Ortiz de Gondra nos pone ante los ojos una sociedad que ha transitado desde las Guerras Carlistas hasta el terrorismo de ETA. En todas las confrontaciones ha habido un Arsuaga. Y la familia ha callado porque ‘es uno de los nuestros’. Estos vascos son pelotaris, están aferrados al caserío, van a romerías, sufren la influencia de la iglesia y muestran hostilidad hacia cualquiera que quiera infiltrarse entre ellos, aunque sea por la vía del matrimonio. Y en cada generación hay algún exiliado, voluntaria o involuntariamente. Es muy elocuente que el último de ellos, Borja, establecido en Nueva York, sea rechazado por su propia madre cuando vuelve circunstancialmente para la boda de su hermano.
El relato discurre de adelante hacia atrás. Comenzamos en 2015 y terminamos en 1898, en la Nochebuena del año que perdimos lo que nos quedaba del imperio: Cuba. Ahí está el punto de partida con una estremecedora escena en la que se adora al Niño Jesús mientras se destila odio. El autor no hace juicios, no toma partido. Expone ante los ojos del espectador las interioridades de una familia, la suya, para que este saque sus conclusiones.
Hay una excelente dirección de escena de Josep María Mestres y una interpretación conjunta extraordinaria. Quedan en la retina momentos álgidos de los intérpretes: la inmejorable Pepa Pedroche como la tía solterona que tiene cada familia; la enorme tristeza de Cecilia Solaguren el día de su boda; el tenso dialogo de los dos hermanos, Iker Lastra y Francisco Ortiz, o la jacarandosa monja de Sonsoles Benedicto. Pero los demás también están muy bien.
En estos momentos en que el teatro público (sobre todo el municipal madrileño) parece que va a tener un considerable bajón, el CDN acierta de pleno con los cuatro últimos montajes estrenados en el Valle Inclán y el María Guerrero.
Los Gondra puede verse en el teatro Valle Inclán hasta el 19 de febrero.