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Crítica: Forqué se adueña del personaje

viernes 17 de agosto de 2012, 00:00h
Actualizado: 20/08/2012 14:55h
Casi año y medio después de su estreno en Avilés, Verónica Forqué trae a Madrid, al teatro Maravillas, su versión de Shirley Valentine. En este tiempo ha rebasado las cien representaciones por toda España y, por fin, hace temporada larga. Sin miedo al calor sofocante, la actriz se mete cada tarde en la piel de esta ama de casa británica a punto de coger su último tren.
Después de ver este brillante espectáculo unipersonal uno no sabe si Verónica Forqué hace de Shirley Valentine o es ésta quien quiere parecerse  a la Forqué. Cuando un actor se lanza al arriesgado ejercicio del monólogo debe tener una considerable cantidad de recursos para salir airoso de la aventura. Estar a solas en el escenario, sin nadie que te de la réplica, que te mire y a quien mirar, es dificilísimo. Pero son pocos los artistas de prestigio que, en un momento de sus carreras, se resistir a lidiar en solitario un “mihura” de consideración.

Shirley Valentine parte de un excelente texto, adaptado por Artime, que lleva décadas representándose en las capitales más importantes del mundo. Poco importa que Shirley sea británica.  Hay miles de mujeres como ella en cualquier ciudad de cualquier país. En el nuestro, sin ir más lejos. En tres tiempos asistimos a una transformación de esta mujer, que pasa de ser anodina y resignada a segura y feliz. Shirley nos cuenta –a la vez que a la pared de su cocina- sus frustraciones. Podría encogernos el corazón, pero su naturalidad desarma, metiéndose inmediatamente al espectador en el bolsillo. Los golpes de humor se reciben como un soplo de alegría, sin que por ello dejen de tener un poso de amargura. Pero se llega al final con una sonrisa en los labios.

Verónica Forqué se adueña de Shirley al aparecer en escena. Y no la suelta durante más de noventa minutos. Al público le pasa lo que en tantas ocasiones: después de ver este trabajo no se imagina al personaje con otra actriz. Verónica tiene un extraordinario olfato para llevar al espectador al terreno que quiere. Lo emociona, lo hace reír, lo deja mudo cuando cuenta la escena de la hamburguesa… Porque a través de ella vemos al marido, a los hijos, a la amiga, al griego seductor, en un ejercicio de versatilidad notable.

A mí me gusta especialmente la segunda escena, que empieza con una Shirley absolutamente desvalida, esperando iniciar la que puede ser su gran aventura. Y nos explica por qué ha adoptado esa decisión. Vemos a la mujer herida y resuelta a no pasar ni una más. Además nos deja con la incógnita de cómo le saldrá su viaje iniciático. Obviamente, el resultado lo tenemos en el último cuadro, con una protagonista que ha abandonado la piel del ama de casa para convertirse en una mujer.

Espectáculo arriesgado para una actriz, pero que Verónica Forqué resuelve con extraordinario dominio escénico, corporal y vocal. Creo que esta reválida de actriz la aprueba con nota, afirmando sus calidades de trabajos anteriores, especialmente el de ¡Ay, Carmela!, en el que también se puso una meta alta. Claro que, a partir de ahora, ¿qué papeles le tienen que ofrecer para mantenerse en este altísimo nivel?.


 
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