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La Casa de Campo

La Casa de Campo

jueves 05 de agosto de 2010, 00:00h
La extensión de la Casa de Campo -1.772 hectáreas de superficie verde- son, sin duda, el mayor reclamo de este espacio natural donado al pueblo de Madrid un 20 de abril de 1931 por el Gobierno provisional de la II República.
Su origen fue una finca de recreo regia. Felipe II adquirió, para su disfrute, en torno a 1560, la que fuera hasta entonces Casa de Campo de los Vargas; a ésta se le fueron añadiendo casas y terrenos colindantes. Las huertas, viñedos y olivares fueron repoblados y las zonas próximas a la casa-palacio acondicionadas como jardín.

Fernando VI amplió el área del parque hasta su actual extensión; a él se debe la declaración de Bosque Real y su uso como cazadero. Un empleo al que quedaría reservado hasta tiempos de Carlos III; en aquella época se utilizó, al menos parcialmente, como finca agrícola y ganadera; es entonces, entre 1768 y 1779, cuando se bordea totalmente el perímetro de la finca, con tapia de piedra y mampostería, de la que quedan algunos restos, especialmente visibles unos cinco kilómetros- en la zona norte, en la nueva variante de la carretera de Castilla entre Madrid y Pozuelo.

La entrada natural a esta inmensa finca es la Puerta del Río, la que comunica, tras cruzar el Manzanares por el Puente del Rey, con el propio Palacio Real, y que daba acceso a una casa-palacio, hoy desaparecida y cuyo espacio ocupan unas dependencias municipales. Nada queda de los antiguos jardines renacentistas que ornaron esta Casa. Hoy sólo queda el Campo.

Y a él vamos. Encinas y pinos en su mayor extensión y, cuando la humedad lo permite, en los cauces de los arroyos, fresnedas y olmedas. Las encinas (Quercus rotundifolia Lam.) ocupan por derecho propio el terreno, como los olmos (Ulmus minor Miller) en las zonas arcillosas húmedas y los fresnos (Fraxinus angustifolia Vahl.) cuando el valle se asienta sobre arenas silíceas. Los pinos (Pinus pinea L.) son de repoblación, como los cedros llorones (Cedrus deodara (D. Don) G. Don fil.) y los cipreses (Cupressus sempervirens L.) que, en ocasiones, pueblan el parque.

La naturaleza tendería a reconvertir todo el espacio -salvo los valles- en encinar, pero el hombre no se lo ha permitido, ni parece que tenga intención de hacerlo. La intervención paisajística aquí no es tan marcada como en otros parques, donde el jardín se ordena y se recorta, se metamorfosea el vegetal tanto que cuesta precisar su origen y su hábitat. Por eso nos gusta referirnos a la Casa de Campo como una superficie verde organizada.

Un paseo desordenado
El paseo por este parque ha de ser desordenado y falto de direccionalidad, no puede precisarse un camino que nos sirva de guía para su contemplación. Todo él tiene una topografía ondulante en la que el caminante debe sumergirse y, entonces, atisbará el gorjeo de algún mirlo o del ruiseñor entre el griterío de las urracas; disfrutará del olor a tomillo, espliego y romero y se deleitará con las lilas (Syringa vulgaris L.) cuando éstas se encuentren en floración, allá por abril y mayo, o con la más temprana del almendro (Prunus dulcis (Miller) D.A. Webb) ya en flor en los comienzos del año.

El sur del parque –la zona más frecuentada y donde más instalaciones de recreo se concentran- está atravesada por un arroyo, el Meaques, cuyo paso –en otro tiempo- hubo de facilitarse mediante media docena de puentes de mampostería y ladrillo que aún hoy se conservan. El Meaques no es ya caudaloso, pero aún lleva agua en invierno y en sus riberas siguen apreciándose olmos y fresnos, unidos a algunos sauces llorones (Salix babilonica L.) y acacias japonesas (Robinia pseudacacia L.) que encuentran aquí sustrato idóneo. Los agujeros circulares de los troncos delatan la presencia del pito real, son éstos los lugares que elige para anidar.

Mezclados con fresnos, se encuentran chopos o álamos blancos (Populus alba L.) diferenciables por el tono claro (entre blanquecino y grisáceo) de su corteza; e invadiendo todo el arroyo, se muestran omnipresentes las zarzas, ocasionalmente mezcladas con rosales silvestres, sus frutos sirven de alimento a algunos pájaros, el chochín entre ellos. También es posible encontrar algún saúco (Sambucus nigra L.), un arbusto muy ramoso, de flores blancas y ramas cenicientas, verdosas cuando jóvenes y con una médula muy desarrollada.

La zona norte es menos visitada; allí se aprecian mejor las manchas de encinares donde, junto a algún tronco de edad, crecen sus retoños, aorlados de jara (Cistus ladanifer L.), como si con su pringosidad quisiera defender a las jóvenes encinas. En los claros se aprecian agrupaciones de retama (Retama sphaerocarpa (L.) Boiss.), de pequeñas pero abundantes flores amarillas. Por el lado norte del parque corre el arroyo Antequina, cuyo cauce sirve de soporte a una vegetación riparia similar a la ya comentada para el cauce del Meaques.

Los paseos, en los que se permite el acceso en vehículos de motor, están bordeados de plátanos de sombra (Platanus hispanica Miller), cuya corteza se desprende en placas de color castaño dejando cicatrices blanquecinas. Alternan con las acacias de tres puntas (Gleditsia triacanthos L.), un árbol introducido en la Europa del XVIII y que debe su nombre a las tres fuertes espinas rojizas con que se adornan sus ramas.

Zonas de ocio y de recreo
Diseminados por el parque quedan no pocos robles (Quercus robur L.), cultivados desde antiguo, por lo que suelen presentar un respetable grosor; ailantos (Ailanthus altisima (Miller) Swingle), un árbol del que emana un particular olor desagradable, al igual que de sus flores, de color verdoso, pero que presenta un rápido crecimiento y soporta muy duras condiciones climáticas; almeces (Celtis australis L.), de frutos redondos y rojizos; árboles del amor (Cercis siliquatrum L.) de fuerte impacto visual, pues florecen -en abril o mayo- antes de que rebroten las hojas; y castaños de Indias (Aesculus hippocastaneum L.).

El parque presenta, concentradas en su zona sur, un buen número de instalaciones; desde las deportivas, generadas en torno al lago y dependientes del Instituto Municipal de Deportes (piscinas, canchas de tenis, piragüismo, etc.) hasta las eminentemente festivas: el Parque de atracciones, el Zoo y el Teleférico, o las dedicadas a la cultura y el comercio, tal el 'Pabellón de Cristal' que diseñara Arias Cabrero en 1964, destinado a albergar ferias y exposiciones; en su proximidad, aún pueden contemplarse algunos restos de edificios construidos en 1950 para albergar la 'Feria Nacional del Campo', algunos de ellos han sido acondicionados como restaurantes.

En las proximidades de estos centros de recreo, en particular en las zonas de aparcamiento destinadas a los visitantes del Parque de atracciones y del Zoo, se han creado sus propias superficies ajardinadas, diferentes de las que pueblan el resto del parque; son plantas de jardinería, en ocasiones anuales, destinadas –en su mayor parte- a producir flor de temporada.

El cerro Garabitas, testigo mudo de la historia
Quizás convenga asomarse al cerro de Garabitas, la más alta de las cimas del parque, y por ello escenario de funestos recuerdos durante la defensa de Madrid en la guerra civil; aún perviven algunos fortines levantados al efecto y el propio parque se recupera –muy lentamente- de la masiva destrucción que sufriera durante los cruentos años de la guerra. Al encinar de su cumbre se llega por unas plantaciones de pinos y cipreses; y en sus entrañas, no en vano fue una antigua terraza fluvial, se han conservado restos de interés prehistórico.

Y es que la Casa de Campo también guarda sus secretos. En las cercanías de lo que fuera la Casa-palacio, al poco de entrar por la Puerta del Río, tras cruzar la glorieta de entrada y antes de toparnos con el lago, podemos contemplar tres magníficos ejemplares: un tejo (Taxus baccata L.) de copa redondeada, un cedro de esbelto porte y una sequoia (Sequoia sempervirens Lamb.) Endl.) procedente del lejano oeste americano. En este espacio estuvo el viejo jardín renacentista, del que tanto gustó Felipe II, hoy no lo podemos ver, pero nadie nos impide soñar con él.
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