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Cuidar la igualdad en el aprendizaje en tiempos de coronavirus

miércoles 15 de abril de 2020, 14:02h

Que si aprobado general, que si la selectividad en julio, que si las clases online valen o no valen... Estos días estamos leyendo propuestas y debates sobre qué hacer tras la epidemia, como si no estuviera habiendo una epidemia.

Estamos hablando mucho de las notas. Estamos dando por hecho que este trimestre ya está perdido y el debate le hemos posicionado en cómo evaluarlo. Eso sí, la mayoría de las propuestas se olvidan de que la escuela no es un espacio que trate a niños y niñas por igual, independientemente de su origen, sino que, lamentablemente, juega de herramienta perpetuadora de las desigualdades sociales. Toda propuesta que obvie que son los niños y las niñas de las familias desfavorecidas quienes no están pudiendo seguir el trimestre telemáticamente, está proponiendo aumentar las diferencias de clase. Esta dificultad no aparece sólo porque la familia no tenga acceso a un dispositivo electrónico con conexión para cada miembro de la misma (recordemos que se está pidiendo jornada completa a los y las jóvenes), sino que las madres y padres que teletrabajan no tienen el tiempo de explicar la materia y los deberes, o tienen las habilidades -y eso sin contar que la asignatura sea bilingüe-, y que tampoco sobra el dinero para pagar clases online de apoyo, entre varias casuísticas. Pero ante estas situaciones la respuesta que demos no puede quedarse en saber qué nota les ponemos por los contenidos que no están cursando, sino cómo lograr que cursen estos contenidos. Este es un aspecto, imprescindible en mi opinión, que se nos está olvidando -en el caso de que no se haya optado por obviarlo a propósito-.

Pareciera que hubiera un consenso generalizado en el que la escuela es ese espacio en el que, a lo largo de los años, conseguimos la nota que llevaremos luego a otras escuelas, al trabajo o a los diplomas que vayan a colgar en las paredes en un futuro. Como si el objetivo fuera esa nota. Como si esa nota no fuera la representación (más o menos correcta, más o menos inflada en la privada, más o menos válida) de lo importante: lo aprendido. Resulta bastante revelador sobre cómo entendemos la escuela que nadie haya planteado que vamos a dejar de conocer qué pasó con el siglo XIX en España, qué cuentos escribió Quiroga o de dónde salen esos logaritmos que ahora lucen por las redes sociales en gráficos sobre la evolución del coronavirus.

En algunos institutos, este trimestre les tocaba aprender en 1º de la ESO la base de la estadística: cómo es la recogida de los datos, la representación de los datos y su interpretación, diferenciar entre frecuencias absolutas y relativas o los tipos de variables. Si asumimos que un chico o una chica de 13 años no vaya a aprender esto, por la única razón de que su familia tiene menos recursos que otra, o de que su madre teletrabajaba, o de que la conexión no llegaba a su pueblo, debemos asumir también que no podrá aprender nada que parta de esta base. Estaremos condenando a esta persona a continuos fracasos en esa materia. Si el objetivo de la escuela pública es que nadie se quede atrás por razones socioeconómicas, las defensoras de la escuela pública debemos dar una respuesta a estas situaciones, pero ¿cuál?

Quizá nos seduzca la opción de realizar desgloses el curso próximo. Suena bien la idea -muy solidaria- de hacer refuerzos a los chicos y chicas que no hayan podido aprender estos meses. Aunque, obviamente, el tiempo que estén de refuerzo será tiempo en la que sus compañeros, menos desfavorecidos, estén aprendiendo otras cosas nuevas. O se plantea la tentación de hacer una criba de contenido, que la gente con menos recursos estudie lo que sea base para aprendizajes futuros, pero que el resto de contenidos no son prioritarios. Porque, ¿para qué necesita un chaval con pocas oportunidades conocer cómo se lee un pentagrama en clave de sol, el imperio Romano, a Rosalía de Castro o la generación del 27? Si la pregunta anterior nos ha asqueado, aunque sea tan solo un poco, quizá debamos preguntarnos a continuación si somos capaces como sociedad de sacrificarnos todas y todos un poquito a cambio de que nadie se quede sin escuchar los versos Con un caballito blanco / el niño volvió a soñar;/y por la crin lo cogía…/¡Ahora no te escaparás! Entonces, quizá debamos ir pensando en dar como nulas todas las semanas no cursadas para todo el mundo y empezar a pensar en cómo recuperar este contenido en los cursos posteriores, teniendo en cuenta la dificultad de que quienes estén hoy en primero tienen aún cinco cursos de primaria por delante, pero sólo las y los de sexto deberán ver readaptado primero de la ESO. Además, esto nos otorga una excelente oportunidad para reducir el currículo español, absurdamente extenso aún a sabiendas de que no se cumple nunca. Pero reduzcámoslo, desde el debate sosegado, para todos y todas.

Aquí tenemos la cuestión importante ¿cómo conseguimos que no se pierda lo no aprendido estos meses? Abramos el debate.

Leire Olmeda

Doctora en Metodología de las Ciencias del Comportamiento y de la Salud

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