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Un vampiro en mi ascensor

miércoles 10 de junio de 2020, 20:51h
En los años ochenta, un grupo español editó un mini álbum titulado Un pingüino en mi ascensor. Cuatro décadas después, en plena crisis sanitaria por obra y desgracia del coronavirus, puede editarse algo parecido; eso sí, cambiando al pingüino por un vampiro, porque en estos días ha sido noticia la irrupción de vampiros en varios hogares madrileños. En el servicio del 112, se han recibido numerosas llamadas alertando de la presencia de este tipo de desagradables murciélagos en el interior de las casas.

Parece que se trata de tres especies de vampiro: el murciélago enano (el más común), el herradura y el rabudo, que es el más vilipendiado por algunos colectivos, por ser el único que tiene cola.

Son animalitos un tanto desagradables, protagonistas de historias de terror, que quizá no se merezcan, carne de literatura escrita con sangre, de los que se dice que tienen el gusto de chupar, enganchándose al cuello de las personas, y contaminando la genética humana hasta vampirizar al hombre.

No tienen buena prensa, son quizá víctimas de una leyenda negra exagerada, pero aún así, hay que respetarlos, porque es una especie amenazada y en regresión, y molestarlos, puede llegar a ser un delito ambiental. Han adquirido protagonismo en esta época de pandemia, y hasta se les hace culpables de la transmisión original del COVI 19, aunque no haya indicios fehacientes de que así sea.

El caso es que estos animalitos, no hacen sino imitar a los humanos a la hora de ejercer la labor de chupar la sangre, ya sea a base de impuestos, plusvalías y abusos de poder. Podemos encontrarnos con un vampiro en el ascensor, en escaleras parlamentarias, en el zaguán de nuestras convicciones morales o en la azotea de la inteligencia. Se meten por las ventanas de nuestras viviendas, nos invaden la casa al menor descuido, pero lo más terrible y grave es que, cualquier día y a cualquier hora, se nos cuelan en el coco a través del televisor. Es su medio preferido, en el que mejor se desenvuelven para vampirizarnos la sesera, clavarnos sus afilados colmillos en nuestras conciencias y sacarnos la sangre en el laboratorio de las urnas.

Su saliva es nociva; sus mordeduras, peligrosas; sus vuelos nocturnos, inquietantes; su presencia, rechazable, sobre todo los de una especie de fácil reproducción: el vampiro chupasangre politicus. Y a pesar de todo esto, no podemos molestarles, porque es una especie amenazada. Así, que ya lo saben: si se encuentra un vampiro en el ascensor, aposentado en un escaño cualquiera, en su dormitorio, o que ha entrado a su casa por la pantalla del televisor, no le inquiete, no le moleste, ponga la otra mejilla para que le siga chupando la sangre.
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