La distancia es muy dura para los inmigrantes, sobre todo para los padres que han dejado a sus hijos a miles de kilómetros. El Centro Hispano-Boliviano de Madrid se ha propuesto estrechar los lazos de estas familias mediante encuentros transoceánicos mensuales.
“Nuestro principal objetivo es fortalecer muchas familias desestructuradas y lo logramos gracias los encuentros familiares transoceánicos. Ayudados de las nuevas tecnologías, concretamente a través de las videoconferencias, logramos que padres e hijos puedan verse a través de la pantalla del ordenador. Para ellos es muy importante, ya que hablando por teléfono pierden esa posibilidad de ver a sus seres queridos. Aunque no puedan tocarlos pueden sentirlos mucho más cerca, es un contacto más cercano que el que puede proporcionar el auricular del teléfono.”, explica Carolina Céspedes, coordinadora del Centro Hispano Boliviano, ubicado en el número 14 de la la calle de Marcelino Álvarez.

Estos encuentros, que tienen lugar una vez al mes y suelen durar de 15 a 20 minutos para cada familia, forman parte de un programa más amplio, llamado Familias Transoceánicas, que lleva a cabo el Centro Hispano Boliviano junto con Acobe, una asociación de cooperación mixta entre España y Bolivia que es la que financia el cien por cien de estos “encuentros familiares transoceánicos”.
El programa Familias Transoceánicas intenta apoyar a aquellas familias que requieran la intervención simultánea en el país de origen y en el de destino de la migración, en este caso España, para poder vincular y conocer la situación actual por la que atraviesan los familiares residentes en Bolivia.

“Mi marido y yo vinimos a España hace dos años obligados por el factor económico. Lo que más me preocupa de no vivir en mi país es no saber con quién van mis hijos, si van a clase o no, en que están invirtiendo el dinero que les mandamos. Y sobre todo me inquieta que cambien su manera de ser, que se vuelvan malas personas y que reciban malas influencias”, explica María Eugenia, una inmigrante boliviana de 42 años.
Esta vez el encuentro tiene lugar entre cuatro familias bolivianas originarias de La Paz y, como en todos los casos, se ha dirigido a aquellos padres que creen que sus hijos están pasando por algún problema a raíz de la ausencia de alguno de ellos. “Todos los que participan en el encuentro forman parte del programa “Familias transoceánicas”, pero lo hacen con diferentes motivos. Algunos de ellos están pendientes de algún hijo o familiar con algún problema, pero otros desean ver a los suyos para comunicarles buenas noticias o presentarles a un nuevo miembro de la familia, un recién nacido”, declara Paola Santiestévez, de 28 años, del grupo de información y asesoramiento legal de Acobe.

Esta iniciativa, que se viene desarrollando desde diciembre del 2007, está abierta a todos los ciudadanos bolivianos residentes en nuestro país, siempre que sus familias se encuentren en Cochabamba, Santa Cruz o La Paz, donde Acobe tiene sus sedes. “Se han vivido momentos muy emotivos, ya que muchos padres no han vuelto a ver a sus hijos tras dejar sus países de origen”, asegura Santiestévez.
Este encuentro transoceánico es el punto final de una larga labor por parte de los trabajadores sociales y psicólogos del Centro Hispano Boliviano. En primer lugar el familiar residente en España, en un 60 por ciento mujeres, se inscribe en el centro, informando sobre aquellos posibles problemas por los que crean que están atravesando sus familiares. En segundo lugar, el centro toma los datos para enviarlos posteriormente a la Asociación Acobe en Bolivia; ellos se encargarán de contactar con los familiares resientes en Bolivia. En tercer lugar, y gracias a la comunicación de los profesionales de España y Bolivia, se orientará y apoyará a la familia que desea realizar el encuentro a través de la videoconferencia.

Por último, el mismo día del encuentro, se realiza una charla previa para preparar psicológicamente a los familiares de los cambios a los que pueden llegar a enfrentarse. Muchos llevan varios años sin ver a sus hijos y, aunque dejaron a unos niños en su país, ahora pueden encontrarse cara a cara con un/a adolescente. "Tenemos 3 hijas de 20, 10 y 9 años. A pesar de que hablo por teléfono con todas ellas y siempre me dicen que están bien, creo que a veces no lo están y que yo debería estar allí para poder ayudarlas. Pero por otra parte si mi marido y yo no hubiéramos venido aquí no tendrían ni para comer. Es como un círculo cerrado, pero lo mejor que podemos hacer es lo que estamos haciendo y ellas han de entenderlo. Aun así no puedo evitar sentirme impotente en muchas ocasiones y sentir angustia por no poder estar a su lado cuando me necesiten”, explica Carmen, inmigrante boliviana de 43 años.