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La profecía

viernes 18 de noviembre de 2016, 08:14h

Aún con medio mundo deprimido por la victoria de Trump- dicen que Hillary no tiene ganas ni de salir de casa- es momento de analizar con sosiego algunos detalles aun a riesgo de acompañar en su agorafobia a la derrotada candidata demócrata. Las consecuencias ya se están produciendo y el director de los servicios de inteligencia de EEUU ha presentado formalmente su dimisión, parece ser que por entender que “en realidad nada tenía que dirigir” una vez conocido el resultado electoral. Tampoco hay que alarmarse. De momento Trump, que ha de nombrar a su sucesor quizá no sin dificultades para encontrar un candidato, si seguimos el razonamiento, permanece a su vez ensimismado en su Torre Oscura. Parece que todavía no se ha puesto a juguetear con la superconsola de la Play que, según él, contiene el botón rojo que pondrá fin al mundo tal y como lo conocemos, al menos los que han tenido la suerte de viajar con el Inserso.

Trump es como un personaje de Stephen King. Un escritor tan visionario que ya alertó en su novela “La Zona Muerta” del advenimiento de un presidente enloquecido. No fue el único. David Seltzer y Richard Donner firmaron hace, mira qué casualidad, cuarenta años una estupenda película de terror titulada “La Profecía” con los malogrados Gregory Peck y Lee Remick al frente, película que prolongaba los malos augurios de “La semilla del diablo” de Polanski. Ambas tenían en común una premisa inquietante: La llegada del anticristo, si bien en la primera con un procedimiento mucho más maquiavélico pues se emparentaba directamente con los vericuetos del poder político, aunque a los seguidores de PODEMOS les pueda parecer una exageración. En “La Profecía” los servidores del maligno daban el cambiazo en una maternidad a un diplomático norteamericano presidenciable sustituyendo a su hijo natural por el mismísimo diablo, como si fueran los delegados republicanos eligiendo a su candidato en su Convención Nacional, se podría pensar no sin cierta maledicencia. Ese niño crecía y acababa con sus engañados progenitores y se constituía en la amenaza de convertirse en el presidente del país. Ese antológico plano final con el niño diabólico Damian volviéndose a la cámara mientras suena la sobrecogedora partitura de Jerry Goldsmith ha quedado instalada de por siempre en el llamado subconsciente colectivo, el mismo que ha creído ver también en ese escenario triunfal una representación obscena de Edipo Rey, con Melania Trump en el papel de Yocasta. No es de extrañar que Obama haya ido a avisar a los griegos.

Edipo sería entonces, según esas mismas mentes enfermizas y envidiosas del éxito del magnate, Little Donald: ese querubín que parecía estar como en un limbo, con cara de pergeñar a saber qué cosas, tan perturbadoramente trajeado tras su inescrutable sonrisa y mirada ectoplasmática. Más de uno manifestó sentirse incluso más inquieto y perturbado por esa presencia que por la propia victoria del padre. Es más: mucha gente quedó preocupada ante la futura y previsible amenaza de que pudiera algún día suceder a su padre en el manejo del Imperio. ¿Estaba realmente en el escenario el Trumphito o era una aparición fantasmal como en esas películas chinas de terror? Mientras intentamos dilucidar el misterio, cometeríamos, empero, un craso error si pensáramos que esta analogía pertenece solo a los efluvios del cine. Esa profecía se cierne ahora mismo en mayor o menor medida mucho más allá del charco. Porque a saber qué pasará en Italia, Francia, Holanda, Austria o Alemania tras las campanadas. En España, ahora que por fin ha echado a andar, o correr, una nueva legislatura, salvo en las impertérritas aguas del PP, todo es turbulencia. El PSOE se ha empeñado en continuar su implacable autodestrucción y se miran el ombligo poniendo énfasis en sus riñas internas. Los del eterno sorpasso, entre tanto, pues hacen lo mismo y escenifican sus mohines contra las instituciones como si así creyeran que van a ganar el favor popular, hoy en día más comprensivo con los resortes de las tradiciones de lo que ellos creen. Y más ahora que vienen las navidades y Loterías del Estado ya ha reblandecido el corazón de la gente de buena voluntad. ¡Cuánto daño has hecho sin querer, Frank Capra!

Igual confían en que esto lo va a arreglar un exorcista. A ver dónde lo encuentran.

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