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Fomento se ha esmerado, y la tela metálica que protegía anónimos transeúntes de las vías -o a éstas de impenitentes curiosos que se jugaron la vida intentando cruzar entre sus carriles- ha sido cambiada por una valla más atractiva, resistente. Junto a sus pies de hormigón un ciprés municipal se hace la misma reflexión, por voz de Gloria Fuertes: -Yo no soy triste, lo que pasa es que todos me miráis con tristeza…
Pero quien resuena, chirría, de noche… o de día, son los carriles y ruedas de tantos trenes como entran y salen de la cercana estación de Atocha. Vacíos a ciertas horas de pasajeros, o llenos en hora punta con miles de viajeros, diferentes trenes maniobran a desigual velocidad; algunos lo hacen con sigilo, como intentando respetar la vida que muchos perdieron sobre las traviesas, colándose su último respiro –tal vez un suspiro- por los entresijos del basalto; otros convoyes van a lo suyo, como si nada de todo esto hubiera ocurrido un once de marzo.
Y ahí siguen las flores, tantos años, tantos meses, tantos días… Para que no falte el color de un recuerdo tan personal y sentimental, un anónimo familiar tiene el detalle de incluir a -modo de sencillo jarrón- una botella usada con algo de agua al otro extremo del tallo floral; que la sequía de nuestros ojos, de nuestros corazones, no afecten al efímero color con el cual tan pequeñas flores intentan iluminar ese escaso resplandor de invierno, que nada más consuela a sus parientes y amigos muy allegados.
Es difícil olvidar aquel 11 de marzo de 2004. Muchos de mis vecinos, nosotros mismos también, todos resultamos afectados y asustados. No en propia persona de una forma física, pero sí en memoria y forma psíquica. Sí en esa parcela íntima y sensitiva de cada uno, de quienes por vecindad fuimos primeros colaboradores voluntarios y segundos espectadores obligados.





































