Antes de que existieran las grandes farmacéuticas o los pedidos online, Madrid ya se curaba en boticas que han visto pasar años y generaciones familiares entre sus paredes. Algunas de estas farmacias, todavía vivas, no solo se dedican a dispensar medicamentos a sus clientes, también son contenedores de historia y arquitectura que resisten al paso del tiempo.
Farmacia Deleuze

Fundada en 1780, para encontrar su origen debemos remontarnos a los tiempos del rey Carlos III, cuando el establecimiento abrió sus puertas como la Botica de San Bernardo, un espacio en el que la ciencia y la conversación iban de la mano.
En la rebotica, estancia habitual en la que los farmacéuticos mezclaban sus hierbas y ungüentos, estuvieron invitados desde políticos a escritores ilustres como Espronceda o Ventura de la Vega. Isabel, actual dueña de la farmacia cuenta a Madridiario, que la mesa en la que se reunían es la misma pieza de roble que todavía se conserva en la primera estancia de la rebotica.
El interior de la farmacia conserva el esplendor de tiempos pasados, el espacio rectangular en el que se atienden a los clientes cuenta con seis hornacinas decoradas con motivos barrocos que albergan el botamen (tarros de porcelana) procedentes de la real Fábrica del Buen Retiro. En las paredes guardamecís (pinturas realizadas sobre piel), únicas y diferentes entre sí, refuerzan la sensación de encontrarse en una estancia palaciega antes que una farmacia convencional.
A lo largo de su historia, la farmacia ha pasado de mano en mano y siguiendo una tradición habitual en los siglos XVIII y XIX, aunque no tan frecuente en la profesión farmacéutica. En varias ocasiones, su cesión fue entregada como dote cuando las hijas de los farmacéuticos no podían ejercer la profesión.
Así, la botica fue pasando de familia en familia hasta 1947, cuando Alberto Deleuze se hizo cargo de ella, restaurando la fachada para recuperar su aspecto original e intercambiando el escaparate por la puerta de entrada y a la inversa. Desde entonces, aunque Isabel compró la farmacia a la hija de Alberto, el establecimiento pasó a las manos de la familia García Parreño, aunque nunca se ha llegado a cambiar el nombre de la farmacia por cuestiones comerciales y porque el hijo de Isabel, siguiente propietario, también es Deleuze, encarrilando la “línea sucesoria” del apellido que da nombre a la botica.
Isabel cuenta que a diario acuden a la farmacia no solo vecinos, los principales clientes que atiende, sino que también atrae a visitantes e incluso grupos de turistas que entran a comprar y a contemplar el espacio.
Hablando del futuro, Isabel expresa, con preocupación, que ni los negocios más centenarios están exentos de la amenaza que supone el modelo turístico para los comercios de los barrios más céntricos. La farmacéutica confiesa que la transformación del barrio amenaza el modelo de la farmacia tradicional: “La farmacia de barrio, tal y como la hemos entendido siempre, comienza a desaparecer”.
Aun así, la Farmacia Deleuze continúa abierta, combinando su función de servicio para los vecinos, con todo el valor patrimonial que alberga en su interior.
Farmacia Cervantes León

En pleno barrio de las Letras se encuentra la Farmacia Cervantes León, la botica más antigua de España que continúa en el mismo sitio en el que se fundó, en 1700.
Su historia se remonta a Miguel Gómez, quien en 1609 firmó un censo de alquiler de casa botica en la calle León. En 1700, Pedro Serrano la adquirió y desde entonces ha permanecido en el mismo lugar como farmacia, aunque cambiando de titular en varias ocasiones.
El equipo de la Farmacia llama al establecimiento 'Farmacia Fusión' porque nació del encuentro entre dos farmacias históricas, la de la Calle León y la de la Calle Cervantes. En 2020, cuando la titular de la segunda dejó el negocio, Yolanda, propietaria de la primera, se hizo cargo de la resultante, naciendo la Farmacia Cervantes León. Enrique, marido de Yolanda, bromea: “La disposición de los dos nombres se debió a una cuestión alfabética no por preferencia”.
El establecimiento ya impresiona desde fuera con su fachada de azulejos inspirados en grabados del siglo XVII y las letras que coronan el marco de la entrada, copiadas de una escritura de 1701 y que conservan la tipografía original de aquella época.
El cuidado por el detalle y la conservación de los objetos históricos resulta evidente desde el primer momento. En la estancia situada a la izquierda de la entrada destaca una imponente caja registradora de 1912, que permaneció en funcionamiento hasta hace apenas tres décadas.
Sin embargo, es tras la rebotica donde se esconde el verdadero tesoro de la farmacia: una cueva que alberga un auténtico museo. Enrique explica que este establecimiento ha sido testigo de siglos de historia, no solo por su antigüedad, sino por el valor y el esmero con el que se ha preservado su patrimonio. “Aquí conservamos más de mil piezas: instrumentos de boticario, alambiques, básculas e incluso documentos que se remontan a 1792”, detalla.
El acceso a este espacio se realiza a través de unas estrechas escaleras de madera que parecen transportar al visitante a otra época y permiten comprender la complejidad y el rigor del oficio farmacéutico en tiempos pasados.
El excelente estado de conservación de la cueva resulta sorprendente. Desde venenos sellados en sus envases originales hasta manuales que suman más de 10.000 folios de conocimiento e información, cada objeto refleja la importancia histórica del lugar.
El esmero del matrimonio en la preservación de este museo se plasma también en un mural en forma de espiral del tiempo, situado en la pared del fondo. En él figuran los nombres y las firmas de todos los propietarios que han pasado por la farmacia a lo largo de los años, con Yolanda ocupando el centro como la titular más reciente.
En cuanto a futuros proyectos, Enrique señala que el establecimiento participa en una iniciativa junto a la Universidad de Valencia que recopila farmacias históricas y jardines medicinales con siglos de tradición, contribuyendo así a la divulgación y conservación de este valioso legado.
Respecto al cuidado y conservación tanto de los elementos de la cueva, como de la fachada, el matrimonio asegura que todo corre por su cuenta y no necesitan tampoco ningún tipo de ayuda de organismos patrimoniales. “En estos casos, si patrimonio u otras instituciones entran a vigilar, no te dejan hacer ni gestionar nada”, afirma.
Así, la farmacia se convierte en un verdadero contenedor de historia y conocimiento, cuyo valor no alcanza a ser vislumbrado desde el mostrador en el que cientos de clientes son atendidos cada día.