La salud mental de los jóvenes se encuentra en una situación crítica que requiere una intervención inmediata. Así lo han puesto de manifiesto los expertos participantes en el XXIII Seminario Lundbeck, donde se ha subrayado la urgencia de una respuesta coordinada entre instituciones, centros educativos, profesionales sanitarios y familias. El objetivo: frenar el creciente número de casos de ansiedad, depresión y otros trastornos psicológicos en la población juvenil.
Según el 'Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2023' del Ministerio de Sanidad, la tasa de trastornos de ansiedad en menores de 25 años se ha duplicado desde 2016, alcanzando los 32,8 casos por cada 1.000 habitantes, un 30 por ciento más que antes de la pandemia. Además, la Encuesta Nacional de Salud (ENSE) del Instituto Nacional de Estadística (INE) revela que un 15,2 por ciento de los jóvenes entre 15 y 29 años ha sido diagnosticado con algún trastorno de salud mental, una cifra que ha crecido más de cinco puntos porcentuales en la última década.
Un problema multifactorial con consecuencias graves
Detrás de estas cifras se encuentran factores interrelacionados: el uso excesivo de redes sociales, la sobreexposición a contenidos inadecuados, la presión académica, la incertidumbre económica, la soledad y los efectos persistentes de la pandemia. “La adolescencia ya es de por sí una etapa vulnerable”, explica la doctora Elisa Seijo, psiquiatra infanto-juvenil en el Hospital Central de Asturias. “Pero ahora, los jóvenes enfrentan una sociedad hiperconectada y exigente sin contar aún con las herramientas emocionales necesarias”.
Según el Estudio PsiCE, el mayor realizado en España sobre salud mental infanto-juvenil, el 6 por ciento de los adolescentes presenta síntomas graves de depresión y el 15 por ciento de ansiedad severa. Además, se estima que la mitad de los trastornos mentales comienzan antes de los 18 años.
La atención primaria es el primer eslabón del sistema sanitario para detectar estos trastornos, pero enfrenta retos significativos. “La ansiedad es el diagnóstico más frecuente en nuestras consultas, pero el subregistro de la depresión sigue siendo alto”, explica el doctor Lorenzo Armenteros, médico de familia y miembro del Grupo de Salud Mental de la SEMG. “Además del diagnóstico, acompañamos emocionalmente al paciente. El estigma y la falta de tiempo son grandes obstáculos”.
Los síntomas depresivos en adolescentes suelen manifestarse de forma inespecífica -fatiga, trastornos del sueño o dolores físicos-, lo que dificulta un diagnóstico precoz. La falta de formación específica y de tiempo clínico agrava la situación.
Escasez de psiquiatras infanto-juveniles
Pese al aumento sostenido de casos, la proporción de especialistas en psiquiatría infanto-juvenil sigue siendo baja en el sistema público. Esto provoca largas listas de espera y retrasos diagnósticos. Según la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y Adolescente (Aepnya), la depresión es el diagnóstico más frecuente, y en más del 50 por ciento de los casos coexiste con ansiedad. El 10 por ciento presenta además consumo de sustancias como cannabis o alcohol.
La mayoría de pacientes tienen entre 15 y 24 años, con un pico en la franja de 16-17. “Los síntomas más comunes, como la anhedonia, el insomnio o la baja autoestima, deben interpretarse en su contexto familiar, social y académico”, recuerdan los especialistas.
Urge una estrategia nacional de prevención
La comunidad científica y las organizaciones juveniles coinciden en la necesidad de reforzar los programas de prevención y detección precoz, aumentar el número de psicólogos en centros educativos y campañas de sensibilización adaptadas a los adolescentes.
“Si un joven siente que su estado de ánimo afecta a su vida diaria, debe saber que puede pedir ayuda. Es un acto de valentía”, señala María Mayoral, coordinadora del Programa de Enlace Salud Mental y Educación en el Hospital Universitario La Paz.
Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría del Hospital Gregorio Marañón, subraya la importancia de actuar sobre los factores de riesgo y reforzar los factores protectores: una vida saludable, apoyo familiar, actividad física y entornos escolares seguros. “La prevención funciona y el suicidio, una de las principales consecuencias de la depresión juvenil, también puede prevenirse con estrategias integrales y transversales”, insiste Arango.
El caso de Dinamarca, que logró reducir su tasa de suicidios con un plan nacional sostenido, es una prueba de que es posible. En España, sin embargo, los recursos siguen siendo insuficientes para responder a una crisis de salud mental juvenil que no deja de crecer.