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La memoria enjalbegada

sábado 23 de mayo de 2020, 12:21h

Parece que fue en algún momento de entre los siglos XVI y XVII cuando en España empezó a generalizarse el uso de la cal, además de cómo elemento constructivo, en su potencial antiséptico y freno terapéutico ante epidemias de peste bubónica, tifus, cólera morbo, fiebre amarilla o vómito negro.

En el siglo XVIII, los ilustrados, contando con el decidido apoyo del rey Carlos III, consiguieron establecer la obligatoriedad normativa de encalar iglesias, hospitales y edificios públicos. Paredes y fachadas se enjabelgaban con blanquísima cal cuando la epidemia alcanzaba sus cotas más álgidas, pero poco a poco la práctica se fue estableciendo con periodicidad anual, habitualmente al comienzo de la primavera, extendiéndose por todo el territorio y generando fenómenos paisajísticos únicos como los de los pueblos blancos andaluces o canarios.

Hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando los equipos del francés Louis Pasteur, del alemán Robert Koch y de otros notables pioneros empezaron a sentar las bases etiológicas de las enfermedades provocadas por lo que Carlo María Cipolla había nominado con éxito “enemigo invisible”, bacterias y virus en la nueva jerga científica, abriendo las puertas a la confección de productos químicos y vacunas para combatirlos de manera eficaz, la cal era la única alternativa; alternativa que, por otra parte, cuenta con indudables y consistentes bases científicas porque hoy sabemos que el óxido de calcio es eficaz en cerca de un centenar y medio de usos antisépticos, lo que se ha demostrado en numerosos estudios científicos como el profusamente citado Efecto bactericida de la cal hidratada en solución acuosa, publicado en abril de 1995 en el Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana.

La cal se fabricaba en caleras o caleros, pozos con un brocal de entre dos y tres metros de diámetro y una profundidad de tres o cuatro con paredes revestidas de piedra, que funcionaban como hornos para calentar y calcinar, a temperatura de entre 900 º C a 1000 º C, la piedra caliza que se allegaba desde una cantera cercana, tras un durísimo proceso que incluía un largo tiempo para crear el armazón, tres días y su noches de combustión compleja y otros tres para que enfriara y poder retirar el producto.

Con aquel material precioso, la cal, se podían hacer dos cosas: o mezclarla con agua y arena para preparar mortero o argamasa que en contacto con el aire fraguaba y adquiría dureza constructiva, o convertirla en lechada de cal apagada desleyéndola en agua para cubrir tapiales y fachadas que quedaban impermeabilizadas, rutilantemente albares y protegidas frente a los embates epidémicos.

Cal y epidemias, asociación que se diría antigua y definitivamente periclitado, material solo reservado al estudio histórico. No es tal. En la memoria de cacereños curtidos vive el tiempo en el que los niños aquejados de tosferina y afecciones respiratorias de todo tipo eran llevados a los caleros para que respiraran los vapores de combustión durante el proceso de fabricación de la cal terapéutica. Por otra parte, los caleros del municipio de Morón de la Frontera, en actividad declarada por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en noviembre de 2011, han enjabelgado los espacios comunes de distintas residencias sevillanas de ancianos como contribución a la lucha contra el Covid-19.

Algunos caleros andaluces han logrado sobrevivir por razones obvias, pero la mayoría han desaparecido del paisaje de los territorios de España. Hay excepciones, claro.

Por ejemplo, a la entrada del municipio madrileño de Soto del Real por la carretera que viene de Colmenar Viejo, quedan los restos de dos caleros que Juan Sobrino, brillante historiador y eficacísimo gestor de la Biblioteca Municipal “Pedro de Lorenzo”, describe en un artículo publicado en la revista La brújula de la sierra: “… se asientan sobre una cresta caliza, denominada las Calerizas, junto a la carretera que une Colmenar con Soto a la entrada del mismo. Son dos hornos contiguos, uno de leña y otro de carbón, que estuvieron en activo hasta finales de los años cincuenta del siglo pasado (…) se construyeron excavando un pozo cilíndrico sobre el suelo aprovechando una elevación del terreno. Tienen tres o cuatros metros de profundidad y cerca de dos de diámetro. Están revestidos por una pared hecha de piedra granítica”.

Descripción precisa e inevitablemente sobria en mor del rigor académico. No cuenta Sobrino, aunque lo sepa como pocos, que los caleros están ubicados “en sitio y en belleza único” como la Barcino quijotesca. Desde la cresta de la que habla se divisa la majestuosidad batolítica y granítica de La Pedriza; el Cerro de san Pedro a donde vienen y van helicópteros que entrenan militares y entretienen a los espectadores de tierra; dehesas de ganado vacuno, hermosas y ahora tapizadas por el morado arrebatador de las flores de lavanda; y al fondo, la torre altísima y panóptica, cuál enhiesto surtidor punitivo, del “Centro Penitenciario Madrid V” que algunos llaman en ordinario “Cárcel de Soto del Real”.

Y la mirada vuelve a los caleros en otro tiempo quizá comprometidos en la lucha contra las epidemias. De sus bocas, entre rocosas y vegetales, la imaginación hace salir vapores blanquísimos que bien podrían recordar la parte superior de la escultura Los Heróes del Covid-19, que el escultor Víctor Ochoa ha donado a la Comunidad de Madrid y que la presidenta regional Isabel Díaz Ayuso ha instalado ha poco en el patio de la Casa de Correos. Un fantaseo que seguramente iría directo a la línea de flotación del generalizado ludibrio y pitorreo. O así.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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