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La ballena varada

jueves 20 de septiembre de 2018, 08:01h

El suceso me recordó la parálisis que inmoviliza la ciudad de Madrid. Asomados a los balcones de las fincas colindantes, sorprendidos y aturdidos, los vecinos miraban atónitos el caudal del río. Olisqueaban el aire y advertían un tufillo preocupante a pescado podrido. No puede ser, pensaban inquietos. El Manzanares baja de la sierra y ningún ser marino habitó nunca en su mínima corriente. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Cómo ha remontado los ríos desde las orillas de mares tan lejanos? Un mal sueño de verano. Pero allí estaba el cetáceo, rodeado de activistas que pretendían mantenerlo con vida, acostado e inerte, reflejándose en las piscinas artificiales de Madrid Río, muy cerca del Puente de Segovia.

Superada la emoción se impuso la razón de los más incrédulos. Aunque la mentira daba el pego, el bicho no era de verdad. Una fábula de pasta que simulaba la tragedia vital de tantas ballenas que mueren varadas en las payas de medio mundo. Una representación que denunciaba la contaminación de los océanos y el exterminio consecuente de la fauna y flora que vive en sus entrañas. Aplaudo la iniciativa de los ecologistas que han ideado el montaje y felicito al Ayuntamiento por secundarla y apoyarla.

Al principio de este artículo se lo decía: la simulación que acabo de contarles, tan conseguida como impactante, me parece un símbolo de la situación por la que atraviesa Madrid, una capital bloqueada y paralizada, sin futuribles que actualicen y revitalicen la ciudad y sus contornos periféricos. Atrás quedan los años del Viejo Profesor, el Alcalde Tierno, que convirtió los arrabales de casuchas y chabolas en barrios modernos y bien dotados, que remodeló el eje de Atocha y apadrinó los movimientos cívicos y culturales que brotaron en el Madrid de la Transición.

En la memoria popular quedan también las actuaciones sobre eriales, despoblados y vertederos, transformados en zonas verdes y nuevos parques. Lejos quedan también los mandatos sucesivos de Álvarez del Manzano, que ordenó horadar bajo los cruces más conflictivos de Madrid. ¿Qué sería de nosotros sin los pasos subterráneos resultantes de aquella planificación urbanística? Nos dejó también los recintos feriales del IFEMA, una estrategia municipal que dinamizó la economía madrileña y atrajo ferias, congresos y eventos internacionales.

En la década de los noventa del pasado siglo abrieron sus puertas los museos Reina Sofía y Thyssen, que junto a la pinacoteca del Prado completan un triangulo museístico sin parangón en Europa. La última transformación fundamental de Madrid se afrontó siendo alcalde Alberto Ruíz Gallardón. Se peatonalizaron y restauraron los barrios históricos de Palacio, de los Austrias, de Centro, de Malasaña y Chueca. Finalmente se acometió el soterramiento de la M-30, la intervención más ambiciosa realizada en una capital europea a lo largo de los últimos treinta años. Una obra colosal que ha cambiado Madrid para siempre, aunque haya dejado una deuda millonaria en las arcas municipales.

Desde entonces, parados los proyectos de expansión y modernización de la Villa, Madrid se ha quedado varado en su presente, tan inmóvil como la ballena del Manzanares.

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