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Un rayo en plena Gran Vía

Por Lidia López García
viernes 18 de octubre de 2024, 18:09h

A Matilde le gusta arreglarse nada más levantarse. Para ella, es un ritual que difícilmente dejará de hacer a sus noventa. Luce una camisa marrón abotonada con semi transparencias en los brazos y que ajustada a los puños, con un pequeño botón, le da un aspecto elegante. Lo combina con una falda de crepé en tono beis (perfectamente planchada) y con unos mocasines, que mezclan piel y charol, de color burdeos, con un ligero tacón. 

Me pregunto, cómo habrá sido capaz de ponerse la camisa sin desconectarse el suero que le cuelga de la cama. Parece leerme el pensamiento, y sonriendo me afirma que, por supuesto, no ha sido tarea fácil. 

Tampoco pensaba que sería fácil convencerla para que volviera a ponerse el camisón antes de desayunar. Y estaba en lo cierto, porque negociando, es buena y me dice que lo hará, pero después del desayuno. Está contenta, está guapa y se siente ella. Y esto, ¿cómo romperlo?

A mi regreso, tiene su camisón. Sonríe y divertida, le cuenta a Vicente, quien viene a verla todos los días, su hazaña matutina. 

Vicente, ha sobrepasado la línea de los cien y me cuenta presumiendo de su buena memoria, que siempre ha sido así y que ya no cambiará. 

Sería en el hotel Continental de Gran Vía hace sesenta y siete donde se conocieron. Ya tarde, cuenta con un poco vergüenza por aquello de tener treinta y tres. 

Matilde, que por un instante parece haber viajado al hotel Continental de aquellos años, se emociona e interrumpiendo a Vicente aclara que ella para nada le eligió, que simplemente apareció. 

Y cuando dice eso, me acuerdo de Julio Cortázar cuando dice esto de: “Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos”. 

Y es que así, sin elegirse, con sus imperfecciones mantenidas a lo largo del tiempo y por culpa de ese rayo no esperado caído en plena Gran Vía, siguen sin poder separarse y entre medias de ellos, inevitablemente: saltando las chispas.

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