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San Francisco el Grande, cúpula.
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San Francisco el Grande, cúpula. (Foto: Juan Luis Jaén)

San Francisco el Grande: la belleza está en el interior

miércoles 08 de noviembre de 2017, 07:52h
A pesar de su gran cúpula, visible desde el exterior, la Basílica de San Francisco el Grande sorprende más por dentro que por fuera. El proyecto de su construcción se inició el 8 de noviembre de 1761.

Situada en la calle San Buenaventura, la Real Basílica de San Francisco el Grande se deja ver desde lejos, imponente, con su enorme cúpula de 33 metros de diámetro que llama la atención de todo aquel que la ve, siendo la cuarta cúpula más grande de todos los templos de la cristiandad –por detrás del Vaticano, el Panteón de Agripa y Santa Maria del Fiore, todas en Italia–. Pero todos aquellos que se adentran en el templo descubren que lo impresionante está dentro, con un enorme conjunto de obras escultóricas y pictóricas que embellecen su interior.

Numerosas personalidades del mundo del arte contribuyeron en su construcción y decoración. El proyecto se encargó a Francisco Cabezas y la primera piedra se colocó el 8 de noviembre de 1761 sobre el terreno en el que, según la tradición, San Francisco fabricó una pequeña choza tras su viaje por Castilla en el siglo XIII, cerca de una ermita dedicada a Santa María en la que se dedicó a predicar a los madrileños.

Francisco Cabezas estuvo al frente de la obra durante siete años, pero debido a las críticas por el peso de la cúpula, la abandonó, cediendo el testigo a Antonio Plo. Al descubrirse que este no tenía el título de arquitecto, se generó una gran polémica que derivó en el encargo de finalizar el proyecto a Sabatini, que aportó una mayor solidez a los muros.

Finalmente, se inaugura en 1784 bajo el nombre de Real Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, todavía sin decorar y con varios cabos sueltos. No fue hasta 1878 cuando se concluyó del todo. González Velázquez, Zurbarán, Goya y Miguel Fernández, director y arquitecto de la Academia de Bellas Artes, se prestaron a embellecer las cúpulas con sus obras, lo que a día de hoy hace que se considere esta basílica como un museo de bellas artes.

El continuo asedio de la basílica

La invasión francesa dejó la basílica destrozada por dentro. José Bonaparte la eligió como lugar idóneo para construir un Salón de Cortes. Expulsados los franceses, se produce el asalto a los monjes franciscanos, una matanza perpetrada por la creencia de que habían envenenado las aguas de la ciudad.

Tras la desamortización de Mendizábal, la iglesia quedó sin culto, pero por su grandeza se decidió restaurarla y en 1889 se reabrió tras haber sido un cuartel de infantería y un panteón de hombres ilustres.

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