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Franco, el hombre que envenena sus sueños

viernes 02 de noviembre de 2018, 10:44h

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no quiere que se entierre a Franco en la catedral de la Almudena. Su vicepresidenta, Carmen Calvo, va al Vaticano y pide a la Iglesia que impida esa inhumación en lugar tan emblemático, y después miente, cuando dice que la Iglesia se ha comprometido a buscar una solución. El Foro por la Memoria, integrado por partidos y colectivos de la izquierda, así como sindicatos y asociados, pide al Estado “que garantice que los restos del dictador no se depositen en ningún lugar de Madrid que, por su singularidad, pueda derivar un estatus de privilegio o de honor”.

Unos y otros no quieren que, con el enterramiento de Franco, la Almudena se convierta en un lugar de culto para los neo fascistas. Pero es que no sólo los neo fascistas van a tener más cerca de casa esos restos mortales, sino que estarán más al alcance de los curiosos, ociosos, turistas y pierdetempistas. Y esto es lo que no calculó Pedro Sánchez cuando le dio el apretón por sacar a Franco del Valle de los Caídos, para que aquello no fuera un lugar de culto, que lo es, aunque, relativamente, porque sólo acuden cuatro nostálgicos, y de vez en cuando. Ahora se encuentra con el efecto contrario.

Y resulta que sólo se puede evitar el entierro de Franco en la Almudena, si la familia del dictador acepta, porque tiene todo el derecho legal a que el abuelo sea enterrado en la tumba de la cripta, que es propiedad de la familia y en la que ya están enterrados su hija, Carmen, y el marido de esta, Cristóbal Martínez Bordiú. ¿Quién puede impedir a nadie que entierre a sus muertos en la fosa familiar adquirida al efecto?

Lo único que podría hacer el Gobierno es expropiar esa tumba por decreto, esgrimiendo un interés social que no existe. Pedro Sánchez es ahora víctima de su propio e irreprimible ímpetu por expulsar a Franco del Valle de los Caídos. Más vale no haber movido al dictador y dejarlo en el rincón del olvido de la memoria histórica, porque su nombre continúa envenenando los sueños de algunos, más preocupados por los dictadores muertos que por los dictadores vivos.

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