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Escuchar a Rubalcaba

Escuchar a Rubalcaba

Por Rafael García Rico
domingo 10 de julio de 2011, 00:00h
 
La política es más un largo trayecto con ciclos que un estadio inamovible en el que los sucesos se producen por inercia y un determinismo inexorable nos mantiene condicionados a que las cosas sean como tienen que ser. Ese pensamiento que nos mantiene atrapados entre la edad media y el fatalismo irracional de este posmodernismo del pensamiento único es aquel contra el que creo, sin duda alguna, que conviene trabajar para que sea derrotado en todos los frentes de la vida, de forma radical e implacable.

Pienso en ello al hilo del discurso de Rubalcaba, porque me ha despertado una curiosidad y una inquietud por la política en un tiempo en el que creía que estábamos condenados a esa medianería del discurso hueco de Rajoy, la estrategia de la crispación, el daño verbal, el latiguillo, la fraseología que ha hecho socialmente populares a personajes como Pons o como Soraya, cuyos discursos comparten la profundidad intelectual de personajes igualmente controvertidos como Popeye o el Pato Lucas.

Escuché en el discurso de Rubalcaba un cambio de estilo, un nuevo modo de expresarse y una forma distinta de enfocar los asuntos que nos atenazan a los españoles. Y por eso tuve la impresión de que esa idea de inevitabilidad que ha anidado en las sedes socialistas es un error de cálculo a tantos meses de las elecciones, sean estas cuando sean. Porque el diferencial que aporta el nuevo candidato está forjado con análisis, propuestas y racionalidad como engranajes con los que dar orden a un proyecto basado en la lucha contra el paro, la recuperación económica, la igualdad de oportunidades y los cambios que nuestra política demanda a través de la voz de un núcleo socialmente activo y que se moviliza y defiende transformaciones estructurales en nuestro sistema político y electoral.

Escuché a Rubalcaba hablar de política, con argumentos y con razonamientos; lo escuché hablar de nuestros problemas como país y de nuestras inquietudes como ciudadanos. Y no lo escuché referirse al PP con ese gesto agrio con el que los populares hablan del gobierno, de sus miembros, de sus políticas. No escuché la crispación, ni el rencor, ni la ira como herramientas de confrontación. Sólo escuché la voz templada de una forma excepcional de hacer política, la que surge del liderazgo natural, sin falsificaciones ni teatralizaciones gratuitas.

Escuché la voz serena de quien quiere a este país y quiere para él lo mejor, y quiere hacerlo bien, como se ha preocupado de hacer las cosas desde que está en el servicio público, en la política, desde hace muchos años y sin cambiar la esencia de su realidad personal, cuyo paradigma será siempre la boda aznariana en El Escorial.

Escuche, vi y noté. Y creo que vamos a atravesar un ciclo político lleno de interés cuyo final no está, en absoluto, escrito.
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