miércoles 21 de julio de 2010, 00:00h
Actualizado: 30/07/2010 11:17h
A mediados del siglo pasado la picaresca popular, esa misma que recogió el cine con películas como 'Los tramposos', estaba en su mejor momento. Por entonces no era difícil encontrar, amén de trileros y 'tontos' cargados de billetes falsos, a especialistas en venderte el puesto en la cola, ofrecerse a comprarte el billete de tren "sin tener que esperar" y desaparecer con el dinero o personajes que 'enseñaban' un billete a la taquillera, a modo de futura propina, para conseguir "de esas butacas que usted sabe" para, una vez obtenidas, guardarse el billete ante el enfado de la engañada.
Recuerdo, muy de niño, haber visto a un personaje en la esquina de la calle Mayor a la entrada de Sol vendiendo billetes. Cuando le pregunté a mi padre qué hacía aquel hombre, me informó de que cobraba una entrada para poder entrar a la plaza a los primeros turistas y a los 'isidros', nombre con el que se designaba a quienes venían del pueblo. Luego estaban quienes vendían un puesto a la sombra para asistir a las procesiones de Semana Santa como si fueran los propietarios de la acera.
Medio siglo después, aquella picaresca nos provoca una sonrisa, sobre todo cuando hoy se puede vender de todo pero de una forma legal. La razón habría que buscarla en las concesiones administrativas que se están imponiendo en algunas administraciones. Ello permite encontrarse con noticias como la aparecida este miércoles sobre la venta de un tramo de una carretera de Madrid por una millonada. Cada vez falta menos para que podamos encontrar anuncios en la prensa del siguiente tenor: "Véndese una carretera comarcal", "Multinacional estaría interesada en adquirir hospital general" o "Empresa solvente compra participación en canal de televisión autonómico". Es solo el principio. En Gran Bretaña se puede comprar una participación accionarial de una cárcel. Ya falta menos para que nos cobren por entrar en la Puerta del Sol.