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Fiesta de celebración del 20.º aniversario de los pisos tutelados en Torrejón de Ardoz.
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Fiesta de celebración del 20.º aniversario de los pisos tutelados en Torrejón de Ardoz. (Foto: Road Experience)

Pisos tutelados en Torrejón: un hogar para personas mayores con pocos recursos

Por MDO
lunes 03 de junio de 2024, 07:59h
Actualizado: 07/06/2024 08:37h

El 9 de febrero de 2004 abrían sus puertas los pisos tutelados para personas mayores de la Comunidad de Madrid en Torrejón de Ardoz. Convertidos ya en un referente en la región, este recurso es para personas que tengan más de 65 años con autonomía física y cognitiva que carecen de vivienda y de recursos económicos suficientes para afrontar los gastos de un hospedaje. Con él se da respuesta “a una necesidad muy importante de alojamiento para aquellos mayores con una situación económica precaria, personas que con la pensión básica que les queda no pueden asumir un alquiler”, explica Rosa Estrada, directora de este centro que gestiona Clece desde hace diez años.

Aunque en el interior de estos pisos encontramos tantas historias como vecinos, a todos ellos les ha conducido hasta allí una situación de vulnerabilidad sobrevenida. “Un desahucio, vivir en un albergue…”, aclara Estrada. “Y cuando cumplen 65 años pueden solicitar este recurso que pertenece a la Dirección General del Mayor de la Comunidad”.

En este nuevo hogar, los residentes no tienen que abonar nada en concepto de alquiler, solo los suministros de luz, agua y gas, además de la compra de productos para su alimentación, higiene, limpieza y ropa.

El complejo cuenta con 120 apartamentos de unos 45 metros cuadrados que comprenden dos habitaciones, una cocina y un baño. Además, el edificio dispone de salas de convivencia en la planta baja donde pueden realizar actividades y celebraciones. La capacidad total es para 240 residentes, dos por piso. Salvo las parejas que entran juntas, al resto de usuarios se les asignan los compañeros de piso por “compatibilidad”, un trabajo que corre a cargo de las trabajadoras sociales de Clece. La selección suele ser acertada, pero es difícil empezar una convivencia con alguien desconocido. “Pueden surgir problemas, es normal que haya algún roce, pero en general se pueden solucionar. De hecho, gran parte de nuestra tarea es de mediación en la convivencia para intentar llegar a consensos”, sostiene Estrada.

Rosa Estrada, Petya Ilieva, Paola del Cano, Mercedes García, Toñi Georgieva y Mario Jiménez, trabajadores de Clece en los pisos tutelados

Localizados en un entorno urbano, los pisos tutelados de Torrejón permiten a los residentes mantenerse conectados con la vida de la ciudad en un ambiente seguro y cómodo. Como el resto de centros de este tipo en la Comunidad, son muy demandados “porque hay muchas personas mayores a quienes, a la hora de jubilarse, les queda una pensión mínima o cobran una no contributiva debido a que no han cotizado suficientes años ”, apunta Rosa Estrada.

Un hogar con apoyo permanente

Estos pisos tutelados presentan algunas particularidades que los distinguen de otras viviendas de alquiler. Los usuarios cuentan con personal permanente siempre dispuesto a proporcionar el apoyo necesario. “Tienen asistencia, un servicio de intervención por parte de una trabajadora social y un equipo de recepcionistas y de conserjes las 24 horas, los 365 días del año. Personal permanente día y noche porque para ellos es muy importante el apoyo”, desgrana Estrada.

Los apartamentos, diseñados para atender las necesidades de los mayores, combinan la comodidad de un hogar con la seguridad de un entorno supervisado. A los residentes les da tranquilidad saber que, si ocurre alguna incidencia de noche y hay que llamar a los servicios sanitarios de urgencia o a algún familiar, van a contar con ayuda. Además, “todos los pisos tienen el servicio de teleasistencia y el de mantenimiento”, subraya Rosa Estrada. “Así tienen la tranquilidad de que, si se les estropea la lavadora o el frigorífico, automáticamente se les repone sin que suponga un gasto importante para ellos”, añade.

Asimismo, una vez al año se les hace una limpieza general del piso, según aclara Estrada, responsable de un equipo formado por diez personas. “Estamos ahí para ayudarles, también para darles apoyo a la hora de la acogida inicial y su adaptación”, precisa.

El primer mes de estancia se orienta a los residentes para integrarse en el centro y en el municipio, informándoles sobre los recursos públicos con los que cuentan cerca de su nuevo hogar. “La ventaja es que esto no es una residencia, ellos no tienen horario, van al teatro o salen al cine y pueden regresar a las 11 de la noche. Llevan una vida muy normalizada e integrada en el municipio”, comenta la directora.

En los pisos tutelados los inquilinos pueden recibir visitas de familiares o amigos, pero dentro de un horario, de 10:00 a 22:00 horas, y no les está permitido pernoctar. “En ese sentido, es como las residencias públicas, las plazas están adjudicadas para esas personas y son para esas personas”, traslada su responsable.

Rosa Estrada también destaca “el compromiso social de los trabajadores en la atención a personas vulnerables” y las actividades que organizan y coordinan los propios residentes de forma voluntaria, como talleres de pintura, baile o alfabetización, algo muy útil en un centro que se caracteriza por ser inclusivo. “Tenemos personas de 36 países, cinco religiones y ocho idiomas diferentes. Parece una pequeña representación de la sociedad”, comenta Estrada, quien incide en la utilidad de estas actividades para que los usuarios se conozcan y hagan piña y amistades, “mitigando la soledad no deseada en las personas mayores de la que tanto se habla”.

Requisitos de acceso

Para tener derecho a una plaza en estos centros hay que reunir cuatro requisitos: ser mayor de 65 años, llevar empadronado al menos uno en la Comunidad de Madrid, tener autonomía para realizar las actividades básicas e instrumentales de la vida diaria y no tener vivienda propia. “Con esos cuatro requisitos, pueden ir a solicitar plaza en estos pisos tutelados a los servicios sociales municipales”, señala Rosa Estrada.

La autonomía e independencia resulta fundamental porque los usuarios tienen que hacer todas las actividades domésticas: cocina, limpieza o colada, por ejemplo. El piso se les entrega totalmente equipado y ellos incorporan sus enseres personales. “No tienen la sensación de estar institucionalizados porque el estilo de vida es como si estás en tu casa, que debes cuidar, y sienten esa libertad y esa normalidad que da un hogar”, asegura la directora.

Cuando esas personas dejan de ser autónomas por algún problema de salud o una enfermedad crónica que precise un control de alimentación y medicación, si la familia no asume su cuidado, se activa el protocolo establecido por la Comunidad de Madrid: se les ofrece la posibilidad de vivir en una residencia donde hay personal específico para atención a personas dependientes.

Dos décadas de servicio

A la izquierda, Loli Bernal; y a la derecha, Rosalba Morán, usuarias que entraron a vivir en los pisos en mayo del 2004.

El pasado 17 de mayo los residentes en este complejo y el equipo de Clece, que gestiona la prestación del servicio, celebraron con una fiesta las dos décadas de andadura. Allí estaba Loli Bernal, que va a cumplir 83 años, una de las usuarias que estrenaron estos pisos. Hasta que llegó con su marido, habían vivido en una casa de protección oficial en Pozuelo de Alarcón que estaba a nombre de sus padres, a la que se mudó toda la familia cuando a la abuela le dio un infarto. Allí pasaron 25 años, pero las circunstancias cambiaron y frente a una subida de la renta Loli y su familia se vieron obligados a dejar la vivienda.

Ante la imposibilidad de encontrar un alojamiento que pudieran pagar con la pensión de su marido, recurrieron al Ayuntamiento de Pozuelo desde donde, días después, les llamaron para darles la buena noticia de que la Comunidad de Madrid les ofrecía uno de estos pisos tutelados en Torrejón de Ardoz. “Eso fue lo mejor que me ha pasado en la vida”, resume esta usuaria recordando “la maravilla” que les pareció el piso al verlo por primera vez. “Tenía de todo, completo, precioso”, añade. Un lugar donde, según confiesa, ha vivido “muy feliz”, y sobre el que su marido decía: “Nos ha tocado la lotería con este piso”.

El marido de Loli falleció hace siete años y desde entonces, según explica, ella ha convivido con dos compañeras: “María, una cubana que ha estado seis años conmigo, que nos llevábamos muy bien, pero solicitó otro piso de la Comunidad en Vallecas y le concedieron el traslado, y ahora estoy con una compañera marroquí, Hafida, y tengo mucha afinidad con ella, nos llevamos como hermanas”. A la hora de cocinar, se turnan. “Si ella un día hace una comida árabe buenísima, otro día hago yo española y le encanta. La verdad es que no hay ningún problema. Ni en la comida ni en nada”, añade Loli.

Presume de llevarse bien “con los vecinos, con los de aquí, con dirección, los conserjes, con todos”, y confiesa que no le costó nada adaptarse a una nueva ciudad. “Me gusta Torrejón muchísimo y yo ya no lo cambio”, asegura. Además, esta veterana residente valora mucho la libertad para salir y entrar que ofrece el centro. Eso le permite ir a comprar cuando quiere o desplazarse a comer con alguno de sus hijos, que residen en Móstoles, Pozuelo y Valencia, de donde acaba de volver tras pasar una semana con motivo de la comunión de una nieta. “Mientras yo pueda me monto en el tren. Como tenemos los bonos gratis, puedo viajar para ver a mis hijos, que también vienen aquí a verme”.

Los gastos que costea al mes en suministros “no son fijos, unas veces son más, otras veces son menos, pero, vamos, unos gastos que se pueden afrontar estupendamente”, asegura Loli.

“Nos ha tocado la Primitiva”

El caso de Ana Sánchez, de 80 años, comparte similitudes con el de Loli, aunque lleva cinco años menos alojada allí. Fue la asistente social de Servicios Sociales de su barrio quien les habló, a ella y a su marido, de estos pisos y les gestionó la solicitud al comprobar la precariedad económica en la que vivían. Luego, en su visita a la oficina de la Comunidad de Madrid para completar el trámite, temieron que nunca les tocara al ver el “montón de solicitudes que tenía apiladas sobre la mesa” la funcionaria. Así que cuando recibieron la carta que les comunicaba la buena noticia se les saltaron las lágrimas. Recuerda que cuando se dirigía a los pisos tutelados con su marido, fallecido hace seis años, iba diciendo que les había tocado la Primitiva. “Sí, porque verdaderamente nos tocó la Primitiva”, afirma.

Desde entonces, ha cultivado muchas amistades en los pisos, en la calle, en el pueblo… “Tengo un grupo con el que voy a bailar sevillanas, otro con el que voy a pilates, y luego esta casa donde he sido voluntaria y he hecho muchísimas cosas”, presume Ana, una pieza fundamental para otros residentes a los que, durante estos años, ha ayudado en tareas cotidianas como arreglar papeles, ir al médico o cuidar el jardín. “Me gustaba mucho participar y me sigue gustando, lo que pasa es que han entrado otras personas que son más jóvenes y les he pasado el testigo”, bromea Ana.

Desde que se quedó viuda comparte piso con su amiga Marisol, que venía de La Rozas. “Es como mi hermana. Nos llevamos muy bien, todo es de las dos, vamos a los médicos y nos acompañamos. Es una cosa maravillosa, esto es un sueño para mí”, remarca esta usuaria.

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