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Un poco de ternura… En carne viva

Un poco de ternura… En carne viva

jueves 23 de junio de 2011, 00:00h
Terminando la temporada teatral llega a las Naves de Español (y solo hasta el domingo) un espectáculo sorprendente, denso y emocionante. “Un poco de ternura, burdel de mierda” desconcierta con el título y con las imágenes de promoción. Pero este espectáculo de danza-teatro, creado por Dave St- Pierre, cautiva al espectador que se decide a ver qué ofrece.
La Nave del Español se revela, una vez más, como un espacio
extraordinario en el que se puede presentar cualquier tipo de experimento escénico. Como éste. Un enorme escenario vacío, dos docenas de sillas y una iluminación medida y meditada sirven a la numerosa compañía canadiense para desnudar sus sentimientos y sus cuerpos en un ejercicio interpretativo que acaba dejando a sus protagonistas en carne viva. Se pueden intuir muchas cosas en lo que vemos; se puede interpretar su violencia y su desconcierto como una metáfora del burdel en que se ha convertido la sociedad moderna, en la que un poco de ternura resulta sorprendente. Por lo insólita.

La promiscuidad de los artistas, totalmente desnudos durante gran parte del espectáculo, con el público en los primeros veinte minuto de representación no da muchas pistas sobre lo que, finalmente, veremos. Esa impudicia física divierte y hasta incomoda al público, que se encuentra con un pubis o un pene a un palmo de su cara. Pero creo que ese público ya sabe lo que va a ver y aguanta estoicamente. Pero superados esos lúdicos e hipersexuales primeros minutos, los actores vuelven a la pista y es cuando comenzamos a verles dando vida a seres desesperados, desorientados, solitarios y vulnerables. Sabrine, una especie de maestra de pista, encamina la ceremonia teatral. Vemos a las mujeres más extrovertidas en su desesperación y a los hombres más superficiales. Desnudos muestran un infantilismo, una ingenuidad que se transforma en rudeza y hasta violencia cuando se visten, cuando se enfundan en la armadura que exige la sociedad. Esa coreografía de todos los bailarines, tras haber retozado entre ellos en pelotas y con pelucas rubias, es sobrecogedora. Poco a poco nos vemos envueltos en una atmósfera de incomunicación, representada por un trajín de paseantes que deambulan hacia ninguna parte, sin cruzarse, sin tocarse, hasta que dos ellos ¡por fin!, se miran y se reconocen. Llegados a ese punto parece que se atisba un poco de esperanza. Pero la compañía aún nos regala unos minutos finales francamente sensacionales. Se demuestra una vez más que el “invento” en el teatro ofrece unas posibilidades ilimitadas. Aunque el invento de esta función sea, solamente, dos docenas de botellas de agua. El espectador contiene la respiración, fascinado, mientras una veintena da actores se desliza por la escena hasta que la luz acaba por desaparecer. Han pasado 135 minutos y nos hemos olvidado de los actores trepando desnudos entre nuestras butacas y poniéndonos el culo para que les azotemos.

Una sugerencia: si creen que van a ver un show eminentemente sexual, se equivocarán. Verán sexos desnudos pero, si no son capaces de llegar a ver seres humanos, se aburrirán soberanamente. El trabajo de la compañía: estremecedor, valiente y brillante.
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