Ayer miércoles la mesa de Cronistas de la Villa mantuvimos una reunión con José Luis Martínez Almeida. A la diestra del alcalde se sentó don Enrique de Aguinaga, nuestro decano. Una vez más presumía de sus 99 años y de su extraordinaria memoria mientras anunciaba que ya le queda poco en este mundo.
En la mesa circular de reuniones yo me senté entre Maite Alcaraz y Ángel del Río. Desde hace 15 años ha sido habitual que, al coincidir en alguna reunión o en algún acto protocolario, Ángel, su esposa y yo nos sentáramos juntos. Antes de empezar la reunión con el alcalde le he hecho una broma sobre su americana. Porque siempre acude impecablemente vestido, con notas de color que dan idea de su modernidad por encima de las modas. Bronceado, peinado con gomina, impecable, como buen caballero español. Después hemos comenzado a debatir propuestas sobre el programa de actos para conmemorar el 400 aniversario de la canonización de San Isidro. Ángel llevaba sus notas, que ha entregado a Martínez Almeida. Se ha marchado antes de terminar la reunión porque tenía un compromiso con su esposa. Poco después ha entrado Rafa Albarrán, el cronista fotográfico que lleva varias décadas documentando las actividades de los primeros ediles. Como en la mesa estaba el hueco que había dejado Ángel, se ha retirado su silla y la cartela con su nombre. Ángel del Río no figura en las fotos de esta reunión. ¿Premonición? A las nueve de la noche sendos mensajes de los compañeros cronistas Pedro Montoliú y Constantino Mediavilla me comunican la muerte de Ángel. ¿En serio?
A pesar de haber trabajado los dos en información local, apenas coincidimos mientras estuvimos en activo. Solo cuando me nombraron cronista en 2007 intimé más con él. Pensábamos igual sobre muchos temas y a los dos nos entusiasmaban los temas populares de Madrid. Compartí con él la pasión sobre la gran Nati Mistral a la que, denunciaba siempre que podía, su ciudad natal no le hacía justicia. Ya no verá si algún día, por fin, el municipio honra a Nati como se merece. Ángel y su esposa -su ángel particular- siempre tenían la sonrisa a punto. Si alguna vez lo llamaba para pedirle un dato o una fuente de información para investigar cualquier tema sobre la ciudad, siempre tenía la respuesta adecuada.
Cuando muere un periodista como él (independientemente de su condición de Cronista) desaparece parte de la memoria de una ciudad, en este caso, Madrid. Por muchas páginas que haya escrito, por muchas horas que haya pasado delante de un micrófono o de una cámara, guarda -guardamos- detalles de nuestras experiencias que solo compartimos en la intimidad. Cuando nos vamos, esos detalles dejan de existir. Ángel podría haber dicho mucho más de todo lo que ha dicho en sus muchos años de carrera periodística. Pero su voz ha enmudecido súbitamente, sin darnos tiempo a despedirnos. Solo nos queda el adiós jovial con el que ha abandonado la reunión de cronistas. Así que yo, personalmente, desde aquí quiero decirte: ¡Adiós Ángel!