Los responsables de Air Madrid hablan de linchamiento mediático, culpan a los periodistas de haber magnificado cada una de las averías de sus aviones, de cada uno de los retrasos, de cada protesta de los viajeros de un avión. Culpan a los periodistas de haber propiciado la apertura de un expediente de Fomento, de que el Ministerio les aplicara la legislación a rajatabla, de que no les pasara ni una. Culpan también a Fomento de haber mantenido una actitud que les ha asfixiado económicamente, que les ha creado una situación incómoda con sus clientes, que les ha convertido en potencialmente sospechosos para sus proveedores.
Afortunadamente no culpan a los pasajeros de haber seguido comprando billetes a pesar de recibir las octavillas repartidas por Fomento en las que les advertían del peligro de quedarse sin viaje de vuelta, de los carteles puestos en los aeropuertos, de las noticias aparecidas en los periódicos. ¡Qué podían hacer si el billete costaba la mitad o menos que en otras compañías!
Pero culpas aparte, lo cierto es que la compañía de bajo coste, que tantas expectativas levantó durante su despegue, ha aterrizado y lo ha hecho forsosamente. Tiraron la toalla minutos antes de que el árbitro les desacalificara y argumentan que el árbitro no hacía más que mirarles la ceja sangrante y que, claro, eso le daba ánimos al contrincante. Lo que pasa es que aquí no hay ningún contrincante más que la legislación.
Quizás el Ministerio no debería haber aguardado tanto, si como dicen había detectado tantos problemas de seguridad, no debería haber esperado a que llegaran las fechas navideñas con el lógico aumento de la demanda o quizás debería haber esperado -sin por ello bajar ni un ápice la guardia- a que pasaran estos días.
Sin embargo, al final todo se ha precipitado en el peor momento, con 120.000 viajeros desplazados a Sudamérica o con los ahorros metidos en un billete con el que, tras la regularización laboral, iban a ver, tras varios años de ausencia, a sus familias. Estos son los auténticos paganos de la operación y por ello deben exigirse todas las responsabilidades que sea preciso y minimizar en lo posible los efectos causados por una compañía que, a todas luces, intentó aprovechar un buen negocio con unos medios tan ajustados, tan ajustados, que cuando empezaron a producirse problemas, éstos terminaron por lastrar todo el proyecto.