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La retranca

jueves 15 de junio de 2017, 08:51h

Ya acabó como se suponía que iba a acabar esa extraña moción de censura contra Mariano Rajoy. Y a pesar de la ausencia de misterio, queda la sensación de que el todavía presidente del gobierno se lo tomó esta vez como algo muy personal. Pocas veces se le ha visto tan a gusto con el tono, el ritmo y las cadencias de gallego socarrón que tantas veces se le ha adjudicado. Saltó Rajoy a la arena parlamentaria dando un brinco entre bullicioso y travieso como el que sabe que le ha tocado el turno de divertirse. Tanto es así que probablemente se le notó demasiado que se estaba gustando. Era como si estuviera convencido de que en realidad la cosa no iba con él y si más con aquellos que promovían la moción. Ahora que estamos en época de exámenes, Rajoy no dejó que nadie firmara en su lugar el temario y quiso dejar claro que él se bastaba para hacer frente a Irene Montero y luego a Pablo Iglesias. Es muy fácil saber cuando Rajoy se encuentra cómodo y seguro. Se le instala en la cara una media sonrisa que él sabe seductora para su bancada de la que espera siempre el aplauso justo como si en el hemiciclo actuara un regidor televisivo. Habrá que preguntarse si cree que basta con sus actitudes de monologuista de comedia para convencer no solo a su entregada audiencia. El sarcasmo, el buen sarcasmo, sin duda que es indicio de inteligencia, pero su abuso puede serlo también de debilidad. ¿Y por qué parece sentirse tan seguro Rajoy cuando tiene que dar la cara ante PODEMOS? Quizá porque juega de antemano con el convencimiento de que es y será inalterable la desconfianza que la formación de Iglesias genera no solo en el electorado sino en sus todavía improbables socios. La actitud de Rajoy era condescendiente y por tanto peligrosa como lo fue que se permitió el portavoz Hernando para –otra vez la retranca- al aludir a las relaciones entre Iglesias e Irene Montero cuando valoraba sus intervenciones. Ambas parecían buscar en su lucimiento un escarnio que puede volverse en su contra en cualquier momento porque el largo y cálido verano ya asoma su patita. De momento, Iglesias se ha acercado al PSOE con gestos envueltos en una emotividad desconocida con una actitud modesta y un lenguaje pausado para facilitar una reconciliación que a saber si tendrá consecuencias a medio o largo plazo. En ese sentido, Iglesias habría utilizado su derrota para intentar reconstruir un puente roto con el PSOE. No ha sido aceptado como presidente Pablo Iglesias. Como era de esperar. Pero ése no era tampoco su objetivo. Está por ver si ha conseguido remover el tablero y las fichas están donde estaban.

Mientras, entre los consabidos recordatorios y acusaciones de corrupción hacia el PP, que suenan como pelotazos contra un muro, un tal Granados salía de prisión igual que como había entrado: peinado con la gomina que parece que utilizan todos los que no se dan por aludidos. Exactamente con la misma retranca.

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