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¿Qué Manzanares queremos?

Por Pedro Montoliú
miércoles 09 de mayo de 2018, 14:51h

Los madrileños lamentablemente nunca hemos dado valor a lo propio; al contrario, hemos sido muy críticos con lo nuestro mientras alabábamos lo de fuera. Dentro de los elementos a tirar a la barra hasta hace unos años estaba nuestro río, el Manzanares. Términos como aprendiz de río se utilizaron con demasiada frecuencia sin importar que a lo largo de su historia este afluente del Jarama haya mostrado su cara más violenta con crecidas que acabaron con puentes, anegaron praderas y provocaron riadas.

Su canalización, decidida por el Gobierno a partir de 1943, permitió cimentar los márgenes y crear presas, pero también supuso perder las riberas pues los terrenos públicos tuvieron que ser cedidos por el Ayuntamiento y los privados fueron expropiados para ser urbanizados y vendidos a promotores de viviendas.

La puntilla se la dio la construcción de la M-30 que comenzó a abrirse por fases en 1974. El río quedó encajonado entre los dos sentidos de esta autovía y los madrileños se olvidaron de él. Hubo que esperar a que Enrique Tierno, en 1984, depositara unos patos en el río como resultado del Plan de Saneamiento Integral que había comenzado a ejecutarse siete años antes con UCD. Y, por fin, aún a costa de una obra tan inmensamente cara como el soterramiento de la M-30 y el parque Madrid-Río, en 2011 los madrileños recuperamos el Manzanares.

La pregunta desde entonces es qué río queremos en Madrid. ¿Uno urbanita con todo cimentado como si fuera un canal o uno más natural, remedo del que aún se puede descubrir entre la presa de El Pardo y Somontes?. Hace año y medio la asociación Ecologistas en Acción convenció al Ayuntamiento para renaturalizar el tramo del río que pasa por la ciudad mediante la retirada parcial de la escollera, la plantación de árboles y arbustos y la apertura de varias compuertas de presas lo que permitió la formación de islas y la aparición de vegetación autóctona como juncos, álamos y sauces lo que fue seguido de la aparición de gacetas, ánades reales y gaviotas, entre otras aves.

Eso está muy bien. El problema es que en algunas zonas las islas se están comiendo tramos completos del río dando la impresión más que de naturalidad de abandono por no hablar del peligro de proliferación de mosquitos en los meses de verano. Paradójicamente, en la parte del río no urbana situada en terrenos de El Pardo la Confederación Hidrográfica del Tajo y el Ministerio de Medio Ambiente, en colaboración con la Oficina Española de Cambio Climático, iniciaron en 2016 y acaban de concluir un programa de restauración ambiental que ha incluido un control de la evolución de la vegetación de ribera, la eliminación de la vegetación exótica e invasora y la retirada de sedimentos en la confluencia del arroyo de la Trofa con el Manzanares que creaban una presa que frenaba el cauce. Es decir que mientras en un tramo del río se eliminan carrizos y se sanean las riberas, en el tramo urbano se deja que la Naturaleza campe por su respeto. ¿No sería mejor controlar estos cambios antes de que nos veamos obligados a aprobar otro costoso plan de restauración medioambiental?

Hace año y medio, la Confederación Hidrógráfica del Tajo descartó la petición del Ayuntamiento de reducir la anchura del rio en diez metros para realizar plantaciones ante la posibilidad de que en caso de crecidas el cauce sea insuficiente. Mejor sería controlar que el carrizo no se coma el río y que el Parque Lineal del Manzanares llegue de una vez a Getafe como tantas veces se ha prometido.

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