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Puñaladas traperas a los hambrientos

Puñaladas traperas a los hambrientos

martes 18 de mayo de 2010, 00:00h
Hace menos de una semana el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, decidió romper consigo mismo y renunciar a todas sus proclamas irrenunciables. Presentó su plan para luchar contra el déficit de la economía española, arremetiendo contra los que nunca iba a dejar tirados: pensionistas, dependientes, funcionarios y cooperantes que luchan contra el hambre en el mundo. A estos colectivos, insultados por los que se consideran campeones de la lucha por los derechos sociales, se les congelará el salario, se les bajará la mensualidad que reciben por trabajar para las distintas administraciones, se les impedirá recibir con retroactividad sus ayudas y se les dejará morir, poco a poco, porque la ayudas al desarrollo llegarán tarde, mal y nunca.

Son dramáticas las consecuencias que los recortes de 'Zapatero Manostijeras' provocarán a millones de españoles confiados en que nunca serían dejados en la cuneta ni abandonados a su suerte tras el tsunami financiero que ha dejado en el paro a más de 4,5 millones de españoles, y a más de medio millón de personas en Madrid. También lo es la constatación de que la reparación de los daños parece que será cargada a las espaldas de los que hasta ayer mismo eran protegidos en el discurso oficial del mandatario español. Pero quitar 600 millones de euros de la Ayuda Oficial al Desarrollo, que ya había sido rebajada y se imposibilita llegar al 0,7% del PIB en 2012 es una verdadera puñalada en el corazón de los cientos de millones de seres humanos que pasan hambre en el mundo y que con este tajo en las ayuditas de los desarrollados no podrán comerse ni los mocos.

Además es una puñalada trapera, a traición, que hiere millones de sensibilidades. Hay quien considera que se pueden ajustar las cuentas sin arañar el gasto social. Estos mismos proponen meter mano al gasto militar y al generado por los miles de cargos de libre designación, los nombrados vía digital. Se podrían ahorrar cerca de 1.200 millones de euros eliminando una gran parte de los puestos a dedo para mejorar el mundo de los hambrientos. Ya sé que es muy duro quitar a los más fieles de sus puestos y que meter mano a este asunto es pegarse a sí mismo porque los desplazados podrían enredar en el interior del partido más de lo previsible, pero más duro y sangrante es aplazar la salida de la miseria más absoluta a cientos de millones de personas de otros mundos no desarrollados. Además, se podría evitar el sufrimiento de Zapatero, quien dicen que dijo que cortar la ayuda al desarrollo era como cortarse un brazo.

Los hambrientos agradecen sus generosas palabras pero rechazan comerse el brazo del presidente, confiados en que le sirva para arrepentirse de lo hecho y persignarse por traicionar a los que decía amar y ahora trata con malsana indiferencia. Además se volverían de piedra para no consumir energía si conociesen que el recambio de Zapatero, el popular Mariano Rajoy, propone ir más allá y eliminar este tipo de ayudas y que los recortes de lo suyo no han merecido la atención, y mucho menos la denuncia, de casi nadie. La Secretaría de Estado de Cooperación puede estar contenta de que sus recortes pasen desapercibidos. La hucha para recaudar fondos para los negritos y blanquitos que carecen de todo menos de dignidad quedará vacía. Harán real aquel chiste en el que uno pedía “p’al hambre en África” y otro contestaba: “¿la piensan alambrar entera?”.

Cada euro de menos en el desarrollo de los pueblos sin nada más que gobernantes corruptos, que no se suelen llevar tan mal como dicen con los desarrollados, es un gota de sangre que mancha los trajes de los hombres bien vestidos. Si les quitamos 600 millones de euros, sale tanta sangre que sólo puede haber provocado la herida una puñalada trapera, a traición, sin avisar y removiendo el puñal de la indiferencia hipócrita en sus entrañas para que no entre más que la hoja asesina.
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