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Urtain: Lima y Álamo

Urtain: Lima y Álamo

lunes 29 de septiembre de 2008, 00:00h
Actualizado: 30/09/2008 14:04h
José Manuel Ibar “Urtain” se suicidó en 1992, cuatro días antes de comenzar los Juegos Olímpicos de Barcelona. Ese trágico momento es el arranque de la obra que ha escrito Juan Cavestany para Animalario y que se representa en el teatro Valle Inclán (Sala Nieva) con Roberto Álamo encarnando al boxeador.
El boxeo ha sido tema de grandes películas pero no de obras teatrales, aunque en alguna aparezcan boxeadores, generalmente “sonados”. En 1983 Fermín Cabal estrenó en el desaparecido teatro Martín una espléndida función –“Esta noche gran velada”- que logró un gran éxito de público y crítica con Jesús Puente y Santiago Ramos como protagonistas.

En ella se analizaba la situación ante un combate entre el preparador y el púgil. “Urtain” se desarrolla en un ring. La vida como un combate que se libra sobre la lona y entre las cuerdas. Pero nada de lo que se cuenta sorprende quizá porque, como escribe el autor en el programa, hay poca documentación inédita sobre aquel fenómeno y ha tenido que basarse, para su texto, en las hemerotecas.

Una gran dirección

“Urtain” es un gran espectáculo gracias al director, Andrés Lima, y a la formidable puesta en escena. Creo que Lima es uno de los mejores directores españoles. Su talento ha brillado en  montajes tan dispares como “Alejandro y Ana”, “Hamelín”, “Las últimas palabras de Copito de Nieve” y en la zarzuela “El Bateo”, tan denostada como aplaudida. Ahora crea una agobiante atmósfera, que bien pudiera ser un auténtico ring. La luz cenital, la ambientación sonora y el trabajo de los actores son, sencillamente, perfectos. Me sobra algún apunte de frivolidad que no creo que añada nada al montaje.

No se podría afrontar un montaje así, sobre un personaje que está en la memoria reciente del espectador, sin contar con un actor que pudiera darle vida con credibilidad. Roberto Álamo lo consigue con una carnalidad apabullante. Y eso que tiene que hacer un ejercicio dificilísimo para un actor: retroceder en tiempo, empezar muriendo para acabar, cien minutos después, naciendo. Su personaje es el hombre, el juguete roto, no el campeón de boxeo, aunque tenga un escalofriante combate.

A su alrededor los actores se multiplican en numerosos personajes, de acuerdo con la actualidad de cada época. Están bien, eficaces, aunque el de ellos sea un trabajo de bloque que apenas permite lucimientos individuales.
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