En 2007 José Ramón Fernández estrenó “La tierra” en la Cuarta Pared. Ahora la trae al Centro Dramático Nacional, al teatro Valle Inclán, dirigida por Javier García Yagüe y con una lujosa producción escénica. Raúl Prieto, Marta Poveda y Nieve de Medina encabezan el numeroso reparto.
El drama rural es, prácticamente, un género de nuestro teatro. Desde el Siglo de Oro, con la monumental “Fuenteovejuna”, muchos autores se han adentrado en él. Tenemos auténticas joyas dramáticas. Por ejemplo “Juan José”, de Joaquín Dicenta (1895), que se estuvo representando hasta mediado el siglo pasado y ha desaparecido. Benavente escribió dos extraordinarias: “Señora Ama” (1908) y “La Malquerida” (1913). Más recientemente, en la cumbre del género, está García Lorca. Y, con un tremendismo trasnochado, algunos textos de Casona, como “La tercera palabra” (1953). En este terreno se adentra José Ramón Fernández con “La tierra”.
Metáfora de la culpa

La tierra del título es grisácea, seca, estéril. No llueve como castigo a una culpa colectiva del pueblo. Será la catarsis de los protagonistas la que, finalmente, acabe con la sequía de nueve años. Desde el primer minuto se nos dice que pasó algo terrible nueve años atrás. Y las distintas escenas se encaminan a ensamblar el rompecabezas dramático. Pero falta garra. El espectador querría notar la tensión, acrecentar el suspense sobre el suceso que, se supone, conocerá al final de la representación. Son escenas cortas, con saltos continuos en el tiempo. Algunas de gran belleza. Otras perfectamente prescindibles. Quedan incógnitas por resolver (quizá sea falta mía de perspicacia) como el contenido de la ceremonia iniciática que practican los hombres y que desencadenará un crimen. Pero no conseguí enterarme qué hacían esos encapuchados golpeando palos.
Pueblo tópico
El pueblo sin nombre de la acción es tópico. Quizá, por eso, tenga carácter representativo. Hay muchos en España con esos habitantes, esos dramas y rencores. No faltan el tonto del pueblo ni los maletillas haciendo “la luna”. Al primero lo vemos siempre –excelente Mariano Llorente- a los segundos los saca el autor fuera de escena en ese lance. (Revisar la espléndida película de Teo Escamilla “Tú solo”). Momentos de texto extraordinarios, como el monólogo de María sobre los viajes en Metro, quedan empalidecidos por la interpretación. Los protagonistas hacen un trabajo desde dentro, interiorizando el drama. Raúl Prieto, como el maletilla fracasado, tiene gran planta escénica y en trabajos anteriores –“La señorita Julia”, “Salomé”...- ha demostrado que es un excelente actor. Aquí le sobra amargura y le falta vulnerabilidad. Es la crónica del fracaso humano, del desarraigo, de la lucha infructuosa por escapar al destino sin éxito. Todos vuelven a la tierra y quedarán para siempre envueltos en polvo.