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Equipo voluntariado de la Asociación Española contra el Cáncer
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Equipo voluntariado de la Asociación Española contra el Cáncer (Foto: Asociación Española contra el Cáncer)

Así funciona el voluntariado a domicilio, la otra cara del tratamiento: “No estás solo”

Por Susana Pérez
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sperezmadridiarioes/6/6/18
sábado 19 de julio de 2025, 14:00h
Actualizado: 27/07/2025 15:38h

Vestidos de humanidad, de escucha y de presencia. No llevan bata blanca ni estetoscopio, pero acuden a las casas como quien entra en un santuario: con respeto y con el firme propósito de aliviar sin curar, de acompañar sin invadir. Son los voluntarios y voluntarias a domicilio de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), una red de apoyo emocional y práctico que, cada día, recorre los municipios madrileño para recordarles a pacientes oncológicos y familiares que no están solos.

La AECC ofrece un servicio integral en hospitales y sedes repartidas por toda la Comunidad de Madrid —con presencia activa en municipios como Alcobendas, Alcalá de Henares, Getafe, Móstoles o Las Rozas—, pero hay un ámbito menos visible y, a veces, más urgente: el domicilio.

“Estamos en 42 municipios de la Comunidad de Madrid, y, aunque en la capital tenemos el mayor número de voluntarios, también hay una gran representación en localidades como Pinto, Alcorcón, Majadahonda o Torrejón de Ardoz”, explica Laura Navarrete, coordinadora del voluntariado domiciliario de AECC Madrid. “Acompañamos a pacientes de toda la Comunidad: Morata de Tajuña, Valdemanco, Aranjuez, Móstoles...”.

Este acompañamiento va más allá de lo emocional. Consiste en estar. En ayudarles a salir de casa cuando ya no tienen fuerzas, en acompañarlos a una cita médica, en hacer un trámite, en darles la mano cuando el miedo entra su día a día. A veces se trata solo de conversar, otras veces de caminar en silencio.

Historias que transforman

Josué Pizarro, uno de los voluntarios

“Cuando dejé de trabajar, disfruto de más tiempo libre y tomar esta decisión fue una de las mejores de mi vida. Primero por formar parte de la Asociación contra el cáncer y, por otro lado, por lo que me aporta y la manera tan buena de ocupar el tiempo", cuenta Alicia Rodríguez, que lleva como voluntaria en la asociación desde 2009. Su labor, como la del resto de voluntarios, está marcada por la entrega discreta y el respeto absoluto: "Tratas con gente y eso es muy enriquecedor porque están pasando un momento muy delicando. Les acompañas en el domicilio, en las idas y venidas al hospital, en cualquier gestión. Nosotros vamos, les escuchamos, y tratamos de que el momento sea lo menos desagradable posible. Es muy gratificante. Conoces a personas muy valientes””

Amelia Marín se sumó al voluntariado impulsada por una intuición: “Sentía que tenía muchos privilegios y quería devolver algo. Pero al final son ellos los que me ayudan a mí. Cada vez que entro en una casa, veo en sus ojos el alivio de sentirse acompañados. Me emociona ver cómo se abren contigo y te cuentan lo que no le dicen a nadie más”.

Hablar, escuchar, sostener. Esa es la esencia. “La labor fundamental es dejarles que se expresen, que hablen. Les hace bien. Muchos pacientes se desahogan con nosotros porque no quieren preocupar más a sus familias. Somos ese espacio neutral donde soltar todo lo que llevan dentro”, añade Marín.

Anuncia Celada lleva más de cuatro años acompañando a personas en sus casas. Una paciente, en particular, cambió su vida: “Era una señora argentina, de 87 años, psiquiatra, con pocos recursos. Nos veíamos cada semana. Siempre decía que conocerme fue lo mejor que le pasó. Y para mí también. Paseábamos, tomábamos un café... Ella se fue, pero me dejó marcada”. Esta voluntaria de la AECC conoce bien el cáncer: fue diagnosticada hace más de dos décadas. “Una oncóloga me dijo: ‘Tú tienes que ser voluntaria, hablas mucho y eso ayuda’. Y aquí estoy”.

Un joven peruano de 28 años, Josué Pizarro, entró este año al programa de vountariado a domicilio tras un paso por Protección Civil. “Quería ayudar. Mi primera visita fue en Parla, un hombre que estaba solo para hacerse pruebas. Hablamos de lo que sentía. Es importante conectar desde la emoción, pero también transmitir algo de esperanza”. Con una naturalidad sorprendente para su edad, Josué se adapta a cada situación: “También ayudé a una señora que se perdía en el hospital del miedo que tenía. Solo estar allí con ella ya le calmaba. Cuando se sienten acompañados, todo cambia”.

Para muchos voluntarios, el camino empezó al superar su propio sufrimiento. Neisa Cepeda pasó por una depresión antes de sumarse a la Asociación Española contra el Cáncer. “Busqué en Internet qué podía hacer y me salió esto. Empecé en domicilios. Ahora acompaño a Pili, de 87 años, que superó el cáncer pero vive con una gran soledad. Cuando llego, su sonrisa me llena el alma”. Cepeda cuenta que Pili, como muchos mayores, vive acompañada, pero se siente sola. “Su hermana está, pero tiene otra vida, es más independiente, y Pili necesita alguien que le escuche de verdad. Solo estar allí ya le cambia el día”.

El voluntariado domiciliario no es improvisado. Todos los voluntarios reciben formación previa, seguimiento continuo y apoyo emocional. Y como dicen todos los acompañantes: "Es una de las mejores decisiones de mi vida".

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