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Laboratorio de perplejidades

jueves 16 de abril de 2020, 09:36h

Semanas y semanas de confinamiento generan desestabilización de desequilibrios preexistentes, y desde luego el riesgo y recaída en la compulsión de algunos ludópatas, algunos alcohólicos, desde su dificultad de control interno, la lejanía del apoyo externo, el estrés, el tiempo libre.

Con respecto a la población en general y el asumido espíritu de sacrificio se aprecia ansiedad, irritabilidad, angustia, depresión, que cursará en algunos casos en violencia hetero y autoejercida. Únanse situaciones laborales y económicas deplorables y comprobaremos a la salida del confinamiento que la tensión acumulada se reconvierte en violencia y la desesperanza en suicidio.

Queremos, deseamos, necesitamos salir de las denominadas cuatro paredes, pero descubriremos que los muros son estructurales, que la autoexigencia te enmudece, que el miedo está en no cubrir las necesidades y en su caso las expectativas. Somos parte de la lógica acelerada del mercado global.

La psicología del confinamiento, nos aproxima los efectos cognitivos y emocionales de la reclusión, tales como los trastornos del sueño, los dolores de cabeza, el aburrimiento, la fatiga, la dejación en el aseo, la menor motivación, el aumento de peso, la dificultad para concentrarse.

Añádase en los casos de soledad, la percepción de aislamiento que conlleva un potencial mayor deterioro para la salud mental.

Hemos aprendido a no cuestionar la validez y eficacia del confinamiento, a desde la imaginación y la creatividad generar actividades, a mantener rutinas y orden externo, que facilita el orden interno, a buscar otros temas de conversación, a no quedar abducidos por la información negativa, desoladora, a buscar la parte que adjetivamos como más humana, a hablar con otros para sentirse apoyado, no aislado, a cuidar la imagen ante uno mismo, a emitirse ideas y pensamientos positivos, a utilizar técnicas de relación o conductas de evasión.

La mayoría nos mentalizamos de que el confinamiento sería largo, nos hicimos a la idea, miramos a lo lejos, nos preparamos mentalmente mientras comparábamos con otros países que nos antecedieron. Evitamos los roces emocionales, los problemas de convivencia se postergan a un momento donde se pueda alejar del epicentro. Algunos leímos, escribimos o pintamos, o tocamos un instrumento musical para mejorar el humor y la autoestima, logro que otros alcanzaron desde la práctica deportiva.

Nos hemos dado cuenta de que lo sufrido no es una guerra, esta es una manida pero equívoca metáfora, hemos aprendido a relativizar, a plantearnos las circunstancias a resolver, a agradecer, a valorar lo que tenemos, a cooperar, a ejercer pequeños liderazgos que transmitan esperanzas, a concentrarnos en algo visible como los libros de la estantería, ante el barrunto de pensamientos y sentimientos atemorizantes.

No tuvimos tiempo para prepararnos, nos encontramos buscando concentrarnos en aquello que se puede controlar, rodeados de tensión individual e interpersonal, con una estimulación restringida, una desaceleración del cuerpo y la mente. Nuestra mente entró en hibernación psicológica, reduciendo esfuerzos mentales, apreciando signos de leve deterioro cognitivo como dificultad para completar ciertas tareas o para recordar.

Esta inercia intelectual, se aliñó con los trastornos del sueño, las emociones negativas, y la búsqueda de claves ante un futuro incierto.

Hemos percibido el riesgo del sedentarismo, intuido que la ficción es lo único real, que perder el libre albedrío conlleva precariedad vital. Hemos asumido que con 60 años ya se es y será población de riesgo, un impacto en la línea de flotación del ser.

Este virus nos ha inoculado desconfianza con respecto a la proximidad con el compañero, el vecino, el otro viajero. Nos ha permitido preguntarnos: ¿cómo miran los gatos, los pájaros de los parques de las ciudades la falta de los humanos? Pero también, con qué preguntas lacerantes, percutientes, tendrán que vivir aquellos sanitarios que en instantes tuvieron que decidir atender vitalmente a un enfermo o a otro.

Hemos sufrido el impacto desde la hipermovilidad, la interdependencia, de la enfermedad global, la que confunde la ficción con la realidad, sabedores de que los pabellones feriales se reconvertían en hospitales de campaña y el palacio de hielo en morgue.

También nos ha permitido comprobar que los ciudadanos somos muy adaptativos, muy resilientes. Muchos aspectos clínicos, sociales, eran conocidos por la psicología, pero no serán menos los que nuestra ciencia aprenda en esta situación única, que la ética y deontología hubiera prohibido llevar a efecto como experimento para estudio de la conducta, el comportamiento, humano, individual, colectivo y como especie. Desde las diferencias irrepetibles de la elaboración de cada uno, a la orquestación grupal, planetaria.

La psicología aprende de las personas, de los grupos, de los comportamientos de masas, del poder, de la comunicación, de las diferencias por culturas u otras causas, para constatar datos, elaborar teorías, y ayudar a todos y cada uno a reinterpretar, anticipar, asumir, afrontar.

En este confinamiento algunos se han cansado de sí mismos, y en muchos se ha instalado el miedo.

Esta pandemia nos ha recluido en casa, pero nos ha permitido valorar lo esencial, comprobar lo que es prescindible en la vida, nos ha facilitado por contradictorio que parezca, salir de nosotros mismos.

Este laboratorio de perplejidades, nos ha señalado la necesaria conciencia planetaria de la Humanidad, el sentimiento de solidaridad y fraternidad entre los pueblos, más allá de las fronteras.

Desde la actual imagen insular de la humanidad y el miedo generalizado en el presente y al futuro, hemos tomado conciencia de la necesidad del otro.

Hemos valorado la importancia de la lentitud para reflexionar, nos hemos reapropiado del tiempo, un tiempo vivido, un tiempo interior, no el exterior, el cronometrado, desde la saludable desaceleración hemos adquirido consciencia de la importancia del amor, de los besos, de los abrazos para sanar, hemos constatado que el amor, la fraternidad, la amistad, la solidaridad, son valores mucho más importantes que el poder y el dinero.

No hemos de olvidarlo, no debiéramos, y tampoco, que leer libros, escribir, escuchar música, admirar obras de arte, entrelazarse con la madre naturaleza es la mejor forma de cultivar nuestra excelsa humanidad.

Nos hemos reencontrado con el espíritu de servicio público, es la red planetaria del conocimiento y la investigación, la que da un paso adelante hacia el bien común universal. Pero también hemos topado con el Darwinismo social, señalando como opción necesaria, el sacrificio de los más frágiles, los ancianos y los enfermos, lo que es rigurosamente opuesto a la sociedad auténticamente humana.

La utópica armonía social global, se puede alcanzar cuando las naciones como constructo mental se disuelvan en una sola y cada persona anteponga las necesidades de los otros a las propias.

El futuro, y como siempre se construirá con quienes siendo minoritarios miran y se comprometen con él, y no con las numerosas personas ancladas en un reconfortante pasado.

Por eso hemos de preparar a los jóvenes para los desafíos existenciales, la complejidad, la incertidumbre, una realidad mutante. Hay que educarles desde la curiosidad, la motivación para aprender, en los dilemas, las preguntas, la problematización, la capacidad crítica. Conservando el contacto personal entre profesor y alumno, fundamental, pues el profesor, el verdadero maestro, en la distancia corta, puede y debe transmitir pasión.

Hemos de deducir, que todo está interconectado, una gravísima crisis sanitaria afecta a la salud física, que da paso a una crisis económica, que deviene en una crisis social, que conlleva crisis en el planteamiento existencial, y en el equilibrio psicológico.

La psicología es una ciencia que ha proporcionado alivio a millones de personas, ha salvado la cordura y aun la vida a muchísimas. Se la asocia con el estudio de las enfermedades mentales, pero abarca todo el complejo espectro del ser humano, también sus fortalezas.

Sabemos que los deseos, las ideas, cambian el mundo, siempre y cuando modifiquen nuestro comportamiento. Hemos de enriquecer la capacidad de tolerar la confusión, las contradicciones, pues observamos un planeta con más medios que nunca y quizás con más miedo que nunca.

La vida demanda ternura, no debe reducirse al flujo de datos y a la toma de decisiones, resulta pues positivo tener acceso a los datos, pero también conocer qué es lo que podemos obviar. Al respecto es manifiesto que los políticos, los periodistas referenciales no fueron capaces de prever o de informar sobre lo que nos iba a acontecer, su credibilidad ha quedado erosionada pero diluida por no ser casos únicos. Es más, pareciera que se ha buscado minusvalorar lo que acontece, como un intento de poner sordina a la tragedia, de no permitir visualizar el dolor y el sufrimiento.

Venimos en occidente y en general, percibiendo que las condiciones existenciales mejoraban, y a la par se elevaban las expectativas, por lo que el sentimiento subjetivo de felicidad no aumentaba. Ahora y en perspectiva de gran angular tememos el cambio, pero la Historia nos demuestra, que lo único constante es que todo cambia.

Un virus que ataca a los más mayores, a los enfermos, a los vulnerables. Tiene lógica científica que no impide reflexionar sobre otras pestes, hambrunas, guerras en el mundo que han limitado el crecimiento y extensión de quienes viven en tan limitado planeta.

Quienes disponemos del lujo llamado tiempo para pensar, hemos de anticipar que lo acontecido se intentará olvidar, que habrá que darse la palabra a científicos e intelectuales, que la solidaridad emana de una abstracción de nosotros mismos.

Y aún más, deberemos plantear el riesgo, el peligro de la manipulación infinita del miedo y el sufrimiento. Preguntémonos ¿por qué los países no han cooperado con inmediatez? ¿se ha antepuesto la productividad? La tasa de libertad se ha pagado ¿por miedo individual, por sentirnos convencidos, por ayudar al sistema?

Somos los humanos los que utilizamos el lenguaje para crear realidades que son completamente nuevas, somos una especie con algo esencial, la imaginación, y sin embargo se ha utilizado reiteradamente la peligrosa metáfora bélica que evoca aspectos como autoritarismo y violencia.

En el ámbito del conocimiento y la ciencia buscamos progresar desde el agradecimiento a los que nos antecedieron, al respeto a los que nos continuaran y el reconocimiento de la insondable, inabarcable ignorancia, y es que pudieran agotarse algunas materias primas, y fuentes de energía, pero no el conocimiento.

Busquemos diferenciar realidad de ficción, hemos creado una sociedad compleja basada en entidades imaginarias como los Estados – Naciones, las empresas, o el dinero, pero quienes viven, disfrutan, sufren y mueren, son las personas. Y somos quienes desempeñamos el saber de la psicología, quienes nos ponemos a las personas, en contacto con ellas mismas, con su inalienable intimidad.

Los y las psicólogas no somos sacerdotes, no solo escuchamos y no concretamos lo que está bien y lo que está mal, pero si señalamos nuestra capacidad para estar conectados desde la separación, y aseverar que el dentro y fuera de un hogar occidental se difumina, que no somos secuestrados ni prisioneros, que no sufrimos deprivación sensorial, el hogar por pequeño que sea, no es un zulo. Además y si bien el enclaustramiento no es voluntario, hemos de recordar que es una medida tomada para nuestro bien y aún más importante, para la de todos los demás.

Hemos comprobado que hay tecnología que humaniza pero que necesitamos salir de nuestra soledad y ver el rostro de nuestros vecinos, y podemos anticipar que cuando volvamos a la normalidad, volverán los depravados de siempre, los delincuentes de antaño…

Y volveremos a un mercado libre donde el cliente siempre tiene razón, algo tan ilógico como el animar a todos a tener más, olvidando que el riesgo real de la economía es el colapso ecológico, pues es probable o al menos posible que superemos el riesgo de la escasez de recursos, para ello contamos entre otras “herramientas” con la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la nanotecnología, etc., pero lo que es incuestionable es que nuestra bioesfera es muy frágil.

Vivimos en un mundo capitalista que ha demostrado muchas ventajas y que entre ellas se encuentra la libertad de expresión, pues bien preguntémonos: ¿el capitalismo mundial es verdaderamente compatible con el mantenimiento de los hábitos ecológicos?

Hemos llegado a un punto en que la publicidad ya no solo nos dice que hemos de comprar, sino cómo debiéramos de ser.

La vida continúa y continuará, hemos confirmado el impulso de ayudar de la buena gente, y casi todos escribimos y recibimos mensajes como: “cuídate” o “¿todo bien?”.

Hasta que la vida no te pone ante determinadas circunstancias, no sabemos hasta dónde podemos llegar.

Recordemos, que las pestes, las enfermedades infecciosas, las hambrunas han sido los grandes azotes de la humanidad, que cada pocos años tenemos pandemias, como el síndrome respiratorio agudo grave; la gripe aviar; la gripe porcina; el ébola; el coronavirus.

Comprobamos que debido al impacto de los seres humanos en el ambiente, y a la globalización, sufrimos nuevas enfermedades infecciosas, fruto de mutaciones aleatorias en el genoma de los patógenos, que pasan de los animales a las personas.

Llegó la hora de plasmar La Constitución Planetaria, basada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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