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Crítica.- Farsas y églogas: arqueología teatral

Crítica.- Farsas y églogas: arqueología teatral

sábado 31 de marzo de 2012, 00:00h
Actualizado: 03/04/2012 12:53h
Estupenda iniciativa de la Compañía Nacional de Teatro Clásico al sumergirnos en los antecedentes de nuestro teatro. Ana Zamora, al frente de Nao D’amores, lleva una década buceando en los siglos XV y XVI en un trabajo de arqueología teatral muy estimable. “Farsas y églogas”, que se estrena en el Pavón, es resultado de este esfuerzo.
Estamos ante una auténtica ceremonia teatral que comienza con la llegada de los cómicos de la legua. Una nutrida compañía, aupada al carro de la farsa, que se encarga de representar las piececillas de Lucas Fernández, un autor a caballo entre los siglos mencionados. Son historietas de amores pastoriles –églogas- aderezadas con canciones y bailes. Para ser fieles a los orígenes, se ofrecen con economía de medios, utilizando, sobre todo, la gracia de los actores. Son ocho artistas en escena que solo necesitan cencerros, cascabeles y unas piezas de lana para contarnos sus gracias y desgracias. Como colofón, todos ellos forman un descacharrante retablo de la Navidad que provoca las carcajadas del público por su gracia y originalidad.

Este es un espectáculo que requiere una adecuada disposición de ánimo del espectador. No estamos ante un teatro que llega directamente a la butaca. La directora ha recogido los textos con su escritura original y cuesta mucho entender nuestro propio idioma, aunque, claro, con las formas de hace cinco siglos. Se compensa esta posible dificultad con la estupenda gestualidad de los actores.

No contribuyen las condiciones del teatro Pavón a hacer más comprensible el montaje. Su atroz acústica dificulta todavía más la comprensión. Y si los músicos utilizan el pandero, ya no hay forma de entender absolutamente nada. Es lo que ocurre con las letras de las canciones. Intuimos –o deducimos- que se refieren a los amores pastoriles, pero no oímos claramente ni una de sus palabras. Que se haya llevado el único elemento escenográfico, el carro, al fondo de la escena tampoco ayuda nada. Quizá los espectadores colocados en gradas dentro del mismo escenario sean más afortunados que los del patio de butacas.

En cualquier caso estamos ante un entretenido montaje, interesante en su faceta ceremonial, que constituye una breve lección de literatura teatral en setenta minutos.
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