Calles engalanadas, barriles de cerveza a punto, limonada enfriándose y nervios, muchos nervios, entre un grupo de jóvenes ataviados con los tradicionales trajes de chulapo. Mientras el atardecer avanza, Madrid afronta otro de sus días grandes en esta trilogía verbenera que supone un inusual movimiento en una ciudad casi dormida. San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma, son, junto a San Antonio y San Isidro las fiestas castizas de la capital. Celebraciones que, más allá de su religiosidad, han vivido su particular ‘revolución’ con la incorporación de chotis y pasodobles al repertorio de jóvenes que comienzan a hacer suyas las tradiciones castizas, salvaguardando su continuidad: “queremos ser el caballo de Troya y llevar nuestra forma de ser a lo castizo”. Un cambio generacional que rechaza una imagen anticuada de las tradiciones matritenses y que en estos días de verbena desfila en sus plazas luciendo parpusas, safos, gabriles y mantones de manila.
A los jóvenes, en multitud de ocasiones, se les agrupa en tribus urbanas, comparten vestimentas, lenguaje y una serie de hábitos comunes que pueden variar con el paso del tiempo. Salvando las distancias históricas y temporales, en el Madrid de los siglos XVII, XVII y XIX, las calles madrileñas acogían a una gran variedad de personajes que, según el barrio donde residían, adoptaban distintas maneras de vestir y comportarse. De esta manera, los manolos, chulapos, majos y chisperos comenzaron a popularizarse durante esos tiempos.
Los chisperos eran los herreros y trabajadores de las fraguas situadas en los barrios de Barquillo, San Antón y Maravillas durante ese tiempo, áreas que concentraban la mayoría de las herrerías de la ciudad. Su nombre proviene de las chispas que se generaban durante el proceso de soldadura. Además de su oficio, se distinguían por su estilo de vestir, que incluía una ‘chupa’ y una redecilla para recoger el cabello. Fueron reconocidos por su valentía y habilidades en el trabajo del metal, contribuyendo significativamente a la fabricación y reparación de armas durante la Guerra de la Independencia. Una valentía que parecen haber heredado Los Chisperos de Arganzuela, una de las diez asociaciones englobadas en la Federación de Grupos Tradicionales Madrileños, que resistió ante la falta de miembros “estuvimos al límite, casi disolvemos la asociación, pero aguantamos y se empezó a incorporar gente joven”, señala a Madridiario su presidente, Antonio Mandaloniz, mientras ojea el ambiente de la plaza de la Paja donde cientos de personas comienzan a agruparse para disfrutar de la actuación de este grupo castizo.

Este obrero de la John Deere de Getafe de 76 años y ahora jubilado, bromea con su condición de chispero “allí también lo era, como metalúrgico estaba todo el día entre hierros y chispas”, hace veinte años, un compañero de baile de salón le propuso a él y a Rosi, su mujer, incorporarse a la entidad y comenzar a bailar el chotis. Desde hace un año, la asociación vive su particular revolución con la incorporación en sus filas de un numeroso grupo de jóvenes. Abraham, Nuria, Celia o Meri ultiman los detalles para salir al escenario de la plaza de la Paja, hoy, además de los chotis y pasodobles que predominan en el repertorio de los Chisperos, toca incluir espectáculo de zarzuela.
Reciben "con los brazos abiertos" a los jóvenes
Allí, Jorge y Alejandro Librero se colocan el safo, el pañuelo blanco que los chulapos colocan al cuello y, de un lado para otro, estos hermanos saludan a amigos y familiares que han venido a verles, “desde niño me gustaba la zarzuela y el cuplé”, apunta Jorge, que reconoce que de niño no imaginó lucir el traje tradicional madrileño “siempre veía las fiestas castizas como un gran botellón y el chotis como algo lejano”. Tras conocer a algunos miembros de los Chisperos en las fiestas de la Melonera, no dudó en sumarse al grupo con su hermano y otros amigos y ahora, con orgullo repasa este tiempo en el que fue nombrado Majo de Madrid este 2024. Una gran escarapela lo anuncia en su chaleco, un galardón simbólico que para Jorge ha marcado este año “he ido a todos los actos”.

Una agenda castiza que Jorge y Alejandro cumplen con una presencia innovadora. Si las chulapas lucen espectaculares mantones de manila, los chulapos decoran sus chalecos con pines o símbolos de todo tipo, desde imágenes de la virgen de La Paloma, Jesús de Medinaceli, el escudo de la agrupación castiza o el del club de fútbol favorito. Jorge añade los suyos propios: un pin con la bandera republicana, un dibujo de los símbolos o una bandera LGTBI acompañan a la escarapela de su condición de Majo, “hay mucha gente que reivindica estar presentes desde lo queer, reclamamos las cosas que nos pertenecen, da rabia que se utilicen solo de un lado”, sentencia a este medio, al tiempo que recuerda la reciente incorporación de la pareja de dos chicas a los Chisperos. La actitud de los chulapos más veteranos ha facilitado la llegada de nuevos miembros, “nos recibieron con los brazos abiertos, nada recelosos, siempre nos ponen los primeros en bailes y concursos”, concluye Jorge.
Petición a las administraciones
A pocos minutos de subir al escenario, el presidente de los Chisperos no pierde detalle, “el chotis y la zarzuela tienen futuro, pero las administraciones tienen que hacer más”. Antonio Mandaloniz insiste en que el Ayuntamiento de Madrid tiene que facilitar locales a la federación de grupos castizos a lo largo del tiempo y no solo en ocasiones puntuales “hay que trabajar todo el año, más allá de San Isidro y las Verbenas. Crecemos y necesitamos más espacios”, insiste. Sobre la vitalidad de los bailes y la cultura castiza, apunta a que las costumbres madrileñas deben tener más espacio en los colegios e institutos más allá de la fiesta del patrón, “hay que hacer como en Andalucía y que todo el mundo conozca los trajes y los utilice, desde pequeños hasta mayores”, una traslación territorial que tendrá un momento de unión en las próximas fiestas de la Melonera, donde los Chisperos actuarán como teloneros de la coplera María del Monte.

Ya encima del escenario, las parejas danzan al ritmo del chotis “Viva Madrid” o del pasodoble “Calle sin rumbo”, a los pies de las tablas un grupo de amigos de Jorge y Alejandro graban sus bailes, “nosotros les apoyamos y vamos a sus bailes, pero no nos animamos, somos chulapos solo de sentimiento”. Ahora en sus redes sociales, la pata de gallo y el organillo se cuelan entre sus últimos posts.
Más trajes y el riesgo de perder San Antonio de la Florida
No muy lejos del epicentro de las fiestas castizas, Maty, el mítico establecimiento de venta de trajes tradicionales y de complementos para la danza que desde 1943 está regentado por Matilde Urrutia que ha tenido un 2024 ajetreado con un destacable aumento de las ventas de los trajes castizos a la gente joven. “En San Isidro vivimos todo un boom, nos quedamos muy sorprendidos”, apunta a Madridiario Urrutia, o Maty, como la gran mayoría la conoce.

En la tienda se pueden adquirir varios tipos de trajes, desde los que se pueden considerar de menor calidad por unos 20 euros hasta vestidos de chiné que sobrepasa los 400 euros y un mantón de manila elaborado a mano de 1.600 euros, “nos adaptamos a todo el mundo”, apunta a este medio.
Han notado un boom en las ventas a jóvenes
Desde el enorme mostrador de madera señala que las administraciones deben “hacer más” para que las fiestas y tradiciones matritenses lleguen a la gente más joven de la región, “Hay que darle más bombo y más cariño para que llegue a muchísima más gente de la que llega”, insiste. La alegría por el aumento de los jóvenes que se hacen chulapos contrasta con la pena de una fiesta que para Maty “se está perdiendo”: la verbena de San Antonio de la Florida. “Hemos dejado esa tradición, la de las modistillas y los alfileres”, concluye al tiempo que no esconde su felicidad por el momento dulce que viven las tradiciones castizas con la incorporación de muchos jóvenes, “soy la primera que se ilusiona. Me gusta lo que hago, y con todo el amor del mundo, quisiera vestir a todas las madrileñas”, sentencia.