Por
Rafael Martínez-Simancas
martes 09 de febrero de 2010, 00:00h
Actualizado: 15/02/2010 15:38h
Llegamos de nuevo a tiempos de Carnaval dónde cada uno elige el disfraz que más le conviene. Dicen que el más demandado en Madrid es el de “hijoputa” y que viene con un puñal en la espalda, una lagrimita de plástico para ponérsela en la mejilla y un pañuelo para secarse las lágrimas. Ya se sabe que el gracejo popular le saca punta a todo lo que toca, y en cuestión de “tocar” nunca mejor época que el Carnaval dónde si no te tocan una copla te tocan con una mirada de lobo/loba, (según gustos y tendencias).
El Carnaval tomado como expresión popular de alegría improvisada es un lujo que nos damos en mitad de la pereza del invierno. No es Madrid una Venecia de canales y caretas, pero payasos y “carotas” los hay a mogollón tirando hacia arriba. Si algo ha demostrado este pueblo es su vocación por la alegría por encima de penalidades que pueden ser transitorias aunque tengan el sello de eternas. Me refiero a ese disfraz de pobre que nos ha tocado este año y con el que tenemos que lidiar durante los próximos meses. Es ahora cuando los que estudiamos Letras nos enteramos de la importancia que tuvo para nosotros el griego, lengua clásica que se impone por la comparativa económica con aquel país. Sí es a efectos económicos, malo, pero sí es a efectos culturales prefiero tener a Heráclito por familiar antes que a El Dioni, (pongamos por caso).
Pero este disfraz de pobre no nos lo quitaremos cuando entierren a la sardina, al revés, dicen que nos lo debemos tomar como hábito de aquí a los próximos años. Uno escucha hablar de crisis económica y ahora entiende por qué llevamos meses de lluvias y nubarrones. Nos está cayendo la mundial y de momento no escampa.
Visto desde esa perspectiva uno preferiría regresar al disfraz de conde Drácula, a ser posible. Siempre es mejor buscar el cuello de una princesa para hincarle el diente que ponerse de rodillas a pedir unas monedas por humanidad. Feliz Carnaval.
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