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Cercanías: invertir en vez de parchear

jueves 18 de enero de 2018, 09:25h

Un día es la C-5, otros la C-3, o puede ser la C-4 o un tren que se ha detenido en el túnel de Recoletos, pero buena parte de los miles de usuarios que utiliza la red madrileña de Cercanías tiene la sensación de en cualquier momento puede sufrir una de las múltiples incidencias que les hará llegar tarde a su trabajo, a la cita con el médico o al examen que con tantas dificultades se ha preparado.

Hasta mediados de los años 80 del siglo pasado, el viajero madrileño compraba un billete para tomar un tren de cercanías que pasaba por su estación a un horario determinado, al igual que se hace en las líneas de largo recorrido, y se subían a un convoy que, por lo general, no reunía las condiciones exigibles de comodidad y mantenimiento, lo que conllevaba múltiples demoras e interrupciones del servicio. La situación se ‘calentó’ hasta tal punto que los usuarios, especialmente los del sur, iniciaron entonces una serie de protestas y altercados.

La respuesta del Gobierno, entonces socialista, fue cambiar a los directivos, aprobar un Plan de Accesos a Grandes Ciudades y agilizar el Plan de Cercanías que había sido aprobado en 1983 con una inversión de 45.000 millones de pesetas. Todo ello permitió mejorar las comunicaciones, ampliar las conexiones, comprar nuevos trenes Civia, establecer un nuevo sistema tarifario, implantar la fórmula de la frecuencia en vez de los antiguos horarios, construir la estación de cercanías de Atocha, abrir el Pasillo Verde Ferroviario en colaboración con Ayuntamiento y Comunidad, incrementar el personal y mejorar los servicios de mantenimiento. Había que dar respuesta a los 183.000 viajeros diarios que por entonces utilizaban este servicio y, sobre todo, era imprescindible crear una red que diera respuesta a la demanda potencial de decenas de miles de viajeros que hasta ese momento habían descartado el tren como medio de transporte.

El resultado de todas aquellas mejoras fue espectacular. El servicio de Cercanías multiplicó sus viajeros; solo tres años después, en 1989, ya eran 322.000 y veinte años después se acercaban al millón. Para atender a este fuerte incremento de demanda el Gobierno Zapatero aprobó en 2009 un nuevo Plan de Infraestructuras Ferroviarias de Cercanías para Madrid en el que en seis años se iban a invertir 5.000 millones de euros. Con él se quería hacer llegar la red a 12 nuevos municipios, construir 25 nuevas estaciones, otros cinco intercambiadores y ampliar el trazado ferroviario un 30 por ciento.

Pero llegó la crisis y no solo no se acometió este plan, sino que se redujeron las partidas para renovar la red, el material y el personal que se tenían. Los expertos saben que cuando no se invierte en mantenimiento, y da igual que sea en trenes, carreteras, sanidad o educación, los efectos no son palpables el primer año sino a partir del cuarto o el quinto. Lo que pasa es que han pasado ya ocho años y aunque los responsables de la compañía sigan afirmando que la puntualidad de las Cercanías madrileñas es del 96 por ciento, lo cierto es que ya no convencen a los afectados. Es por lo tanto imprescindible que la Comunidad de Madrid y todos los ayuntamientos afectados, incluido el de la capital si quiere una ciudad más humana y con mejor ambiente, deben exigir al Gobierno que se invierta en este servicio que utilizan a diario 850.000 conciudadanos, todo lo que en estos años le ha sido escatimado.
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