y los investigadores busquen la notoriedad en enfermedades de mayor renombre. Representa un sufrimiento al que no se le puede atacar con calmantes constantemente porque eso supone arriesgarse a tenerlos más frecuentes y más fuertes. Quienes los padecen han de pasar días sin ingerir nada para evitar ese envenenamiento del que hablan los expertos.
Da la sensación que la investigación, ahora tan reducida por los presupuestos, se ha ocupado poco de un mal que no ofrece prestigio entre los especialistas pero que supone un reto para los enfermos.
Creo, sin riesgo a equivocarme, que un medicamento capaz de solucionar eficazmente las migrañas, las cefaleas o los dolores de cabeza crónicos, sería un argumento extraordinario para obtener grandes beneficios a quien fuera capaz de ponerlo en el mercado. Quizá sería oportuno invitar a los laboratorios a esforzarse algo más y encontrar el remedio.