En el número 29 de la calle Amaniel, a dos pasos del Conde‑Duque, Madrid aprendió a pronunciar una palabra nueva: cerveza. Allí nació Hijos de Casimiro Mahou, fábrica de hielo y cerveza, fundada en 1890 por los descendientes del lorenés Casimiro Mahou y la madrileña Brígida Solana. La sociedad arrancó sirviendo hielo por toda la ciudad y, ya el 1 de febrero de 1891, puso en marcha la primera cocción en Amaniel 29, con la vista puesta en un mercado dominado aún por el vino.
El impulso tuvo una firma técnica: Konrad Stauffer Rückert, maestro cervecero alemán que trajo a Chamberí el método de la lager centroeuropea. A su lado, Alfredo Mahou Solana recorrió Europa para aprender un oficio que exigía precisión y frío. La receta inicial dibujó una geografía sentimental: agua del Canal de Isabel II, lúpulo de Núremberg y malta asociada a Aranjuez. Ingredientes que conectaban a Madrid con Europa y a la vez la anclaban a su territorio.
La fábrica de Amaniel fue mucho más que máquinas y cubas: en sus primeros años funcionó como hervidero de ocio, con terraza abierta al público y pequeñas representaciones teatrales. En aquel patio donde entraban los carros con carbón y salían barriles, se mezclaban el rumor de los compresores frigoríficos con el murmullo del vecindario. Hoy, en ese mismo solar, se levanta el Museo ABC de Ilustración, memoria viva de su pasado cultural.
La modernización llegó pronto. A comienzos del siglo XX, Amaniel incorporó compresores de frío, cajas Saladín para el malteo, tostadores y una sala de cocción Ziemann que estabilizó calidades y ritmos de producción. La regularidad técnica —fundamental para una marca— convirtió aquella factoría en uno de los polos cerveceros más avanzados de su tiempo.
La casa cuidó tanto la producción como el relato. La levadura de cerveza se vendía en bote en la botica anexa como “suplemento saludable”, siguiendo la moda higienista de fin de siglo. Y las medallas internacionales en París (1900) y Bruselas (1897 y 1907) educaron el paladar de un país que empezaba a aceptar la caña como gesto cotidiano.
El apellido resistió tiempos difíciles gracias a una continuidad familiar poco frecuente. Casimiro Mahou García (1881–1943), nieto del fundador, reforzó la posición de la compañía, presidió la Cámara de Industria de Madrid y contribuyó a organizar el sector cervecero español. El proyecto fue creciendo hasta que, en 1962, se mudó al Paseo Imperial, donde nacerían iconos populares como el Botijo y el grifo Cornelius —serpentín de acero inoxidable y una frase ya mítica: “la caña mejor tirada es la de Mahou”. La Cinco Estrellas (1969) terminó de fijar el gusto urbano de generaciones.
Con el cambio de siglo, la compra de San Miguel dio lugar a Mahou San Miguel, un grupo líder que extendió su mapa sin borrar la postal fundacional: Amaniel 29, 1 de febrero, una familia y una caldera encendida. La ciudad hizo el resto, convirtiendo aquella cerveza en una forma de estar juntos.
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