Han pasado 24 años desde que se representó “Madre Coraje” por última vez en Madrid. Y casi medio siglo desde la legendaria de Tamayo con Amelia de la Torre, Berta Riaza y Galiana. Parece que este formidable texto es difícil para hincarle el diente. Ahora es Gerardo Vera quien lo pone en pie en el teatro Valle Inclán.
Es un montaje escénico visualmente muy potente. La escenografía, las proyecciones, la iluminación, son de gran espectáculo y contribuyen decisivamente a que las más de dos horas de representación se hagan muy llevaderas. Tiene la función momentos teatralmente bellísimos y otros en los que se atisba a los personajes en medio de la casi oscuridad escénica. Pero formalmente, salvo algunos anacronismos, es una propuesta muy seria.
Distanciamiento
Teniendo una producción un texto tremendamente contemporáneo y demoledor... ¿por qué no aparece la emoción en el patio de butacas? Quizá Vera se decanta por el tan traído y llevado distanciamiento brechtiano: expone el drama, las miserias, el dolor, pero no quiere retorcer las tripas del espectador con lágrima fácil. Si ese es su propósito, lo consigue. En cuarenta años de espectador teatral, no había tenido oportunidad de ver representado este texto. Y lo esperaba con mucho interés porque es uno de los fundamentales del siglo XX. Pero solamente me estremecí en el escalofriante toque a rebato de la muda Catalina. Malena Alterio aprovecha ese minuto para brillar, ya que durante el resto de la obra queda un poco desdibujado su personaje, siempre apetecido por las jóvenes actrices.
Sobrevivir a las guerras

Da igual entre qué guerras transita la Coraje con su carro de mercancías. Todas son iguales. En todas salen las miserias del ser humano, sus debilidad pero, también, sus valores. El de Anna Fierling es, por encima de todos, la capacidad de sobrevivir. Si para ello tiene que sacrificar a sus hijos, lo hace. Aunque tanta desdicha acaba por pasarle factura y termina gritando: ¡maldita sea la guerra! Pero después vuelve a las trincheras con su carro. Brecht escribió un catálogo de horrores sin escatimar ninguno. Y hoy, como hace sesenta años, denunciar la corrupción, los enfrentamientos, las hipocresías políticas y religiosas, sigue siendo dolorosamente actual.
La Madre Coraje
Mercé Aranega es esta Madre Coraje. Plana, monótona, sin concesiones al sentimentalismo. No se entiende como transita entre guerras, entre soldados y trincheras, entre el hambre y la muerte, sin sufrir, padecer o mancharse de barro. Termina prácticamente como empezó y eso después de haber perdido a sus hijos. Me temo que esta interpretación no quedará en la memoria como las de Sardá o De la Torre. A su alrededor, un nutrido reparto -¡qué alegría!- con nombres tan destacados como los de Carrión, Vidarte, Maite Blasco, el joven Cabezas y Carme Conesa. Que, dicho sea de paso, está magnífica en su trabajo.
En el teatro se han ido sumando a lo largo de los siglos, escenas, frases, objetos que se convierten en iconos universales. La calavera de Hamlet, el portazo de Nora, el carrentón del baldadiño... y el carro de Madre Coraje. Verlo hacer mutis por enorme escenario del Valle Inclán es emocionante. Sobre todo porque todos sabemos que volverá. Siempre habrá guerras y comerciantes que saquen beneficios de ella.