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A un pájaro de piedra transparente

domingo 14 de junio de 2020, 12:26h

En una reciente foto de apertura en madridiario.es aparece la vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, con un casi dottore della peste deambulando por el Cerro de Almodóvar, y el otero, apenas un instante, vuelve a ser el Cerro Testigo de Alberto Sánchez, cal viva de Toledo, crudo montón de barro, arcangelón rugiente.

Alberto Sánchez, autorretrato

La imagen del diario ilustra la noticia de que el altozano, frontera entre la Villa de Vallecas y el pueblo de Vicálvaro, pronto se convertirá en el “kilómetro cero” de un Bosque Metropolitano, cinturón ecológico y corona forestal de cerca de medio millón de árboles en 75 kilómetros de bosque mediterráneo, que circunvalará la capital y actuará como barrera contra la desertización.

Begoña Villacís, vicealcaldesa de Madrid

Almodóvar asume de nuevo la categoría de Testigo fedatario de renovación, a imagen y semejanza de otras vanguardias poético-estéticas que en 1927 le otorgara Alberto, el panadero que esculpía amasando harinas, tierras rojas de alcaén y luz de Toledo.

Paisaje manchego de Alberto para 'Don Quijote'

Compañero de aquellas correrías iniciáticas fue de principio el pintor Benjamín Palencia, y un poco después el escultor lanzaroteño Pancho Lasso. Luego seguirían, entre bastantes otros, la pintora Maruja Mallo, el escultor Jorge Oteiza, los poetas Pablo Neruda, Rafael Alberti, Miguel Hernández y Federico García Lorca, para quien Alberto hizo algunos decorados destinados a piezas del teatro itinerante La Barraca.

Después de comer, alrededor de las tres y media de la tarde, se encontraban en la Puerta de Atocha y empezaban a caminar junto a las vías del tren hasta las proximidades de Villaverde Bajo. Una vez allí y sin cruzar el Manzanares ascendían hacía el Cerro Negro y de allí al pueblo de Vallecas para terminar el paseo en el alto de Almodóvar, Cerro Testigo.

Cerro Almodóvar

Un año después del comienzo del Golpe de Estado militar, el Gobierno de la República encomienda a Alberto la realización de una obra escultórica de empaque para la fachada principal del Pabellón Español en la Exposición Internacional de París de 1937, en cuyo interior se exhibirá por vez primera el Guernica de Pablo Picasso. El encargo se convertirá finalmente en una de sus obras más emblemáticas: El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, una estilizada y hermosísima imagen de mas de cinco metros que desapareció en el fragor de la guerra y que muchos años más tarde fue reproducida a tamaño natural, sobre la base de una maqueta propiedad del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, y que finalmente quedaría instalada junto a la escalinata que da acceso a la gran galería del edificio de Hermosilla y Sabatini.

El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella en la explanada Museo Centro Reina Sofía

Alberto empezaba a tener una importante proyección internacional cuando, en 1938, el gobierno español le confió la formación artística de los miles de menores de edad, los llamados “Niños de Rusia”, que desde la zona leal habían sido enviados a la Unión Soviética, para evitarles los peligros y rigores de una guerra que, algunos dirigentes creían, no iba a tener mucho recorrido. Y Alberto marchó hasta Moscú para cumplir un encargo provisional sin sospechar que la provisionalidad duraría hasta el fin de sus días.

El fin de la guerra en España, con la derrota sin paliativos de la causa republicana, el inicio de las hostilidades entre La URSS y la Alemania nazi, que derivaría poco tiempo después en la invasión masiva de su territorio, modificaron radicalmente las condiciones de vida de los niños españoles exiliados y por añadidura provocaron un dramático vuelco en la carrera artística de Alberto. Su estilo surrealista, junto al dadaísmo, el cubismo y otras vanguardias empezaron a considerarse por los jerarcas soviéticos como manifestaciones artísticas burguesas, decadentes, degeneradas y radicalmente contrarias al cada vez más pujante “realismo socialista”.

Alberto Sánchez, al que el Tajo y al decir de Alberti le había arrojado el mejor canto de su frente y un pájaro de piedra transparente, pasó a vivir el doble exilio de su patria y de su arte. Entre ninguna parte y el olvido.

Con la muerte de Iosif Stalin en marzo de 1953 y el acceso al poder de Nikita Jrushchov con un “discurso secreto” bajo el brazo, el hasta entonces, férreo control sobre los procesos creativos comenzó a hacerse más liviano. Fue entonces cuando el mítico director de cine soviético Grigori Kózintsev le encargó los decorados de su película Don Quijote, y Alberto, próximo y lejano del frío infierno castellano, obró la magia de convertir las tierras ucranianas en onírico paisaje manchego. Después y tras la visita de Rafael Alberti, que le animó a recuperar y reconstruir piezas y espíritus pasados, comenzó a trabajar con denuedo. En 1959 expuso en Moscú y el gran poeta, escritor y periodista Ilyá Ehrenburg escribió: “Lo que más impresiona sobre Alberto es que tras veinte años de exilio forzoso, sigue siendo español y artista por los cuatro costados. Tercamente español y tercamente artista”.

Cartel de 'Don Quijote' de Grigori Kózintsev

Es la época en la que el espíritu del madrileño monte de Almodóvar, el “Cerro Testigo”, vuelve a adueñarse de su ser creativo y esculpe el Cazador de raíces, una pieza ante la que Pablo Neruda exige hacerse una foto en julio de 1962, pocos meses antes de la muerte del escultor. El chileno le dedicará uno de sus poemas en su Memorial de Isla Negra en el que deja constancia y confesa de sus sesenta años de vida: “Al bosque mío entro con raíces,/con mi fecundidad: De dónde/ vienes?, me pregunta/
una hoja verde y ancha como un mapa./ Yo no respondo. Allí/ es húmedo el terreno/ y mis botas se clavan, buscan algo, / golpean para que abran, / pero la tierra calla”
.

Pablo Neruda ante la escultura 'Cazador de raíces'

Alberto y su memoria viven en las calles de Madrid. En la ya mencionada gran escultura que preside la explanada de acceso al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y en una pieza fundida en bronce, Toros ibéricos, en el Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana. No estaría de más una tercera en su Cerro Testigo, porque como escribió Pablo Picasso: “Era un hombre muy grande; un hombre muy grande, nuestro Alberto”.

Toros ibéricos

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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