El toricantano no consiguió el aldabonazo que buscaba por el mal uso de estoque y verduguillo, pero sí dejó sello de coletudo valiente ante esa infamia con astas, muchas astas, que podía traerle llanto. Al que supo encelar con el capote y llevarlo al caballo -donde se arrancó de lejos en dos varas, empleándose en la primera, mas no en la segunda-. Y ya con la pañosa lo sacó de la querencia a tablas y se lo llevó al platillo donde aguantó tarascadas por ambos pitones mientras los espectadores, viendo por fin algo emocionante, tenían -teníamos- encogido el corazón.
El salmantino tragó y tragó para robarle varios redondos, en una de las series con un pase de pecho muy mandón y marcado a la hombrera contraria del cite. Luego, se encunó para robarle un par de tandas más, con méritos suficintes para el trofeo. Pero marró al despenarlo. Y, aunque para las estadísticas todo quedó en ovación, para los espectadores y, se supone, para la empresa venteña, dejó su tarjeta.
Y no sólo de testosterona, sino del buen toreo que apuntó toda la tarde con el percal: excelsas verónicas al recibir a su primero y también en el quite, y vistosas tafalleras y chicuelinas en los que le correspondían en el lote de Lorenzo. En el de la ceremonia, único con movilidad y codicia, Diosleguarde, sin llegar a romperse, demostró en redondos y naturales su línea de clasicismo.
Y, en cuanto a interés, pare usted de contar. La expectación por la casi legendaria izquierda de El Cid se quebró porque el sevillano sólo lo intentó en una vulgar tanda en el segundo de la corrida, un manejable sobrero de José Manuel Sánchez, en el que también con la derecha parecía un mediocre ventajista pegapases. Es verdad que el otro, ya de la divisa titular, fue el más manso de la función, pero su matador ni intentó sacarlo de su querencia a tablas, y anduvo por allá y acullá para justificarse. Diríase que hasta le vino bien tal catadura del cárdeno para ‘taparse’.
Claro que él ya tiene la carrera hecha, aunque ahora, con su reaparición, no sepa cerrarla como merecía. Pero no es el caso de Álvaro Lorenzo, como aburrido y melancólico en su deslucido lote, y, lo que es peor, conformista cual figura consagrada con muchos contratos. El sabrá. O sea que fue la antítesis de Diosleguarde, merecido protagonista de la tarde.
FICHA
Toros de LA QUINTA, serios y bien presentados en general, destacando 5º y 6º, y astifinos; mansos, descastados y nobles excepto el peligroso 6º. Un sobrero en 2º lugar, de JOSÉ MANUEL MARTÍNEZ, sustituyendo al anunciado, devuelto por inválido, justo de presencia, noblote y manso. EL CID: silencio; silencio. ÁLVARO LORENZO: silencio; silencio. MANUEL DIOSLEGUARDE, que confirmaba alternativa: silencio; ovación tras aviso. Plaza de Las Ventas, 16 de mayo, 8ª de Feria. Lleno de ‘no hay billetes’ (22.964 espectadores, según la empresa). Observaciones: tras el paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria de Joselito El Gallo, de cuya muerte se conmemoraba el 126º aniversario.