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La extrema pobreza avanza en Madrid

Vivir debajo de un puente

Vivir debajo de un puente

Por Lucía de la Fuente
viernes 10 de agosto de 2012, 00:00h
Actualizado: 13/08/2012 08:10h
Con la falta de trabajo, los recortes, las subidas de impuestos... a muchos ya no les llega ni para una habitación. La pobreza avanza y, con ella, sus consecuencias. A los 'sin techo' tradicionales que duermen en las calles cada vez se unen más ciudadanos que se han quedado sin recursos. Decenas de ellos, la mayoría de origen extranjero, utilizan los puentes de Madrid como cobijo habitual.
Jorge, rumano de 38 años, vive debajo de un puente en la calle de Corazón de María. Sobre su cabeza circulan, en todo momento, los vehículos que atraviesan A-2. El ruido, dice, no le molesta en absoluto: "Ya me he acostumbrado". Ha convertido el lugar, lleno de suciedad y escombros, en su domicilio. Vive solo: dice que no quiere "juntarse con gitanos" porque "lo dejan todo lleno de mierda". Recoge chatarra, sobrevive de lo que le dan por ella y de limosnas. Se asea a diario en el baño de cualquier bar o restaurante. "La ducha ya es más difícil", afirma. Jorge llegó a España en 2008, pero pretende volverse a finales de año por una evidencia: "Aquí todo está fatal".

Su historia se parece a muchas de las que se encuentran bajo los puentes de Madrid. Con el recrudecimiento de la crisis, vivir debajo de un puente está a la orden del día. En otro de la A-2 viven tres argelinos que han construido su vivienda a base de contrachapados y 'poliexpan'. Tienen luz eléctrica cuando se pone el Sol y se encienden las farolas: lo han "apañado" así. Omar, de 43 años, cuenta que antes era fontanero y que vivía en Vallecas hasta que se quedó sin trabajo. En pleno mes de ramadán, los tres amigos, musulmanes, duermen por el día y se levantan por la noche. Sobre una de las paredes de la chabola cuelga un calendario con los horarios del ayuno islámico. Para rezar hacen hueco extendiendo una pequeña alfombra en el suelo. "La Meca está por allí", dice Omar señalando la carretera dirección a Alcalá de Henares.

No quiere que le hagan fotos. "Si salgo en un periódico, seguro que vienen a echarme", argumenta. "Prefiero vivir aquí, a las afueras, que en el centro entre cartones", añade. Después, explica que viven a base del poco dinero que les da la chatarra y de "hacer alguna chapuza". Los tres cogen el agua de una fuente cercana y se duchan, aunque "no todos los días", en la Casa de Baños de Embajadores. Afirman no haber tenido nunca problemas con sus vecinos, los marroquíes y polacos del otro lado de la vía. Ahora esperan que acabe el verano y empiece la temporada de recogida de uva, donde confían en encontrar trabajo. Aun así, el pensamiento de regresar a Argelia cada vez está más presente. "Las cosas han mejorado mucho por allí", concluyen.

No todos los que pasan los días bajo un puente tienen 'la casa' tan organizada. Por ejemplo Alí, de 31 años y natural de Rumanía, lleva un año viviendo en esta situación y no tiene más pertenencias que un 'carrito' de la compra y un par de mantas.

El puente de Ventas, cerrado
Algunos puentes madrileños llevan años habitados. Uno muy transitado es el de Ventas, tradicionalmente lugar de cobijo para indigentes, por su amplitud y su difícil acceso al interior. Ahora sus entradas se hallan completamente tapiadas por una estructura de hormigón, después de que en diciembre de 2010 los bomberos del Ayuntamiento hallaran un cadáver carbonizado en el interior.

La zona, sin embargo, no está deshabitada. A su vera pasa los días un grupo de quince gitanos rumanos y búlgaros, hombres y mujeres, que duermen al raso. Christian (nombre ficticio), de 37 años, se presenta como "rumano, turco, gitano y musulmán". Aunque no tiene ni trabajo ni casa ni dinero, prefiere vivir en España que en su país. "Aquí por lo menos la gente te da de comer, en Rumanía, no".

Uno de sus compañeros, Asir (nombre ficticio), de 31 años, no opina lo mismo: "Me dijeron que aquí había trabajo y no hay", sostiene mientras enseña el billete de autobús que le trajo a la capital, con fecha de 19 de mayo. Quiere volver; siente que le engañaron. Un billete de ida a Rumanía ronda los 90 euros. Antes, a través del programa regional de retorno voluntario, la Comunidad se hacía cargo del coste. Ahora ya "no hay dinero para esto", tal y como confirma la Federación de Asociaciones Rumanas en España (FEDROM). Asir también se queja de que los españoles "son muy racistas" con los gitanos rumanos: "Ayudan a los negros y a nosotros no. ¿Por qué?", se pregunta.

Además de los mencionados, hay constancia de que el puente de Vallecas, el de la Lira o en las pasarelas junto a la mezquita de la M-30, por mencionar algunos ejemplos, sirven de hogar para decenas de personas.
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