Son las nueve de la mañana de un miércoles cualquiera y la Cocina Social Vistalegre ya está en marcha. Varios voluntarios preparan las últimas bandejas antes de que salgan rumbo a dos comedores sociales de Madrid, revisan temperaturas, limpian maquinaria y organizan el siguiente envío. Ni ellos, ni quienes cocinan esos menús a lo largo de la semana, ni quienes hacen que lleguen a sus destinatarios suelen conocer o tratar a las personas que acabarán consumiéndolos. Sin embargo, vuelven puntuales a su cita en el día asignado. Algunos, como Juan Manuel, llevan haciéndolo desde el inicio de proyecto.
Cinco años después de su nacimiento, esta iniciativa impulsada por la ONG Cooperación Internacional ha permitido distribuir más de 120.800 menús y se ha consolidado como una cocina central capaz de elaborar 560 comidas semanales para personas en situación de vulnerabilidad. Lo que comenzó como una respuesta urgente ante el colapso de los comedores sociales durante la pandemia es hoy un proyecto estable sostenido por voluntarios y empresas privadas.
"Recordar los inicios de este proyecto nos lleva inevitablemente al otoño de 2020, en un momento de plena pandemia en el que, desde Cooperación Internacional, dábamos vueltas a nuevas iniciativas ante la evidente situación de saturación de muchos comedores sociales", recuerda Iciar Lumbreras, directora del Departamento de Desarrollo Corporativo de la ONG.
El Palacio Vistalegre, conocido edificio multiusos de Carabanchel, cedió un espacio para instalar la cocina, pero el entusiasmo no bastaba. "Aunque teníamos toda la ilusión de levantar un proyecto basado en el voluntariado, carecíamos por completo de conocimientos en el ámbito de la hostelería", confiesa Lumbreras.

La alianza con el Instituto Tecnológico Fuenllana aportó el conocimiento técnico necesario y, poco después, comenzaron a sumarse empresas que hicieron posible equipar las instalaciones y organizar la logística. El 22 de marzo de 2021 salieron los primeros 120 menús destinados a dos comedores sociales en Carabanchel y Tetuán.
"Es increíble pensar que a día de hoy ya estamos en 560 por semana", apunta Lumbreras. Porque la pandemia terminó, pero el proyecto continuó. "Muchos se preguntan por qué decidimos mantener la cocina social una vez superada la crisis sanitaria. El motivo es sencillo: porque sigue haciendo falta", remarca la directiva.
Más que personas sin hogar
Pasados unos meses desde la puesta en marcha de esta cocina central, la organización detectó una creciente demanda en el Comedor Solidario de Torrejón de Ardoz. Allí ya no acudían únicamente personas sin hogar, “sino que también eran familias en situación de vulnerabilidad quienes llamaban a su puerta". En 2025 el proyecto comenzó también a abastecer al comedor de Mundo Justo, en el Centro de Día Teena María, ubicado en Diego de León. El número de beneficiarios pasó de 80 a 240 personas entre 2020 y 2026.
Aunque la solidaridad mueve el proyecto, su funcionamiento responde a una organización casi industrial. Los alimentos llegan mediante compras y donaciones de empresas como Mercadona o Grupo AmRest (KFC). Equipos de voluntarios recogen esos productos y los trasladan hasta Vistalegre, donde son elaborados bajo la supervisión de profesionales formados en la Escuela de Hostelería Fuenllana. Después, Logista Parcel garantiza que los menús lleguen a su destino manteniendo la cadena de frío.
"Desde el punto de vista operativo, el proceso integral que seguimos es una cadena de precisión logística que va desde la adquisición del producto hasta la mesa de los usuarios", explica Lumbreras.



Juan Manuel Rivera conoce esa maquinaria desde dentro. Llegó al proyecto gracias a su hijo, que colaboraba con Cooperación Internacional, y trabaja como voluntario en la cocina “desde que se levantó el telón”. Cinco años después sigue acudiendo cada miércoles de 9 a 14 horas.
"Normalmente una mañana a la semana. Pero muchas veces tapamos agujeros. Si falla alguien o hay que llevar el pedido con la furgoneta a alguno de los comedores, echan mano también de nosotros", comenta a Madridiario.
"Basta con que tengas ganas de dedicar un poco de tu tiempo a los demás. El resto lo suples con voluntad".
Su labor está fuera de los fogones. Prepara los últimos envíos de la semana, envasa alimentos al vacío para campañas especiales, realiza tareas de mantenimiento y colabora en la logística. Tras una vida profesional dedicada a la coordinación de equipos comerciales, este prejubilado asegura que la experiencia ayuda, pero no es lo esencial: "Aquí fundamentalmente lo que hace falta es que tengas ganas de dedicar un poco de tu tiempo a los demás. El resto lo suples con voluntad."
El valor de un trabajo invisible
De los fogones de la Cocina Social Vistalegre salen desde lentejas estofadas hasta pollo asado, pasando por arroz tres delicias o albóndigas a la jardinera. Los voluntarios apenas se relacionan con quienes reciben los menús. "No tenemos un contacto diario o semanal con ellos", reconoce Rivera. Aun así, visitan periódicamente los comedores para conocer a sus responsables y escuchar sus necesidades.
Ese vínculo indirecto es precisamente uno de los motores del proyecto. Actualmente participan 35 voluntarios estables y medio centenar de colaboradores puntuales. "El motor del compromiso es el enorme retorno emocional. Recordar reuniones donde los responsables de los comedores transmiten los platos que más gustan y ver la cara de alegría de los voluntarios al saber cómo los usuarios esperan sus platos con ilusión nos demuestra el valor de nuestro trabajo", explica la directiva de la ONG.

La Cocina Social Vistalegre no recibe subvenciones públicas. Su continuidad depende del respaldo de empresas y fundaciones que financian el proyecto y colaboran también mediante donaciones de equipamiento, alimentos o logística. Muchas de esas compañías participan además en jornadas de voluntariado para conocer de primera mano el funcionamiento de la cocina y el destino de los menús.
Como explica Lumbreras, "conseguir que tanto las empresas privadas como los voluntarios mantengan su compromiso a lo largo del tiempo es una labor diaria basada en tejer relaciones sólidas, transparentes y con un alto valor humano”.
El hecho de que esta cocina solidaria siga funcionando y siendo necesaria pasados cinco años desde la pandemia a Rivera le genera sentimientos encontrados. "Por un lado preocupación, porque indudablemente en vez de ir a mejor parece que vas a peor. Pero por otro lado, cada vez colabora más gente, más proveedores, más empresas y gracias a eso cada vez puedes llegar más", manigiesta orgulloso este voluntario.
La Cocina Social Vistalegre nació para responder a una emergencia sanitaria. Cinco años después sigue respondiendo a otra emergencia, menos visible pero igual de real: la de quienes necesitan una comida digna para salir adelante.