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Educación en valores

Educación en valores

Por Juan Luis Yagüe
jueves 24 de noviembre de 2011, 00:00h
Actualizado: 27/11/2012 17:52h
Estamos en estos días frente a una realidad social caracterizada por la entrada en crisis de los valores en la educación de niños y adolescentes. El permisivismo, la falta de límites, el relativismo en las transgresiones de normas y valores de la convivencia, del respeto, de la responsabilidad… están contribuyendo a que los niños se conviertan en sujetos de derechos y no en sujetos de derechos y deberes, llevando en consecuencia a conflictos de falta de respeto hacia el profesor, agresiones a los propios compañeros, bullying… etc.

Se entienden como valores los principios que presiden y regulan el comportamiento de las personas en cualquier momento y situación, de acuerdo con aquello que consideramos correcto. Orientan las normas, actividades, conductas y opiniones y son elementos esenciales en la formación de las personas. Una de las áreas fundamentales a trabajar en el campo educativo de los niños y adolescentes es su socialización, el proceso mediante el cual adquieren las capacidades y las aptitudes sociales que lo transforman en un sujeto social. Por eso, se hace imprescindible el abordaje de la educación en valores y la transmisión de habilidades sociales para promover y facilitarles el acceso a la vida social con ciertas garantías de éxito.

Los valores se concretan en normas, es decir, reglas de conducta que tienen que respetar las personas en determinadas situaciones, eso es, compartir, ayudar, ordenar, respetar…. Valores como la paz, el pluralismo, la solidaridad, la libertad, la justicia o la amistad están presentes en la tarea educativa, sin embargo, el respeto es el valor por excelencia, está presente en el resto de valores convirtiéndose así en el eje transversal de la educación.

El respeto hay que enfocarlo hacia tres dimensiones. El respeto hacia uno mismo, incluyendo valores como el autoconcepto, la reflexión personal, el autocontrol y el desarrollo de una actitud positiva hacia uno mismo. El respeto hacia los otros, esto es, la aceptación positiva del otro como persona, el valor del diálogo, la escucha activa, la empatía y el respeto por las ideas o convicciones del otro. También el respeto hacia el entorno, potenciando una conciencia ecológica y de respeto al medio natural y urbano, conciencia cívica, de responsabilidad y participación.

Existen diferentes estrategias educativas en torno al valor del respeto. Se pueden emplear recursos enfocados al abordaje individual y grupal, creando espacios de atención individualizada como tutorías, organizando y promoviendo asambleas, reuniones grupales, debates… que giren en torno al respeto de las diferentes opiniones, fomentando la empatía, la asertividad y otras habilidades sociales implicadas en el establecimiento y mantenimiento de las relaciones interpersonales satisfactorias. Pueden también transmitirse pautas de comportamiento para relacionarse con los otros, con el entorno y con uno mismo, promover la reflexión personal sobre las propias actuaciones e ideas cuando no son coherentes con el respeto en cualquiera de sus dimensiones y valorar positivamente las habilidades y cualidades de cada niño para promover la construcción de una autoestima satisfactoria, trabajando al mismo tiempo la aceptación de las limitaciones.

Para poder adquirir el valor del respeto, es necesario desarrollar diferentes habilidades sociales asociadas a este valor, esto es, habilidades que van a permitir conocer y tratar con eficacia a las otras personas en situaciones diversas. Así pues, los niños deben adquirir la habilidad de empatía, es decir, la capacidad de sentir, imaginar o experimentar las emociones o estado de ánimo de otra persona. Asimismo, la habilidad de ser asertivo, de poder comunicarse de forma abierta y franca, respetando las diferentes posturas de los demás interlocutores, con ausencia de ansiedad. Hay que evitar caer en los extremos, es decir, desarrollar un estilo comunicativo evitativo, donde se respetan las opiniones y sentimientos de los demás pero no se manifiestan los propios, respetando a los demás pero no respetándose uno a sí mismo. Tampoco debe caerse en el estilo comunicativo agresivo, donde hay intolerancia hacia los sentimientos y pensamientos del otro y se trata de imponer los de uno mismo por encima del otro, relacionándose así de una forma poco respetuosa con los demás interlocutores. 

Un buen autoconcepto y autoestima son importantes también ya que se integran dentro de la estructura de la personalidad, convirtiéndose en un centro productor de emociones diversas y en un regulador de la conducta. Cuando el sentimiento hacia uno mismo es positivo y satisfactorio, hay tendencia a relacionarse con los otros de forma abierta y respetuosa, retroalimentándose positivamente de estos encuentros relacionales. Lo contrario ocurre cuando los afectos que se revierten hacia uno mismo son negativos y de rechazo, relacionándose con los otros de formas displacenteras, con parámetros de agresividad o de inhibición. Así pues, la autoestima se convierte en una causa para precipitar estados emocionales, así como para propiciar o no la inhibición de respuestas conductuales y de contacto interpersonal.

La educación a los niños en valores y normas referentes a la conducta social es fundamental. Los padres los transmiten a través de información, refuerzos, modelado… la familia es el primer contexto para el aprendizaje de este tipo de habilidades. Con la incorporación al sistema escolar, el niño tiene que adaptarse a otras exigencias sociales. Las relaciones con sus iguales les proporcionan muchas posibilidades de adquirir e interiorizar normas sociales y las claves para diferenciar entre un comportamiento social adecuado y uno inadecuado en el ámbito social.


Juan Luis Yagüe del Real es el director general del Eurocolegio Casvi.
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