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Es la sanidad, estúpido

Es la sanidad, estúpido

miércoles 08 de octubre de 2008, 00:00h
Actualizado: 13/10/2008 20:32h
Anda que arde el patio sanitario madrileño desde hace semanas. Y la cosa va a más. Lo que empezó con bronca y pitos, ha saltado ya al terreno de las agresiones físicas –véase la penúltima visita al Puerta de Hierro- y dialécticas –las “identificaciones”, flechas indicadoras incluidas, de liberados sindicales-. Que no está el horno para bollos es algo que salta a la vista: es una guerra política abierta entre sectores enfrentados a cara de perro. Pero que el combate se dirima en un ring tan poco adecuado como el modelo hospitalario público, eso es inaceptable. Vale que haya diferencias políticas e ideológicas tanto en el modo de gestionar como en la manera de dirigir los centros sanitarios públicos madrileños. Vale que unos se amparen en los votos que les han situado en condiciones de gobernar, y los otros en el bien general que aseguran defender. Pero seamos serios: las batallas políticas se deben librar en otros campos.

Hay protestas en todas partes: en el Ramón y Cajal se concentran por la reducción de personal y el cese de las contrataciones eventuales; en el Puerta de Hierro, por las pésimas condiciones de su puesta en funcionamiento en la nueva ubicación. Esto último es muy razonable: cada vez que se ha trasladado un gran hospital –véase los casos de Santander, Zaragoza o Logroño-, la operación ha resultado caótica y llena de dificultades. Y eso que en todas estas ocasiones, se optó por un traslado por partes, y no como en el caso de Madrid, en que todo el hospital se ha movido al unísono, con lo cual las disfunciones se han multiplicado.

Quienes han visitado el centro aseguran que todo está aún manga por hombro; que hay mucha desorganización y que aquello es un sin dios. Lógico, por otra parte: si una simple mudanza doméstica nos saca de nuestras casillas, ¿qué decir de un gran hospital con todos sus enfermos y su personal sanitario? Pero las tortas –dialécticas- entre sindicatos y gobernantes autonómicos está derivando en inconvenientes que nunca deben pagar los pacientes –demasiado tienen ya-, ni sus familiares. Y defenderse de las críticas atacando al contrario con argumentos tan medievales como sacar a relucir el coste de los liberados sindicales, es dar no uno sino varios pasos atrás en el reconocimiento de unos derechos que algunos –inocentes- pensábamos que ya estaban más que consolidados. La sanidad, pese a que en los tiempos que corren sólo hablemos de economía, es tal vez el servicio público que más necesita de eficacia y precisión.
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