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Contrastes

Contrastes

miércoles 26 de mayo de 2010, 00:00h
Andaba el alcalde pasando lista de los recortes que acometerá en sus cuentas para ahorrar la nada despreciable cifra de 1.041 millones de euros -unos 175.000 millones de las antiguas pesetas, ahí es nada-: reducción de salarios, menos coches oficiales, paralización de varias inversiones como el Centro de Convenciones o el estadio Vallehermoso, etcétera. El debate sobre el Estado de la Ciudad avanzaba, entre las críticas de la oposición -escandalizados por los recortes sociales que, en algunos casos, sus partidos aplicaban en otros escalones del Gobierno- y los regates en corto del regidor, al que los toros no le gustan, pero le da al capote con auténtico arte.

Casi al final del acto, comenzaron a escucharse voces y pitos, provenientes de la Plaza de la Villa. Manifestación habemus, pensamos los plumillas, acostumbrados a que los colectivos con causas pendientes aprovechen la concentración de ediles de los plenos para manifestar sus protestas. Y en efecto, en la puerta estaban unas docenas de sindicalistas, que solicitaban más respeto a los servicios públicos y menos privatizaciones. Amenizaban su protesta con pancartas, gritos, pitidos y, algunos, improvisando una clase de aerobic -los concentrados eran trabajadores de polideportivos municipales-.

El caso es que viéndoles allí, recordé otra protesta municipal, décadas atrás, en que los representantes sindicales de los funcionarios exigían el cumplimiento de un convenio y una serie de mejoras. Lo pedían a gritos en la puerta del Ayuntamiento un día de pleno, igual que ayer. Sólo que en aquella ocasión, los cabecillas sindicales se vieron "arrastrados" por las turbas de trabajadores públicos que, literalmente, les subieron en volandas hasta el mismísimo Patio de Cristales, antesala del salón de plenos. Centenares de personas vociferaban a escasos metros de los representantes municipales, abarrotando la sala ante la impotencia de los pocos efectivos policiales que cubrían el acto. Y provocando el temor, y hasta las lágrimas, de alguna concejal popular, asustada por los gritos que proferían los que estaban fuera pero ¡tan cerca!.

No digo que haya que repetir tales acciones: fue una barbaridad y un abuso. Pero me llama la atención el contraste, entre aquella protesta por la subida que no llegaba, y la resignación de ahora ante un recorte directo. Los tiempos cambian, es verdad, y uno se remansa con los años. Y parece que todos nos hayamos echado treinta o cuarenta años encima.
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